Constituye uno de los más grandes pecados de la humanidad hoy en día el hecho de no hacerse cargo de que los niños de este mundo crezcan en un ambiente apropiado. Esta falta la podemos encontrar en casi todos los países, sean estos altamente desarrollados o no. Cuando nace un niño, ese es abandonado a su existencia, sin importar si cuenta o no con el amor de sus padres, sea con uno o los dos, o incluso como huérfano. Es traído al mundo, no importa si desde el bienestar de Europa, Japón o Norteamérica o de las zonas de sequía de África o las zonas de guerra de Afganistán. Unos jugando con muñecas Barbie en un apartamento de Nueva York, otros consolándose con latas de conservas sarrosas en un campo de refugiados de Siria. Nada y nadie puede predecir con certeza si esta chica de Manhattan o este niño de Alepo, destruido por las bombas, serán o no unos adultos felices en unos veinte años. Claro, los pronósticos estadísticos más bien hablan a favor de la niña norteamericana y no a favor del pequeño sirio. Y también en Europa, Gran Bretaña, Alemania o España los estudios arrojan que un niño de capas sociales más pobres allá difícilmente tendrá los mismos chances de educación como los de un niño de familia pudiente. Pero si un niño toma el pronóstico como una ventaja o desventaja para su desarrollo, casi en todos los casos únicamente depende de la fuerza, amor y salud de sus padres o de su ambiente personal, por desgracia también de la buena suerte. Sin embargo, políticos en todo el mundo están permitiendo que toda una generación de niños traumatizados por la guerra crezcan sin educación en países como Siria. Esos políticos permiten que miles y miles de niños en Latinoamérica jamás conocerán una escuela por dentro ni podrán disfrutar de una educación rudimentaria, porque la construcción de nuevos centros comerciales o proyectos nebulosos produce mucho más rápido ganancias que una nueva escuela. Estos políticos permiten que en los países europeos los niños de familias pobres o los migrantes gracias a un sistema escolar selectivo ni siquiera puedan entrar en contacto con los niños de familias más adineradas. Los gobiernos en todo el mundo prefieren ignorar sus responsabilidades de garantizar las mismas oportunidades de educación para todos. La educación corre peligro a nivel global de solo ser promovida si sus patrocinadores se pueden perfilar como benefactores.
O cuando en México los cárteles de la droga le dan una pintadita a las fachadas de algunas escuelas campesinas. La capacitación de los maestros, clases de alta calidad, aulas bien equipados y ofertas de tutoría o atención de los alumnos por las tardes, cuestan mucho dinero en cualquier país del mundo, sin embargo, lastimosamente no tienen el potencial para el perfilamiento empresarial. La educación y la enseñanza son obligaciones sociales, no son opciones. Por eso asombra más el hecho, que los políticos del área de la educación, los cuales lograron hacerse un nombre con mejoras del sector educativo y cuya obligación debería ser servir a la educación y a la enseñanza de los niños y jóvenes, muchas veces solo se perciben como administradores de defectos hasta el próximo período electoral. Les falta la visión para exigirles a los actores de los sectores políticos, eclesiásticos y de la empresa privada para que estos desarrollen una visión de la política de la educación. Y así se convierte más y más en la tarea de los padres, familiares, amigos, compañeros de deporte y de los maestros amantes de su profesión, hacerse cargo de la educación y la enseñanza de las futuras generaciones. Sin embargo, también estos tienen que asumir cada vez más compromisos en la sociedad, ya sea en Nicaragua, Alemania, Norteamérica o Asia. Ellos no pueden hacer milagros si los gobiernos o los partidos políticos renuncian a su responsabilidad, si son los programas de armamento, edificios representativos y el financiamiento de bancos los que definen el pulso del tiempo que ignora por completo el futuro de nuestros hijos. El autor es Director del Colegio Alemán Nicaragüense.
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