Marta Leonor González
Tiene 30 años y es maestro de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua en Managua, ha publicado un libro de cuentos y una novela. Imparte talleres de escritura creativa, y Managua es una ciudad que le obsesiona, “Hay que amarla, en ella hay belleza, en la ruina hay belleza”, dice Javier González Blandino.
En su novela El espectador , Managua es el génesis y el fin de la historia de personajes marginales que suelen estar devorados entre ellos mismos como la ciudad. No obstante, en sus cuentos de Historia vertical se perfilan personajes que dialogan consigo mismos en una suerte de monólogo. La tarde se muestra calurosa y el agitado paso de los estudiantes de la UNAN marca el ritmo del día, ese miércoles donde el diálogo toma su curso en una pequeña oficina donde Javier González Blandino habla de sus cuentos, de cómo Joaquín Pasos lo decepcionó como autor, de sus encuentros con Juan Carlos Onetti y Sergio Ramírez como editor de su libro. Ahí, la plática inicia.
¿En tus cuentos está muy reflejado el lenguaje de la calle?
Para un lector es muy incómoda su lectura porque reúne textos donde está el lenguaje de la barriada, de zonas específicas. También está un lenguaje muy estilizado donde el autor parece que hace un monólogo que podría hablar de una narrativa poética y que pertenece a lecturas específicas, tiempos en que leía a Salvador Elizondo, Octavio Paz, y esa lectura se transparentó en la prosa.
Dijiste que Juan Carlos Onetti era para vos un autor de cabecera, ¿sigue siéndolo?
Ahora no. Onetti funcionó claro, pero este juego metalinguístico se agoto, él fue la transición, este exceso del lenguaje es agotador, él es como el Sísifo agotador, estos personajes de Onetti yerran todo el tiempo. Él tiene personajes que pareciera que se estuvieran corroyendo a sí mismos y es agotador, es un callejón sin salida.
¿Qué te enseñó Onetti?
La estilización de la prosa, maneja una prosa exquisita, él la trabajó de una forma arquitectónica y el mejor ejemplo es La vida breve que es un juego una historia dentro de otra historia. Además el gran artificio de Onetti fue el monólogo, sus personajes hablan siempre para sí mismos.
¿De Onetti qué huellas hay en tus cuentos de Historia vertical?
Sí, sobre todo en uno que se llama Los rostros está la ciudad y personajes que nos hablan y que solo están volcados hacia sí mismos.
LA CIUDAD
¿De esos personajes que hablan de sí mismos está algo de vos?
Biográficamente muy poco, estos personajes tienen una vida muy inactiva interactúan muy poco con su entorno. Ellos están obsesionados con la ciudad que es antropófaga que se los devora, están aterrados y perseguidos por la ciudad.
¿Managua en tu novela El espectador es decadente y horrorosa?
En realidad horrenda no. Más bien es una relación tormentosa.
¿Cómo llegás a la ciudadpara convertirla en tu principal personaje?
Fijate que yo viví dos años en La Paz Centro, luego regreso en el 2007 a la ciudad de Managua y me espanto, me sentí como un extranjero, tenía una mirada inédita de ella, creo que ese fue el punto de inflexión.
Fue así como la ciudad me empezó a obsesionar, a Managua no la veo como una ciudad horrenda sino como una ciudad en derrota, donde hay una poesía de la derrota, hay una belleza en las ruinas, en realidad Managua es la ciudad de vértigo, Managua es vértigo, es muy particular.
¿Te gusta Managua?
Es nuestra, es la ciudad contemporánea en la que vivimos. Es la Managua de las migraciones de la que hablaba Juan Aburto, es una Managua de tránsito, Managua es muy particular, es una ciudad sin centro, es una ciudad coqueta por la noche, está llena de agujeros, y en ruinas porque después del terremoto es una ciudad que le tiene miedo a las alturas, es una ciudad horizontal no de edificios verticales y creo que por ahí hay que escarbar.
¿Qué buscabas en tus cuentos, reflejar qué?
