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Lucydalia Baca Castellón
Tras el paso del huracán Mitch en 1998 algo extraño comenzó a ocurrir en la finca de don José Adán Pérez. Sus cuatro manzanas y media en la comunidad Las Escaleras, en San Ramón, Matagalpa, empezaron a rendir menos, perdieron vigor.
“La corriente se llevó todo, las cosechas de maíz y frijol cada vez rendían menos, ni el monte quería crecer y el cafetal también comenzó a producir menos y para colmo hace dos años se disparó la roya y lo terminó de arruinar”, relata el productor.
Igual que Pérez la gran mayoría de productores no sabían que tanto el paso del huracán como la variabilidad que ha registrado el clima en la última década —unos años afectado por la sequía y altas temperaturas que produce El Niño y otros por las inundaciones ocasionadas por el exceso de lluvias que trae La Niña— son efectos directos del cambio climático, que se ha convertido en el principal obstáculo para la subsistencia de la actividad agropecuaria.
Según el Índice Global de Riesgo Climático 2013 de Germanwatch, Honduras, Myanmar y Nicaragua fueron los países que sufrieron mayores afectaciones en el período comprendido entre 1992 y el 2011, y por tanto se convierten en las naciones más vulnerables al cambio climático en el planeta.
ENTRE LOS MÁS ADELANTADOS
La buena noticia es que Nicaragua también figura entre los países que “más está haciendo para adaptar sus cultivos a las nuevas condiciones climáticas. Todo el mundo está trabajando en función de desarrollar acciones de adaptabilidad ”, asegura Mario Aldana, representante para Nicaragua del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
Todavía son esfuerzos focalizados que ni siquiera están inventariados. Se ejecutan con el apoyo de diversos proyectos que reciben información de las instancias extranjeras dedicadas a la investigación. Pero Aldana dice que los buenos resultados estimularán a que más productores aprendan a adaptar sus cultivos a la nueva realidad climática, porque es la única opción para garantizar la sostenibilidad de las actividades agrícolas.
Ejemplo de estos esfuerzos es el caso de Pérez y de otros tres mil pequeños productores del norte del país, que en los últimos dos años han implementado acciones para asegurar que sus parcelas produzcan el alimento necesario para la subsistencia de sus familias.
Con un tipo especial de pasto establecen barreras para evitar el deslave y la erosión del suelo en las zonas más quebradas de las parcelas. En los cafetales intercalan estas plantaciones con árboles de cacao, cultivo que además de generar la sombra que el café necesita, garantiza ingresos por la venta de su cosecha. Además han introducido nuevos cultivos temporales en sus pequeñas parcelas.
Sin embargo, Aldana dice que es urgente ejecutar una extensión agrícola en el campo que facilite al agricultor la adopción de Buenas Prácticas Agrícolas en las etapas del cultivo y un buen manejo en la cosecha y post cosecha para garantizar un incremento de la productividad de la actividad agrícola. “Esa capacitación que puede hacerse con guías de fácil manejo como las que elabora el IICA, permitirá llevar al agricultor de subsistencia a un piso comercial”, asegura.
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También en las tres manzanas que perdió de café por la roya, Pérez ahora cultiva maracuyá, tomate, granadilla, banano y otras hortalizas, que además de proveer la alimentación de su familia generan recursos a través de la venta del excedente de producción. Y si las predicciones se cumplen y en unos años sus tierras ubicadas a 800 metros sobre el nivel del mar ya no son aptas para el cultivo del café, habrá asegurado nuevas fuentes de ingresos.
Este grupo de productores también dejó de practicar la quema de la hojarasca y rastrojos. Ahora la dejan para que se incorpore y aumente la capa de suelo. Y en las áreas más áridas de las parcelas han sembrado frijol canavalia.
Los técnicos les enseñan que este grano además de inyectar al suelo fósforo, potasio y otros nutrientes, produce por manzana una cantidad similar de nitrógeno que seis quintales de urea. “En un máximo de dos años la tierra habrá recuperado su fertilidad”, asegura Pérez.
