Silvio Iván Narváez Guerrero
Al ser aprobada por la Asamblea Nacional hace más de tres años y de entrar en vigencia en junio del 2012, para preservar el derecho de las mujeres a vivir libres de violencia, la Ley 779, ley integral contra la violencia hacia las mujeres y de reformas a la Ley No. 641, “Código Penal”, se pensó que la vida de ellas estaría mas protegida de la mano agresora.
Hasta el momento el índice de mujeres muertas a manos de sus parejas (Femicidio), anda por alrededor de 33, una cifra alarmante en relación al pasado año en el mismo período. ¿Qué pasa, será culpa de la Ley 779, del machismo, la falta de cultura, los celos o los arranques de ira que llevan a la muerte de una mujer?
La Ley fue concebida por iniciativas del Movimiento de Mujeres Trabajadoras y Desempleadas “María Elena Cuadra” con el apoyo de 21 organismos de mujeres y feministas, bajo el espíritu de dotar a las mujeres nicaragüenses de una herramienta protectora de sus derechos humanos, que les garantizara una vida digna y libre de violencia.
Asimismo, para favorecer su desarrollo y bienestar, conforme los principios de igualdad y no discriminación, ¿Entonces, qué pasa? Nos cuestionamos además, que con dicha herramienta jurídica se tenían que establecer medidas de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia y prestar asistencia a las mujeres víctimas de violencia.
Además, parte del proceso preventivo y de cambio de actitudes está basado en impulsar y desarrollar campañas socioculturales contra este milenario fenómeno social de sociedades patriarcales, que sostienen aún las actuales relaciones de poder. ¿Todo esto entonces, fue puro papel mojado?
Es tan viejo como la historia misma que este sistema sociocultural perjudica y es dañino, sobre todo para las mujeres, pero también es nocivo para los hombres y para la sociedad en su conjunto. De todos lados, del gobierno, de la sociedad civil, de las organizaciones, de los partidos políticos, etc., se cuestionó la 779.
Es una ley satánica dijeron algunos y se rasgaron las vestiduras. Las voces se alzaron, se cuestionó de todo, el fortalecimiento institucional que la ley necesitaba, se cuestionaron voluntades y esfuerzos y por supuesto, la falta de recursos económicos, de todo se dijo, pero las mujeres seguían muriendo.
¿Qué hacer entonces? Pienso y creo que en estos momentos es importante que sumemos, no restemos. Hay que seguir impulsado campañas mediáticas de prevención y demandar que nos eduquen en control de la ira, que nos doten de herramientas para enfrentarla, porque la mayoría de los casos terminan en tragedia por causa de ella, que sumada con los celos es un arma letal.
Tenemos que reflexionar sobre la situación actual. Los dos últimos asesinatos de mujeres, nos motiva a demandar políticas públicas educativas desde la primaria, la secundaria y la universidad, implementar campañas permanentes y sistemáticas con mensajes contra la violencia hacia la mujer, que permitan cambios positivos de actitudes para erradicar toda conducta de odio contra la mujer.
A educarnos en la génesis de la violencia en todos los factores que intervienen, donde hombres y mujeres hemos estado expuestos a situaciones de violencia, ya sea en la familia, en la comunidad, en el país, en las escuelas o en nuestros centros de trabajo. Es urgente adoptar medidas concretas que hagan cumplir la Ley 779, con juicios eficaces para castigar debidamente a los agresores.
Castigos que sean ejemplo para todos aquellos que discriminan, desprecian y odian a las mujeres. Tenemos que buscar las formas de erradicar el machismo, que solo conduce a la misoginia y el femicidio. El autor es periodista
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