¿Qué ha puesto el hombre en lugar de Dios?, se pregunta el poeta checo Rainer Maria Rilke ( El libro de Horas , 1905). ¿Qué dios tenía Gestas en su corazón? Ese malhechor crucificado a la izquierda de Jesucristo, del que afirman algunos autores “no tuvo asomo de arrepentimiento”, ¿en qué o quién creía? ¿Cómo iba arrepentirse de lo que él consideraba bueno? Este es el punto. Podemos pasar la vida esperando que el malvado pida perdón por sus delitos, pero ¿los clasifica él como delitos? A partir de ese retrato del Gólgota, que muestra la terquedad de alguien a punto de morir, sacamos conclusiones, el silencio de Dios frente a alguien que se cree perfecto.
Gestas, el mal ladrón llamado así en los evangelios apócrifos, estando en la cruz, más bien insultó a Jesús, —si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros—. Según algunos viejos escritos que han venido haciéndose populares, como el evangelio de Nicodemo y el Protoevangelio de Santiago, ponen en perspectiva la otra cara de este malhechor, que en un cortísimo párrafo de la Biblia colgado de la cruz habla con molestia y malacrianza al Salvador del mundo. Gestas no es un simple ladrón —nos aclara Flavio Josefo ese gran historiador de la época—, es un peligroso sicario, un temido asesino.
Eso que oímos decir, que frente a la muerte, todo el mundo se arrepiente de la maldad cometida, no es cierto. No es cierto que todos se arrepientan. Gestas claramente no se arrepintió. La historia, está llena de personajes malvados que no se arrepienten nunca de sus fechorías y más bien se ven a sí mismos como benefactores de la humanidad. Aunque Polibio, ese gran autor griego de los cuarenta volúmenes de “la Historia General” escribe un pensamiento como un bálsamo para las víctimas de la maldad humana: “No hay un testigo peor, un acusador tan terrible, como la conciencia, que mora en el corazón de cada hombre”.
Gestas es desafiante hasta la muerte. No puede ver, no puede sentir, no quiere oír. Desea maltratar, burlarse, mofarse hasta en la cruz. Este aspecto humano de la maldad es la antítesis de Cristo, que hasta el último momento se preocupa por los demás: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Jesús calla ante la impertinencia del necio —si eres el que dices ser, bájate de la cruz—. No hay por qué polemizar, Gestas es el retrato del sujeto que muere en su ley.
Los delincuentes en la cruz, junto a Jesús hablan a través de los siglos. El bien y el mal a través de los tiempos, en una extraña y misteriosa convivencia —el trigo y la cizaña de la parábola de Cristo—. El hombre que se equivoca y se arrepiente, y el otro que se equivoca pero jamás se arrepentirá, pues su alimento es el orgullo. Basta un par de versículos de Lucas el evangelista para toda una cátedra: dos hombres con una última oportunidad de perdón y salvación, uno que se llena de esperanza y otro perdido hasta el fin. El final para Gestas es un Cristo callado, sin respuesta, sin consuelo, sin una sola palabra de respuesta, un diálogo muerto en su inicio. ¿Qué ha puesto el hombre en lugar de Dios?, es la pregunta de Rilke, que solo deja un halo de tristeza. El autor es escritor
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