Al comenzar el presente año, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, anunció un aumento d e 10 por ciento en el salario mínimo, supuestamente para mantener el poder de compra de los trabajadores venezolanos frente a la devastadora inflación que avanzó 56.2 por ciento en 2013. Ese aumento, que se sumó a otros tres que fueron dictados en el 2013, supuso que el salario mínimo en Venezuela llegara a situarse a US$$519 mensuales a la tasa oficial del tipo de cambio de aquel país.
Más recientemente, este martes 29 de abril, a propósito de la celebración del Día Internacional de los Trabajadores Maduro anunció otro incremento salarial del 30 por ciento, también para supuestamente contrarrestar los efectos de la inflación que llegó a la tasa de casi 60 por ciento. El nuevo aumento salarial equivale a 675 dólares, de acuerdo con el tipo de cambio oficial más bajo de los cuatro que hay en Venezuela, que van de 6.30 a 60 bolívares por dólar.
Maduro atribuye el aumento incontenible en los precios de productos de consumo, a una supuesta “guerra económica” de los enemigos de su gobierno socialista y arremete contra los empresarios, a los que tilda de corruptos y especuladores. Maduro es incapaz de reconocer que la desastrosa situación económica de Venezuela, incluyendo la desmesurada inflación que destroza el poder de compra de los venezolanos, es causada por el modelo socialista radical que trata de imponer a la fuerza, atentando contra la razón y las leyes de la economía.
En Nicaragua, con motivo del primero de Mayo las cúpulas sindicales anunciaron una propuesta para cambiar la legislación sobre el salario mínimo. A diferencia de Venezuela, aquí los salarios mínimos no se establecen por medio de anuncios presidenciales. Pero en ambos casos esos aumentos no sirven para reducir la pobreza. Más bien empeoran el problema, porque según explican los economistas la inflación no se disminuye con mayor demanda cuando no es acompañada con una mayor oferta. La clave, en todo caso, es el aumento de la productividad. Como ha dicho el Premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman: “Si bien es cierto la productividad no lo es todo a corto plazo, lo es casi todo a largo plazo”.
Las propuestas de los sindicalistas sobre el salario mínimo deben considerar factores insoslayables, como la preservación de la estabilidad laboral, el incremento del empleo y la contención de las tendencias inflacionarias. Al proponer los salarios mínimos deben considerar la inflación futura prevista, no atenerse a la pasada. La retroactividad salarial que ellos demandan causa inercia inflacionaria y, al fin al cabo, hace más pobres a los trabajadores que reciben el salario bajo esta circunstancia. A estas alturas los sindicalistas no deberían seguir concibiendo las relaciones obrero patronales en base del desatinado concepto marxista-leninista de la lucha de clases, ni seguir creyendo que la ruina de los capitalistas hace la felicidad de los trabajadores.
Las experiencias de aquellos países donde los trabajadores supuestamente tomaron el poder, por medio de los partidos comunistas y similares, fueron y siguen siendo desastrosas para los mismos trabajadores. Así lo ha vuelto a demostrar la catástrofe económica y social causada por el socialismo del siglo 21 en Venezuela. Así lo comprueban también las medidas de restauración de las relaciones capitalistas en Cuba, en su nivel más rudimentario, ante el fracaso económico absoluto del comunismo cubano.
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