Del próximo martes 2 de junio hasta el viernes 5, la OEA celebrará en Asunción, capital del Paraguay, el 44 período de sesiones de su Asamblea General bajo el lema “Desarrollo con inclusión social”.
Previo a la realización de este evento de la OEA, Estados Unidos (uno de sus miembros más importantes y su principal financiador) ha hecho un llamado para que dicha organización hemisférica que ha renunciado a su deber de luchar por el mantenimiento de la democracia, “regrese y se centre en sus valores y principios fundamentales”. Así lo expresó el jueves de esta semana, en una rueda de prensa en Washington, la embajadora de Estados Unidos en la OEA, Carmen Lomellin, quien agregó que esa organización intergubernamental debe dejar de querer ser “todo para todos”. Es decir, para democracias y para dictaduras, para gobiernos que respetan los derechos y para aquellos que los violan.
“La OEA no puede ser todo para todos —dijo la embajadora Lomellin—, tiene que volver a sus funciones originales, entre ellas la defensa y la promoción de los derechos humanos y respetar la autonomía y la independencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH)”. Esto es en alusión a la ofensiva contra el organismo defensor de los derechos humanos en América Latina y el Caribe, que mantienen los gobiernos dictatoriales del Alba encabezados por Venezuela, entre los cuales se encuentra el de Nicaragua.
La más reciente de las faltas de la OEA a su compromiso con los valores establecidos en su propia Carta constitutiva y en la Carta Democrática Interamericana, ha sido la negativa a pronunciarse contra las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, cometidas por la dictadura de Nicolás Maduro. Los gobiernos autoritarios del Alba, con la complicidad de algunos democráticos, boicotearon la presentación de la exdiputada opositora venezolana, Corina Machado, a quien Panamá le cedió su asiento para que diera a conocer al Consejo Permanente de la OEA la versión de la oposición de lo que ocurre en Venezuela. Pero es justo y necesario reconocer que los representantes de 11 países, de los 35 que integran la OEA, se pronunciaron en favor de una discusión libre, abierta y democrática del caso de Venezuela. Esos países fueron —hay que destacarlos—, los de Costa Rica, Chile, Perú, Colombia, México, Canadá, Guatemala, Honduras, Estados Unidos, Paraguay y, por supuesto, Panamá.
Hubo una época cuando la OEA promovía de manera enérgica y defendía valientemente los valores y los principios de la libertad, de la democracia y los derechos humanos. Por eso los enemigos de la democracia la llamaban despectivamente “ministerio de colonias” de Estados Unidos. Es imposible olvidar que la OEA ayudó en 1979 a botar a la dictadura somocista de Nicaragua y a que el Frente Sandinista pudiera tomar el poder.
Ahora, como ha dicho la embajadora estadounidense en la OEA, esta es una penosa organización que quiere ser todo para todos, servir a las dictaduras y a la democracia. Peor aun, la OEA se inclina descaradamente hacia las dictaduras y los gobiernos democráticos no se atreven ni siquiera a separarse de ella ya que perdió las agallas para defender la democracia, como lo hacía en el pasado.
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