En la historia inacabada de la humanidad, la soberbia y el poder o el poder y la soberbia, se acompañan dando lugar a dirigentes que, alimentándose de ambos factores, pierden el horizonte de su condición transitoria y llegan a creerse inmortales. Son muchos los casos de seres humanos comunes y silvestres que por accidentes devienen en líderes, se instauran en el poder con un discurso de humildad y de servicio para terminar erigiéndose en sátrapas devoradores de sus propios pueblos. En Corea del Norte tenemos uno de los mejores ejemplos de anormalidad e irracionalidad, donde un sujeto es elevado a la categoría de semidiós, líder supremo, insustituible.
En Nicaragua Somoza creyó lo mismo, y los serviles llegaron a llamarle, entre otros adjetivos ridículos: “Huracán de la paz”, “Estrella que se levanta”, “Paladín de la Libertad”, “El único”, “Él”, “Excelentísimo Señor General de División”, “Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas” y tantos epítetos estúpidos como tantos serviles se solazaban en decírselos en público.
Al final ¿qué quedó de él? un recuerdo ingrato, a veces amargo y otras veces irracional de quienes quisieran verlo reinstalado en el poder.
Ahora en esta Nicaragua ya no solo es un hombre henchido de poder y soberbia, sino además una caterva de empleados y funcionarios públicos que pretenden erigirse por sobre el ciudadano común como “autoridades” investidas del derecho de atropellar y manosear la dignidad del ciudadano de a pié. Los veo en caravanas de vehículos acompañados de policías, que al circular por calles y carreteras del país tratan al resto de conductores y peatones como siervos de la gleba. Los vemos en centros nocturnos y centros comerciales solazándose de su “poder”, usando policías nacionales, quienes deberían estar al servicio de la seguridad ciudadana, con lo que se crea un antipoder, pues generan reacciones de repudio y malestar.
Todo esto es transitorio. Este pueblo no aguantará tanto manoseo y abuso de poder. Lo peor es que no son los sandinistas históricos, sino los neosandinistas inseguros de sus credenciales testimoniales.
El “modelo cubano” del poder y la soberbia ha prendido en los países del socialismo del siglo XXI. Cuba es el mejor ejemplo de un sistema que impuso el yugo a su propio pueblo, que vive sin libertad y lo que hace es aplicar un internacionalismo de la antidemocracia y los antivalores autoritarios a otros países que se dicen democracias, de los que extraen recursos para la sobrevivencia de sus nomenclaturas.
Cuando la soberbia es la guía, el poder se ejerce para controlarlo y ejercitarlo. El poder se usa por el poder mismo y no para servir. El jefe de Estado instituye una política de acusaciones y descalificaciones, amenazas y manipulaciones, pretendiendo poner de rodillas a sus adversarios para después —magnánimamente— perdonarlos, con lo que no hace más que demostrar su debilidad. Es una historia que se repite, en el círculo maldito de nuestra cultura política, donde lo único nuevo es la justificación ideológica, ya que antes se hizo en nombre del “mundo libre” y ahora en nombre del “socialismo, del cristianismo y de la solidaridad”.
La soberbia del poder obnubila haciendo creer, al que lo detenta, que su pasado fue el mejor y que su historia es la historia de la patria, por lo que el presente es el pasado, queriendo condenar a las naciones subyugadas a convertirse en estatuas de sal viendo hacia atrás.
Se vive del pasado y no se planifica hacia adelante, sino hacia atrás, hacia la pretensión del roll back que nos regrese a la guerra fría y a la confrontación planetaria.
Es la síntesis dialéctica del big brother con las tésis Gobbelianas de la mentira y el crimen para acallar las demandas de libertad, democracia verdadera y paz humana no romana.
El autor es diputado del PLI ante el Parlamento Centroamericano.
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