Luis E. Duarte
Con su último invento acudieron los sabios a la cima de la montaña donde habitaba solo el hombre más lúcido de la tierra. Los caminos se habían borrado. Jaguares y serpientes eran después de aquel hombre los únicos vecinos del lugar.
—Hemos concluido que solo tú puedes resguardar nuestra última creación —dijeron los sabios al lúcido hombre.
—¿Que es qué? —preguntó sin impaciencia, pero por costumbre de brevedad.
Mostrándole un sofisticado artefacto, le dijeron:
—Hemos creado un arma que con solo un clic puede acabar con la humanidad.
Y aquel hombre sin dudarlo hizo el clic.
[/doap_box][doap_box title=»El ángel del televisor» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
El día jueves se hacía de cara a la pared, las horas olían a cemento porque un hombre olvidó lo que era trabajar. En la televisión, un señor de traje y corbata hablaba de ángeles, “todos tienen un ángel”. En eso vi a la calle y pasó un niño halando un carretón de madera y vi a su ángel esquivando charcos. El señor de la televisión se acomodó la corbata satín azul marino, tenía una sonrisa de veintiocho dientes. A otro hombre de más de cincuenta años le reveló que su ángel llamado Sara era una joven de unos 25 años, cabello negro y largo hasta la cintura, “que no firme los papeles”, le transmitió. Y vi nuevamente a la calle y empezó a caer una lluvia numerosa, pasó un camión cargado de piedras y sobre las piedras iba un hombre de piel oscura y brillante de lluvia, su ángel, llevaba las plumas empapadas. Y vi nuevamente a la calle y vi pasar a “un hombre con un pan al hombro”. Yo creo que mi ángel se está aburriendo, una voz me dice: “Apaga el televisor”.
[/doap_box][doap_box title=»Del desempleado H#896440″ box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
Sin mayores expectativas caminaba el fin de semana. Caminaba el día como quien “hace camino al andar”, así llanamente, un pie alternando con el otro, pisando la carne polvosa de la tarde a orillas del lago Xolotlán. La monumental cloaca capitalina enseñoreándose ante mis ojos escépticos, cansados de espectacularidades.
Pese a todo, al día le aguardaban las pompas de la humedad, una sola pincelada de un gris aguado cubría el cielo y el horizonte ya había sido lacrado por la fusión del gris fecal y el etéreo. Es decir, en la distancia cielo y tierra parecían la misma mierda.
El candor municipal era evidentemente cínico, en la lujuria de una de tantas elecciones presidenciales, alguien detectó que un lago licuado en heces es divisa, de modo que un improvisado malecón luce blanqueadas sus barandas, donde la brisa casipringa, casiescupe lociones agrias. En derredor apacentan las bancas de un parque, con sus espaldares altos estilo nouveau art, pretensión romántica bajo una docena de faroles descoloridos.
De cerca el lago es color café y cuando creí ver un pez, me dije: nues, porque simplemente era una bolsa plástica. En ese instante me dio por ser nostálgico y pensé que si el lago no estuviera contaminado: una cadena de hoteles cinco estrellas, residencias por allá, turistas por toda la costa y tangas dejando a solas las carnes bronceadas y todo a precio de dólares, y yo no estaría allí. Pero de todas maneras quería estar triste por el lago e inhalaba su tufo con patriotismo, tratando de hacer cuentas de la cantidad de mierda que lo nutría. Fue el acabose, porque allí vi a dos niños veranoinviernando, chapoteando entre risas espumosas, gozando de la dicha de ser nicaragüenses, de la mera tierra de lagos y volcanes.
[/doap_box][doap_box title=»Sin programa» box_color=»#336699″ class=»aside-box»]
El vaso de ron espera como si contuviera la tarde en su interior. Suspendieron la energía eléctrica y es el radio de pilas el único que quiere ser escuchado. La niña, más bien aquella niña, ha llorado siete horas continuas y es casi un implemento del día, es por decir, un ruido de la calle. El tema Chid in Time de los Dee Purple se deja ir en bajada con la guitarra intoxicada de cuerdas y en poco tiempo la batería supera unas gradas que fácilmente llegarían a tres docenas mientras la voz de Ian Gillan crea su propia galaxia. Llegado a este nivel en que sorbo un trago y lamo lo que se derramó en mis dedos, descubro que no tengo programa, no hice un plan con descaro y esto me planta de lleno frente a muchas perspectivas. Sin programa no hay tareas, ni requerimientos. Sin plan no hay fin, ni final. Regreso a la niña que llora con brillo más intenso ahora que llega la madre o más bien es la niña que regresa con su ruido a la tarde. Es una forma de ladrar verdades, de hacer penetrar su llanto en la carne de la madre que recién atraca. Pero ella, la de las mamas aunque presente no acaba de llegar, su pensamiento está aparcado en el rastro de una cama de motel, en el perfil de un hombre que fuma con la mitad del cuerpo cubierto por una sábana y en el color de un taxi rojo que se larga, cuando ella sabe que es hora de volver a casa. Y en su mente se repiten, cama, cigarro, sábana y taxi.
