En 1492, los reyes de España le dieron un ultimátum a los judíos españoles: o se convertían o salían de Al Ándalus y Al Sefarad. Quinientos veintidós años después, España estaría devolviendo el pasaporte español a los descendientes de los que se mantuvieron en su fe y se han mantenido fieles a sus tradiciones durante todo este tiempo.
El reconocimiento de la nacionalidad estará ligado a tres pruebas: 1). Tener un apellido sefardí de una lista que aún no se conoce. 2). Usar el Ladino como lengua hablada en casa, y 3). Presentar un certificado de práctica de la religión judía sefardí, firmada por un rabino de esa tendencia.
La mayor parte de las personas que llevan alguno de los apellidos que aparecen en las listas que han circulado por Internet no son sefarditas. Entre los judíos, el padre transmite el apellido y la madre la religión. De manera que si Juan Martínez, uno solo de los diez hijos de Carlos Martínez, se casó con una sefardí, los hijos de Juan son judíos, pero no todos los nietos de Carlos los son, solo los hijos de Juan. Decir que todos los Martínez, descendientes de Carlos o de cualquiera de sus parientes es judío, es una perogrullada.
La investigación la llevarán a cabo por linaje (descendientes de la mujer judía de Juan) y no por apellido (descendientes de Carlos o de cualquier otro Martínez). En otras palabras, aparecer en el listado es condición “sine qua non”, pero no es suficiente.
El Ladino, lengua de los judíos sefarditas, es junto con el Catalán, Levantino, Gallego, Castellano y Portugués una de las lenguas derivadas del Latín que surgieron en la península ibérica, tras desaparecer el imperio romano. Entre los judíos germánicos askenazí, se conservó el Yiddish.
España busca, a través de este gesto políticamente correcto, disculparse, como lo hizo Alemania con el holocausto, por una acción barbárica cometida hace cinco siglos. La expulsión de España, el Holocausto Nazi, y la destrucción del Templo de Jerusalén figuran entre los judíos como las mayores catástrofes resultantes del accionar antisemita.
Pero también España busca lavarse la cara en la Europa de las Reivindicaciones, atrayendo, de paso, un flujo migratorio que por contraste con el actual, es más favorable a España por la situación económica boyante de los sefarditas, su afinidad racial, su temperada tolerancia al catolicismo y su mayor sincronía cultural y de valores con los españoles, a diferencia del choque cultural que generan los actuales inmigrantes provenientes de África y países magrebíes geográficamente cercanos, pero cultural y religiosamente alejados.
Italia y Alemania han concedido a cada vez más generaciones de emigrantes e incluyendo a las mujeres facilidades para el retorno, generando un reflujo migratorio que está más acorde con esos dos países que el actual flujo. Pero Italia y Alemania tienen siglo y medio de existencia como países, mientras España tiene más de cinco.
De concretarse la propuesta española, sumada a la reciente incorporación de los republicanos emigrados a mediados del siglo pasado, especialmente a México y Cuba, estaría “desfaciendo” par de entuertos, como diría el ingenioso hidalgo don Alonso Quijano.
Nunca se queda bien con todos. Parte de los expulsados fueron los moriscos mahometanos que rechazaron la conversión forzada y ellos no están incluidos. Tampoco están incluidos los sarahuíes ni, añado yo, los descendientes de aquellos que siendo sumisos se convirtieron al catolicismo y luego se autoexiliaron en las colonias para escapársele a Torquemada y asociados. A esos no se les reconoce ninguna deuda moral y como no tienen fuerza política propia, no siente el gobierno español la necesidad de ser “correcto” con ellos.
En fin, este anuncio no debe despertar esperanzas entre los nicas por el solo hecho que su apellido aparezca entre los que contienen líneas sefardíes. Hoy en Nicaragua no hay aún suficientes judíos, de cualquier denominación para fundar un templo, y eso elimina cualquier posibilidad de prueba de pertenencia por los nicaragüenses. El autor fue canciller de Nicaragua 2002-2007.
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