El diario español El País publicó en su edición internacional en línea para América, el jueves de esta semana, un extraordinario artículo del escritor ruso Vladimir Sorokin, el cual se refiere al drama que está sufriendo actualmente Ucrania, pero indirectamente se relaciona con Nicaragua.
Sorokin es un fecundo escritor cuyo extraordinario talento lo ha hecho acreedor a que alguna crítica literaria internacional lo califique como el último de los grandes escritores rusos. Y entre los temas que desarrolla Sorokin, destacan los del totalitarismo, la intolerancia en el poder, el elitismo político y el fundamentalismo.
En el mencionado artículo publicado en El País, titulado “¡Dejad caer al pasado!”, Vladimir Sorokin asegura que “Ucrania ha dado una lección de amor a la libertad e insumisión a un poder mezquino y mafioso; algo inimaginable en Rusia, un país cada vez más soviético que nunca rompió del todo con el antiguo régimen”, es decir, con el totalitarismo comunista soviético.
Para Sorokin el expansionismo del régimen de Vladímir Putin, que ha “recuperado” la península de Crimea y amenaza con anexarse otros territorios de Ucrania donde hay minorías rusas, se explica en el hecho histórico de que en los años noventa, cuando cayó el comunismo, Rusia “no enterró el pasado soviético ni tampoco juzgó sus crímenes, como sí ocurrió en Alemania a finales de los años 40”. Según Sorokin, la revolución democrática que encabezó Borís Yeltsin fue “de terciopelo”, por eso “los militantes del Partido (comunista) que de la noche a la mañana se habían reconvertido en ‘demócratas’, retiraron el cadáver soviético a un rincón y lo sepultaron bajo una pila de serrín con las palabras: que se pudra solo”. Pero no se pudrió del todo.
El escritor ruso reflexiona en su artículo, que “la mentalidad soviética había arraigado (en la sociedad y la cultura política rusa), ella fue la que se adaptó al capitalismo salvaje de los años 90 y empezó a mutar ya en el Estado pos-soviético. Tan solo ella ayudó a mantener el sistema piramidal de gobierno, creado por Iván el Terrible y fortalecido por Stalin. Yeltsin se cansó rápidamente de estar en la cúspide de esta pirámide y, sin haberla alterado siquiera, tomó de la mano a su heredero Putin, quien ante todo informó a la población de que consideraba el fracaso de la URSS como una catástrofe sociopolítica”.
Algo muy parecido fue lo que ocurrió en Nicaragua, donde el cambio democrático de los años noventa no enterró el totalitarismo sandinista, mucho menos que fuera capaz de juzgar sus incontables crímenes, ni lo sepultó en aserrín. Más bien le permitió —seguramente porque no tenía fuerzas para impedirlo— seguir controlando una parte sustancial del poder.
De manera que el restablecimiento y ampliación de los vínculos de Nicaragua con Rusia, y el idilio del orteguismo con el putinismo, no son motivados solo por intereses comunes y resentimientos contra EE.UU. y el Occidente democrático. Es que el paralelo de lo que ocurrió —o de lo que no sucedió— en Rusia y Nicaragua durante los cambios demócráticos de los años noventa, y la afinidad entre Putin y Ortega, tienen hondas raíces ideológicas.
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