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“Uno bien se pierde en Managua/ y olvida su nombre/ o sos asaltado por un niño asesino”, describía la capital Juan Sobalvarro (Managua, 1966), en un poema de su primer libro Unánime (1999), desde entonces su obra prefiere las estructuras irreverentes y los temas conflictivos con implicaciones morales.
Difícil resulta reconocer los géneros de sus textos por las constantes rupturas entre verso y prosa, testimonio o novela, el cuento y el ensayo, funde lo literario con lo periodístico, la crónica con la ficción, lo lírico y el enunciado. Perra vida (2005) es hiperrealista, mientras algunos cuentos cortos de El dueño de la pelota (2011) o La agenda del desempleado (2007) tocan lo surrealista.
Sus personajes más comunes son antihéroes, mientras sus descripciones arrasadoras con giros inesperados son el engranaje de historias que tocan dramas colectivos.
En su casa de un barrio oriental capitalino, Sobalvarro responde preguntas centradas en el significado actual del oficio de la escritura y sus temas imperantes: la ciudad, el homicidio, el poder y la naturaleza humana.
Se puede decir que tenés una trayectoria literaria, ¿pero es posible vivir de la escritura?
En este país los escritores que reciben beneficios de la literatura son muy pocos y no los reciben aquí, sino, del extranjero. Yo lo he ido sorteando trabajando como profesor, periodista y diseñador gráfico.
¿Ves algunas tendencias en la generación posterior a los noventa?
Lo más novedoso es la cantidad de narradores que han surgido, sobre todo en esta década, digamos con buena factura, pero mi opinión es que todavía no tenemos la novela nicaragüense que nos deje sin aliento. En el mundo es difícil hablar de tendencias, todo lo que se impone como moda queda desactualizado porque inmediatamente surge otra cosa, todo cambia con rapidez. Al final lo que corresponde al escritor es estar concentrado en no estafarse.
¿Y eso en qué consiste?
A veces creemos que escribimos lo más logrado. Como te dije, no se ha escrito una novela que sea de culto para futuras generaciones, pero hay muchos que tienen el ego. El ego te hace parásito de vos mismo. No hay nada más mediocre que un ego complacido.
La forma que manejás tus textos te coloca en una posición incómoda en el canon literario nacional, te movés de un género a otro.
En una época lo que me impulsó a escribir fue descubrir que la frontera entre poesía y narrativa es difusa, que no hay un obstáculo real. Este descubrimiento lo hago con la influencia de (Ernesto) Mejía Sánchez, en sus prosemas algunas fronteras son inválidas, miro que encajan en un subgénero, incluso con diferentes estilos, algunos prosemas son descriptivos, otros son caóticos o excesivamente surrealistas. Todo eso para mí fue una explosión, de ahí surge la idea del desgénero. No me preocupa tanto si escribo de una manera u otra, una cosa que siempre he procurado es no aburrirme a mí mismo, ni escribir imitándome.
Algunos de tus textos hacen referencia a aspectos biográficos como tu servicio militar en los ochenta. ¿Perra vida (2005) es un ejercicio de memoria?
Yo creí en la revolución, pero tampoco fui un militante. Sobre todo con la experiencia de la guerra fui perdiendo el encanto, no tanto por las ideas, sino por la conducta humana de los que dirigían la revolución aún en los procesos pequeños.
Escribí el libro porque tenía la idea de contar una historia que no solo me afectaba a mí, de alguna manera quería aportarle algo a esta sociedad, sobre todo a los más jóvenes, como yo había vivido la revolución estaba saturado de todos estos testimonios heroicos y fantásticos, pensé que iban a seguir surgiendo. Recientemente han salido otros testimonios sobre el servicio militar en los que se sigue narrando como una experiencia maravillosa. Creo que soy el único que ha publicado que eso fue una basura.
