Aunque la Iglesia católica no da a conocer oficialmente cuál es la cifra total de santos, de manera extraoficial se estima que más o menos pueden ser unos diez mil. Pero ninguno de todos los santos, algunos de los cuales son muy populares en Nicaragua, ha sido tan cercano a los nicaragüenses como lo fue Juan Pablo II, cuya santidad junto con la de Juan XXIII será confirmada de manera oficial, mañana, en una ceremonia solemne y multitudinaria de canonización en el Vaticano que presidirá el papa Francisco.
A los santos no siempre se les declaró por medio de la canonización, como se llama el procedimiento mediante el cual se incluye a una persona fallecida en el canon o lista de los santos reconocidos por la Iglesia. Durante mucho tiempo los santos eran proclamados por aclamación del pueblo cristiano, en cualquier parte del mundo, hasta que en el siglo X se decidió que solo serían declarados desde Roma. Según la información obtenida, el primer santo reconocido mediante la canonización fue san Uldarico, obispo de la ciudad alemana de Augusta (Augsburgo), hecha por el papa Juan XV en el año 993.
El papa Juan XXIII, quien junto con Juan Pablo II será incluido mañana en el santoral católico mediante la ceremonia de canonización, es muy conocido y querido en Nicaragua. Juan XXIII se hizo santo él mismo por sus virtudes morales y méritos personales y religiosos, que lo hicieron acreedor al generoso título popular de “el papa bueno”. Y pasó a la historia como líder de la renovación y actualización de la Iglesia católica, que personalmente él orientó y promovió por medio del Concilio Vaticano II.
Sin embargo, con Juan Pablo II la afinidad del pueblo católico nicaragüense es mucho mayor, en primer lugar porque ha sido el único papa que hasta ahora ha visitado Nicaragua. Y no solo una vez, sino dos, la primera en marzo de 1983 cuando el pueblo nicaragüense sufría el martirio de la guerra, de la dictadura de hierro de los comandantes sandinistas y de la agresión estatal contra la Iglesia. No se puede olvidar cómo se obligó al papa a celebrar misa ante las efigies de Marx y de Lenin y el irrespeto que sufrió por parte de las turbas sandinistas. Era la época de la noche oscura en Nicaragua, como la calificó el mismo Juan Pablo II al volver en febrero de 1996, ya en la claridad de la paz, de la libertad, de la democracia, de la tolerancia política y del respeto a la Iglesia y a la libertad de culto de todos los nicaragüenses.
Algunos vaticanistas —como el estadounidense John Allen, del periódico Boston Globe—, aseguran que el objetivo del papa Francisco al canonizar al mismo tiempo a Juan XXIII y Juan Pablo II, es conciliar a las dos grandes ramas de la Iglesia católica, “la reformista y la conservadora”. Asumen como cierto que Juan XXIII representa el reformismo en la Iglesia y Juan Pablo II simboliza el espíritu conservador. Pero no deja de ser un contrasentido calificar como conservador a Juan Pablo II, quien más bien debería ser llamado el papa libertador, por el determinante rol espiritual que desempeñó en la liberación de la mayor parte de las naciones sojuzgadas por el totalitarismo comunista, incluido su propio pueblo, el polaco. Y de alguna manera también el de Nicaragua.
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