El río Tisla es tan pequeño y da tantas vueltas, que su cauce en el verano apenas llega a la carretera interamericana, kilómetro 130, pasando ya seco bajo un diminuto puente ubicado muy cerca de la entrada a Amayo. Pero así como es de pequeño, el Tisla está lleno de recuerdos y sorpresas en cada una de sus intrincadas vueltas.
Hoy en día, los peces y lagartos con fortuna se logran reproducir y crecer en el pequeño humedal, que nuestros abuelos llamaron “río” cuando estaba cargado de vida y en cada vuelta que da antes de llegar finalmente al lago ofrecía un paisaje inigualable, digno de la mejor fotografía naturalista. Antes allí pululaban los gaspares, los lagartos y cuajipales, los guapotes pintos barcinos y mojarras y sobre sus aguas, no había un árbol que no estuviera cargado de coloridas aves.
Hoy en día podríamos decir, que del punto de vista de biodiversidad, queda poco de lo que fue el Tisla. Pero aún están allí los lechugales, las misteriosas vueltas cubiertas de nata verde y camalotes, donde aún cazan pequeños guapotes que han logrado salvarse de la depredación del hombre, que armado de atarrayas y chinchorros, no perdona ni a los más pequeños. La naturaleza se resiste a morir.
La vegetación y la sombra continúa cubriendo buena parte de su corto trayecto donde nuestros abuelos solían ir a pescar con su varita de guácimo y su boya, también hecha de aquel recto palo y en la punta del anzuelo, los “tapachiches” que abundaban en los potreros. ¡Qué excitante sorpresa era ver hundirse de pronto el flotador que delataba la presencia del guapote acechando el tapachiche!
Hoy cuesta ver un desdichado tapachiche, ya no digamos capturarlo. Hasta las mazamorras son también escasas y escurridizas, quizás sea por el verano y lo seco de la tierra. Si hubiera visto un tapachiche, que con afán busqué, lo más seguro es que no lo hubiera podido capturar, pero hice el esfuerzo.
Meter una cañita con su improvisada boya de palo y una infeliz mazamorra en la punta del anzuelo, volvió a ser emocionante para mí durante la recién pasada Semana Santa, en una melancólica reedición de mis recuerdos de infancia.
Vivos recuerdos, de cuando la boya improvisada de un pedacito de palo seco “danzaba” frente a mi vista varias direcciones, apenas la línea se había sumergido tres cuartas en las aguas del Tisla, hasta que se hundía por completo y cuando halaba la vara con suerte salía volando muy asustado el pobre guapotito, que ahora regreso al agua.
El ciclo de la vida en el Tisla es corto, el Tisla es una incubadora natural de las especies lacustres. Cada verano el río casi se seca por completo, pero en el invierno sus aguas inundan los potreros circundantes y anidan toda clase de peces, aves, reptiles e insectos.
Cuando finalmente el agua rebasan la barra de arena que las olas de verano le formaron en su pequeña bocana, se produce un fenómeno de vida del lago y el río, que se entrelazan intercambiando especies, como celebrando el esperado encuentro. Es una fiesta de la naturaleza que aún vive en mis recuerdos y que en menor escala se repite año con año en mayo o junio.
Pero el ciclo de vida del Tisla subsiste al lado de las torres eólicas de Amayo que giran produciendo energía limpia en un testimonio diario de que la naturaleza y la modernidad pueden coexistir.
El autor es diputado del PLI y Presidente de la Comisión de Turismo.
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