La lucha de los caudillos y sus partidos ha girado a lo largo de nuestra historia alrededor del control del aparato militar y del árbitro electoral, poder real y ropaje de legalidad, a fin de lograr la legitimidad y el reconocimiento nacional e internacional que la sola fuerza no es capaz de dar. La intervención militar norteamericana intentó dar una respuesta a este problema, con la creación de la Guardia Nacional y la Ley Electoral de 1923, asesorada por H.W. Dodds, experimento que fracasó y engendró la tenebrosa y larga dictadura somocista.
La reacción de la oposición democrática ante los diferentes procesos electorales, bajo un sistema fraudulento acompañado del control militar absoluto, ha oscilado entre el rechazo en forma de no participación y la amplia colaboración en el marco de pactos políticos. La no participación ha conllevado la pérdida de los llamados “espacios” de representación de la minoría y de la personalidad jurídica, así como el nacimiento de facciones disidentes dispuestas a colaborar en la farsa electoral, fenómeno conocido como “zancudismo”.
La inconstitucionalidad de las candidaturas llevó al partido Conservador a no participar en los comicios de 1936, frente a Anastasio Somoza García, y también abstenerse en los de 1957, frente a Luis Somoza Debayle. La falta de garantías de respeto al voto y el rechazo popular a elecciones “curuleras”, que hacían prever un masivo abstencionismo, llevaron también a la no participación del Partido Conservador en las elecciones de 1963, bajo la consigna “O hay elecciones libres o no hay elecciones”.
En 1974, la Unión Democrática de Liberación (UDEL), encabezada por Pedro Joaquín Chamorro, llamó a la no participación, bajo el grito de “No hay por quién votar”. Finalmente, en 1984, la Coordinadora Democrática, encabezada por Arturo Cruz Porras, decidió hacer lo mismo.
En el otro extremo, el colaboracionismo se impuso en las elecciones a Constituyente de 1938, en el marco del primer “Pacto”, no escrito, que conllevó la devolución de la personería jurídica al Partido Conservador, su participación en las elecciones y el regalo por la Asamblea Constituyente a Somoza García de diez años y medio de Presidencia, hasta mayo de 1947.
El fraude electoral de 1947, que arrebató el triunfo al doctor Enoc Aguado, apoyado por el PLI y los conservadores, no fue suficiente para convencer a estos últimos de la necesidad de renunciar al colaboracionismo. El pacto Cuadra Pasos-Somoza, en 1948, y el de Somoza y Chamorro, en 1950, conllevó la participación del Partido Conservador en las elecciones de 1950.
La posición digna de los conservadores, mantenida en 1957 y reiterada en 1963, les generó un gran apoyo popular que les llevó a encabezar en 1967 la Unión Nacional Opositora (UNO), bajo el liderazgo de Fernando Agüero Rocha. Las condiciones que exigía la concentración multitudinaria del 22 de enero consistían en el retiro de Somoza de la jefatura de la Guardia y la ampliación por tres meses de la Presidencia de Lorenzo Guerrero, a fin de que la OEA organizase la supervisión de las elecciones. La participación en los comicios de febrero de ese año, un mes después de la masacre, fue el preanuncio del Kupia Kumi firmado en 1971 y la consumación del suicidio político de Agüero.
Aun cuando las condiciones internacionales han cambiado, la situación que hoy enfrentamos no difiere mucho de las del pasado antes reseñadas. Una lectura más cuidadosa de esas experiencias es indispensable para una decisión acertada, de cara a las elecciones de 2016. Mientras tanto, ya vamos con retraso respecto a la construcción de un gran frente nacional, que exija las condiciones indispensables para unas elecciones libres y limpias, garantice la unidad de las fuerzas democráticas alrededor de un programa de nación y desarrolle una estrategia conjunta de lucha. El autor es jurista.
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