Había una serie de lecturas de la época de Salvador Garmendia y los narradores españoles de la posguerra, ellos habían asumido su ciudad, había un diálogo con la ciudad y yo me asomaba a nuestra narrativa y no la encontraba. Quería leer personajes por los lugares que yo transitaba, quería personajes complejos a la manera de Onetti y fui indagando en la ciudad, tampoco quería una ciudad acartonada ni una ciudad decorativa ni compleja.
Hay un personaje adulterado que es Managua. Y es Managua que hay que amarla, hurgarla en la medida que sea posible.
Hiciste referencia a que no encontraste ese diálogo entre los escritores y la ciudad. ¿Cómo así?
No lo veo en el sentido de la historia literaria, sino en el sentido de mis búsqueda como lector. Sé que Juan Aburto es un gran narrador que retrató la ciudad en los años setenta, Sergio Ramírez lo hizo con su novela Sombras nada más , Mario Cajina Vega lo hizo con la Managua del pre terremoto, Lizandro Chávez hizo su parte y otros autores contemporáneos. Pero desde lo que yo necesitaba como lector de ese tormento entre el hombre y la ciudad no lo encontré.
En la edición de tu libro de cuentos participó Sergio Ramírez ¿qué tal la experiencia y cómo te aportó?
Mucho, en el sentido que hizo un trabajo de carpintería y fue una lección en la escritura, que la escritura no solo es lo glamoroso, sino ese trabajo tedioso de lo que es la edición y hay que tener inspiración para eso. Sergio me enseñó a ver dónde no debía poner un punto, sino que iba en otro lado, que este guión está mal puesto, que esta palabra no va, separar párrafos.
¿Aceptaste todas las sugerencias que hizo?
Fijate que algo que admiré de él fue la enorme cortesía de él, es un gran caballero y lo fue todo el tiempo, las correcciones que hizo fueron tipográficas. Aprendí el uso del punto y coma con Sergio. Luego hizo sugerencias de orden estético los adjetivos, la supresión de una frase. La edición es un trabajo tedioso y de disciplina que te lleva horas y vos lo sabés, no te lo voy a decir a vos y que hay que asumirlo esa fue la gran huella.
DESENCANTADO CON JOAQUÍN PASOS
En el 2011 defendiste una tesis sobre Joaquín Pasos, ¿qué encontraste en su poesía que aprender de él?
Me desencanté con Joaquín Pasos, hice el trabajo de pregrado sobre la influencia de Vicente Huidobro en Joaquín, pero mi gran hallazgo fue que Joaquín Pasos le reprochaba a Huidobro pues se jactaba de ser el asesino de Dios. Joaquín le reprochaba su carácter deshumanizante. Creí como lector hedonista de Pasos que habría en él una suerte de novedad porque en el creacionismo lo hubo, pero me encontré un Joaquín Pasos chovinista, católico, mimético, y tuve que terminar la tesis de manera apresurada porque me desencantó como poeta y no me ofrecía nada.
¿Y estilísticamente hablando?
Tampoco me pareció muy chovinista como buen granadino, no veo esa poesía extravagante y retadora que está en el Canto de guerra de las cosas . Un gran desencanto como lector.
LOS TALLERES
¿Has impartido talleres de escritura qué tal ?
El taller me permite analizar mis obsesiones como lector. Los muchachos del taller no son condescendientes conmigo ni yo con ellos. Hay un diálogo de mucho respeto del que me alimento y sobre todo que me he encontrado con grandes lectores y otro elemento es que me permite hacer una lectura transversal. Los talleres son heterogéneos llegan escritores que ya tienen oficio y tienen sus búsquedas, jóvenes que se están iniciando. Hacemos una lectura de qué tal esta nuestra narrativa, hay lecturas pesimistas, otras entusiastas. En mis talleres trabajo la mecánica del artificio en la obra de cada escritor que nos va enseñando un artificio como en Onetti, La mirada de Kafka, el Homero de Joyce, la teoría del efecto en el cuento de Poe, desmontamos al autor con su artificio y ellos hacen su artificio a partir de estos escritores, es una ruta que he seguido como escritor en síntesis me permite transparentar algunos de mis malestares. Creo que asumo el taller con frenesí, con mucha pasión.
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