Durante dos días consecutivos, esta semana el obispo de Estelí, monseñor Abelardo Mata, ha puesto en duda la realización del anunciado diálogo de la Conferencia Episcopal de Nicaragua con el presidente inconstitucional Daniel Ortega, para el cual no hay todavía una agenda ni una fecha determinada.
El martes 8 de abril corriente, en declaraciones exclusivas para LA PRENSA el obispo de Estelí expresó su temor de que, con el pretendido diálogo con la Iglesia, Daniel Ortega podría ganar tiempo “para lavarse la cara”. Y al día siguiente, o sea el miércoles 9, monseñor Mata dio a conocer a través de diversos medios su opinión de “que habría que repensar en la posibilidad de estar dialogando”. Y agregó que esta idea la planteará en la reunión que sostendrán los obispos el próximo 21 de abril para hablar sobre la temática del diálogo con Ortega.
Lo que ha dicho monseñor Mata es a título personal, o sea que sus opiniones no expresan en este caso el sentir de todos los obispos. Sin embargo, es fácil suponer que en la Conferencia Episcopal seguramente hay otros obispos que están pensando lo mismo que el prelado de Estelí; sobre todo después que la Asamblea Nacional ratificara al mismo Consejo Supremo Electoral desacreditado, que encabeza Roberto Rivas, lo cual indica que Ortega no está dispuesto a permitir elecciones libres y que los mismos fraudes electorales orteguistas que han sido perpetrados en los últimos años, se repetirán en lo sucesivo.
Por otra parte, el hecho de que se haya elegido como magistrados de la Corte Suprema de Justicia a dos o tres personas que llenan los requisitos establecidos para el desempeño de esa función, no cambia la naturaleza del poder orteguista, no sana al poder judicial enfermo de improbidad, no le restituye la independencia a la justicia ni contribuye en nada al restablecimiento de la institucionalidad democrática en el país. La única expectativa que podrían motivar esos nombramientos, es si los dos o tres magistrados que han sido escogidos en calidad de independientes, tendrán valor para defender la dignidad de la justicia y promover la honestidad de la función judicial, o, —por aquello de que “la calle está dura”— se acomodarán a los requerimientos del régimen autoritario y corrupto imperante en Nicaragua.
Si Ortega hubiera permitido que se hiciera algún cambio en el Consejo Supremo Electoral —o sea que hubiera aceptado algunos de los candidatos a magistrados propuestos por la oposición y la sociedad civil, y sobre todo la exclusión de Roberto Rivas, quien ha devenido en representación emblemática del fraude y de la corrupción en el poder electoral, tal vez se habría podido alentar la esperanza de que algo bueno se podría derivar del diálogo de los obispos con Daniel Ortega.
En realidad, como explicó monseñor Mata, con la elección de magistrados electorales los obispos tenían la esperanza de que se les diera “una señal en verdad de apertura”. Pero Ortega no quiso dar esa señal y más bien mandó a reelegir al mismo Consejo Supremo Electoral corrupto y hacedor de fraudes. Y la verdad es que sin garantías verdaderas de elecciones libres y limpias, no puede haber ninguna posibilidad del cambio al que aspiran los obispos con toda su razón pastoral y moral.
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