LA REVOLUCIÓN
Te pregunto por la memoria porque parece que como sociedad estamos más preocupados por olvidar.
Por el libro he recibido toda cantidad de insultos, los insultos más salvajes que pueda uno recibir. Aunque lo publiqué en el 2005, no sobra —hasta ahora— quien me mande un saludo “afectuoso” por redes. Son riesgos que pasa uno cuando hace algo públicamente, pero aunque al nicaragüense le gusta olvidar los pasajes difíciles o conflictivos, también está abierto a la memoria, no se engaña, se puede hacer el loco y simular olvido, pero en el fondo sabemos que no todo fue bonito.
Ponés en el espejo una sociedad que se confronta, víctima y victimaria a la vez.
El conflicto en este libro es precisamente el discurso de la revolución sobre mística y solidaridad entre las personas, el hombre nuevo. Me doy cuenta que no cambiás con discursos. Si sometés a las personas a situaciones extremas van a tratar de sobrevivir, el ser humano no va a echarse a morir, si tiene hambre busca comida y si tienen que hacer algo sucio para tenerla lo van a hacer, eso lo sé, lo vi y lo hice.
Ese tipo de dilemas morales se repiten en otros de tus textos.
En mi primer libro de poesía Unánime había hablado de ese proceso de la revolución, la decepción y el ver al ser humano desnudo en la guerra donde si te portabas como tonto te comían vivo. Tenía la idea del ser humano como fraude y había desarrollado la idea de despreciar todo sistema. La política y hasta el trabajo eran una forma de someterse, de ahí Agenda del desempleado y lo marginal como una forma de resistencia, era el mismo hastío por la guerra y los discursos huecos, son temas que me siguen interesando, pero han ido evolucionando en mi interior, eso de no entregarse ciegamente a los proyectos de otro.
Sin embargo, en tus libros esta desilusión no solamente es por la revolución.
Quise retratar el despojo de los sueños, el despojo de una ciudad que sigue siendo un proyecto pendiente, el proyecto de la nueva Managua sigue vigente, pero seguimos despojados de ese sueño, eso viene desde antes de la revolución.
El dueño de la pelota plantea los vicios del poder desde un juego de niños, eso es bastante atrevido.
Quería desenmascarar la idea de la infancia inocente, vi que surgía el tema del poder y de alguna manera lo reforcé. Estas relaciones viciosas las ves en los colegios y familias, siempre hay quienes se quieren imponer al otro. Yo crecí en una familia grande donde había roles y jerarquías, salías a la calle y alguien tenía que ser el líder.
¿Cómo desterramos estas conductas del ser humano? No creo que sea posible.
EL PODER
¿Escribir sobre matar es arriesgado?
No sé si es una idea arriesgada. Viví la guerra donde el tema de la muerte y matar era frecuente, logré adaptarme a la idea, no es que me guste, pero la experiencia hizo que el tema se me hiciera familiar, también vivimos en una sociedad que refleja la violencia con frecuencia, trabajando en el periódico —diario Hoy— todos los días había crímenes, no hay un día sin muertos, la gente en la calle también suele amenazarlo de muerte a uno por cualquier tontera.
Otro tema recurrente ¿Vivís en Managua voluntariamente?
Es un dilema. Una vez me tocó leer en Matagalpa y la primera pregunta fue esa, ¿por qué describía Managua de una manera tan fea? Le dije que la Capital tenía mucha fealdad. Managua no me gusta, pero no puedo vivir en otro lugar. Es una ciudad desorganizada, sin espacios para caminar, hasta el calor que no tiene que ver con la intervención humana es poco amable. Conozco a poca gente de los departamentos que viene a Managua y dice que es bonita.
Tu barrio en los últimos años ha cambiado, se ha puesto bondadoso, pero siempre escribís con enemistad.
Managua es una ciudad que nos castiga por todas esas condiciones para desplazarse, subirse a un bus es una odisea física, la suciedad es monumental y las personas que viven aquí no tienen una conducta positiva por mejorar, porque esta es una responsabilidad colectiva, no sé si existe un Managua auténtico como en los setenta, es una combinación de todo lo que hay en Nicaragua, es una ciudad que nos cobra el precio de vivir aquí.

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