TAMBIÉN EN LA GANADERÍA
La ganadería también busca alternativas para adaptarse al nuevo escenario climatológico. Rolando Díaz administra la finca familiar Las Mercedes, zona cercana a Muy Muy, Matagalpa. Tradicionalmente esta finca de 85 manzanas se dedicaba a la producción lechera, pero ahora para contrarrestar los efectos de la severa sequía que azota constante a la zona, Díaz sembró en los potreros árboles de aguacate, jocote, papaya, naranja, limón y mandarina que le dan sombra al ganado.
También han desarrollado la técnica de cosecha de agua, comenzaron con un pequeño reservorio, pero ahora cuentan con una pila de concreto que durante la época lluviosa recolecta a través de tubería el agua de las corrientes de casi toda la finca. Además, para garantizar el incremento de la producción lechera ha introducido nuevas variedades de pasto y diversificado la dieta del ganado con una mezcla que incluye carao, maíz, melaza, guanacaste de oreja y guácimo. Asimismo desarrollan un proyecto de maíz hidropónico para alimentar al ganado en la época más seca, con ello garantizan una producción constante de leche.
A estos productores también se les ha enseñado a manejar el calendario de la siembra, poda, fertilización, control de sombra y otras actividades. Ahora no las realizan en las fechas tradicionalmente establecidas, sino que esperan las condiciones climáticas adecuadas para efectuarlas.
AJUSTAN CALENDARIO
Este año por ejemplo el control de sombra no se hizo en abril y con el anuncio de que en este ciclo habrá afectación del fenómeno de El Niño, la siembra no iniciará a mediados de mayo como tradicionalmente se hacía. Se retrasará hasta que haya caído suficiente lluvia para garantizar que la humedad del suelo haga germinar la semilla, explica Pérez.
En el caso de los más de tres mil productores que participan en el proyecto del que son parte Pérez y Díaz, estas acciones se han desarrollado en base a resultados de investigaciones realizadas por el Programa de Investigación de Cambio Climático, Agricultura y Seguridad Alimentaria (CCAFS por sus siglas en inglés).
Dicho proyecto lo desarrolla el Grupo Consultivo sobre Investigación Agrícola Internacional (CGIAR) en África, Asia y América Latina, con la meta de asegurar el futuro de los alimentos en el mundo.
El caso de Nicaragua es exitoso en la región porque se ha conjugado la investigación con el trabajo de campo a través de una alianza con la Central de Cooperativas Cafetaleras del Norte (Cecocafen) de RL que es la encargada de liderar las acciones de campo, dijo durante una reciente visita de los especialistas del CGIAR al país, Ana María Loboguerrero, directora del programa CCAFS para América Latina.
HAY QUE CONVENCER A GOBIERNOS
Loboguerrero estima que adelantarse a los efectos cada vez más recurrentes de El Niño y La Niña, que en el largo plazo provocarán un incremento de la temperatura global, obligando a cultivos como el café a migrar a tierras más altas, les permite a estos productores elegir cultivos que puedan seguir funcionando en sus parcelas, cada vez menos productivas.
Asegura que el proyecto seguirá proporcionando la información obtenida a través de la investigación para orientar el rumbo de las acciones que deben seguir desarrollándose. Pero aclara que la información es general para todos los países y las acciones deben ser específicas para las necesidades de cada región, por lo que es necesario que salgan de adentro en lugar de esperar que vengan del exterior.
Además advierte que estos son proyectos piloto, pero para expandirlos al total de los productores hay que “convencer a los gobiernos para que inviertan” en la ejecución de políticas nacionales encaminadas a garantizar la adaptación de los cultivos a las nuevas condiciones climáticas y con ello, la seguridad alimentaria de la población.
Durante la visita de los investigadores a Nicaragua, Thomas Rosswall, presidente del Panel Independiente de Expertos (ISP) del CGIAR, alertó sobre la urgencia de continuar intercambiando información entre los países, sobre las acciones que están siendo efectivas y las que pueden seguir implementándose, para que los productores estén preparados al momento en que las nuevas condiciones los obliguen a adoptar nuevas prácticas o a migrar de cultivos para garantizar la subsistencia de la actividad agrícola.
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