Es muy probable que Daniel Ortega soltara en la reunión que sostuvo en la Nunciatura Apostólica con la Conferencia Episcopal de Nicaragua (CEN), uno de sus acostumbrados discursos, extensos y enrevesados. Sin embargo guardó silencio ante los planteamientos medulares de los obispos sobre la problemática nacional.
Era de esperarse. Desde mucho antes de la reunión de la Nunciatura que motivó la mayor expectativa pública de los últimos tiempos, el presidente Ortega ya había dado señales de su menosprecio al planteamiento de los obispos y de la actitud que mantendría ante ellos.
El presidente inconstitucional de Nicaragua ya sabía lo que la Conferencia Episcopal le iba a plantear. Los mismos obispos habían dicho públicamente, una y otra vez, antes de la plática en la Nunciatura el miércoles pasado, que sus puntos estaban contenidos en las cartas pastorales y mensajes episcopales emitidos a lo largo de los últimos siete años. De manera que los planteamientos recogidos en el documento que la Conferencia Episcopal presentó a Ortega en la Nunciatura —el cual fue publicado íntegramente por LA PRENSA en su edición de ayer y ha sido difundido ampliamente en las redes sociales— no fueron ninguna novedad para el dictador. Y seguramente también los obispos ya conocían, o suponían, cuál sería la respuesta de Daniel Ortega a sus bien fundados y mejor intencionados planteamientos: el silencio.
En realidad, Ortega ya había anticipado indirectamente su respuesta a los planteamientos de la Conferencia Episcopal. Primero, cuando por sus pistolas (como se dice popularmente cuando alguien hace lo que quiere, aunque sea lo más arbitrario, sin considerar la opinión y los sentimientos de los demás) reformó la Constitución para adecuarla a su ambición de poder vitalicio, menospreciando las objeciones que los obispos expresaron ante la comisión de reforma constitucional. Segundo, cuando mandó a nombrar a los magistrados electorales y otros altos funcionarios, para presentarse ante los obispos con hechos consumados. Y tercero, cuando el domingo pasado, en Niquinohomo, declaró que no habría cambios en el poder electoral porque “los nombrados, nombrados están”; y amenazó con “un salto adelante” en su proyecto de “democracia” corporativa, basada en su alianza política con el gran capital y con “los trabajadores”, como él llama a la burocracia sindical sometida al Gobierno.
Pero los obispos hicieron lo que tenían que hacer y lograron su objetivo de presentar ante Ortega sus reflexiones y propuestas “En búsqueda de nuevos horizontes para una Nicaragua mejor”. De manera que la pelota ha quedado en la cancha de Ortega, como dijimos en el editorial del miércoles de esta semana, antes de la reunión de los obispos con el presidente inconstitucional. Los obispos, como lo expresara con mucha claridad la Conferencia Episcopal en su Carta del 23 de abril de 2010, y lo reiteraron en el histórico documento que entregaron a Ortega: “No podemos ni queremos sustituir al Estado; sin embargo, no podemos ni debemos quedarnos al margen de la historia en la búsqueda de la construcción de una sociedad más justa y más pacífica”.
Y los obispos cumplen su deber pastoral aunque el ensoberbecido dictador les responda con el silencio.
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