“Ámense unos a otros. Yo no les pido que den dinero a las iglesias o a los pobres. Yo les pido Amor”. (Siria, 1982 Nuestra Señora de Soufanieh).
En estos días de Semana Santa cuando todo el mundo planea pasar unos días confortables en las playas, se nos olvida, a pesar de ser la razón por la cual tenemos esos días de descanso, de que hay un Dios que vino a padecer con nosotros para decirnos que todo lo sufrible e insufrible se puede vencer.
Ilógico y absurdo dicen los que usan solo sus neuronas para tratar de comprender este acto de amor infinito que solo los sencillos de corazón pueden tragarse sin sentir molestias esofágicas.
Más absurdo todavía, diría yo, y me darán la razón los misóginos, que para poder venir a este mundo Dios haya escogido a una mujer niña viviendo en una sociedad peor que la nuestra en el trato hacia las mujeres.
Y la escogió virgen y pura de toda mancha, expresión que saca sonrisas burlescas a todo aquel que se cree docto en las cosas de la vida. Pero le duela a quien le duela es a través de esa mujer que se da redención divina.
Y es una mujer que a la par de su hijo sufre, desde el mismo momento en que el ángel Gabriel le anuncia su embarazo no deseado, en medio de una cultura donde esto le iba a costar, no solo su pellejo, pero el desprecio, la indignación y el repudio aun de sus más cercanos familiares. Qué tronco de clavo.
Pero sus dolores no acaban ahí.
Nace su hijo en medio de una pobreza extrema y cuando gozosa le lleva al templo a presentarlo a como la ley judía exigía, le sale Simeón un viejo profeta, para decirle que una espada le iba a atravesar su corazón.
Viviendo en un país gobernado por uno de los déspotas y sanguinarios más grandes que haya reportado la historia, Herodes, ambicioso de poder podrido a como se encontraba de salud, planea asesinar al Niño y María tiene que salir huyendo al exilio para salvarlo.
¿Qué exilio es agradable? que me digan los que viven en él.
Ya crecido Jesús, se le pierde en esa marabunta de Jerusalén por tres días. Cuanta angustia que solo se comprende siendo madre.
Pero aún le falta.
Encontrarlo cargando la cruz, apaleado, escupido, humillado, despreciado para luego verlo morir clavado en ella abandonado y rodeado de dos ladrones que también le insultan.
Qué dolor cuando ya muerto lo sostiene entre sus brazos.
¿Cuántas madres no han sentido ese dolor en Nicaragua de chinear a sus hijos ya muertos para que se den una idea de lo que también sufrió ella?
Dolor representado por muchos artistas en cuadros y estatuas, porque es profundo e inconmensurable en lo que llamamos La Dolorosa. Tantas Dolorosas que tenemos en nuestras iglesias y no las comprendemos.
Luego dejarlo en su tumba. Alejarse de Él con esa espada clavada en su corazón.
Son dos calvarios, uno el de Jesús y el otro el de su Madre.
Los dos en uno, la redención salvadora que vence la muerte y traspasa los umbrales de cualquier dolor terrenal y de la conciencia humana difícil de comprender usando solo la razón y la ciencia sin apartar el orgullo de nuestro corazón.
A Santa Isabel de Hungría, María le comunicó que todos aquellos que recordasen y sintiesen sus dolores, uno con cada Ave María, jamás serían olvidados en el momento de su muerte y siempre serían asistidos por ella misma en los instantes más dolorosos de su vida.
Esto también fue confirmado por San Alfonso de Ligorio, hombre docto, súper bien educado, abogado y filósofo, con dinero y fundador de la orden de los Redentores. Ninguno de los dos era un morón, ni un resentido social, ni eran santulones. Eran personajes de la vida real y cotidiana. Isabel tuvo tres hijos, era culta y de clase social muy alta y se dedicó a asistir a los pobres y enfermos más despreciados aún antes de la muerte de su esposo y contra las críticas de una sociedad materialista que le rodeaba y ofrecía todo los lujos y tentaciones de este mundo.
Las cosas absurdas de mi Dios diría yo.
Que María bendiga y proteja a nuestra tierra Nicaragua. Recordémosla con sus dolores todos los días en nuestros hogares que ella con su mano nos llevará a la presencia de su hijo Jesús en el momento de nuestra muerte y nos asistirá en los días más difíciles de nuestra vida. El autor es médico y cirujano.
¿Cuántas madres no han sentido ese dolor en Nicaragua de chinear a sus hijos ya muertos para que se den una idea de lo que también sufrió María? Dolor representado por muchos artistas en cuadros y estatuas, porque es profundo e inconmensurable en lo que llamamos La Dolorosa. Tantas Dolorosas que tenemos y no las comprendemos.
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