Acostumbrado a una reciente historia de envidiable crecimiento económico iniciado por la visionaria política de Fernando Henrique Cardozo y continuado por Lula da Silva, el Brasil enfrenta con Dilma Rousseff un incierto futuro económico. Con crecimiento que se espera no supere el dos por ciento este año, con una inflación merodeando el seis por ciento anual establecido como límite tolerable por el Banco Central y con dos importantes destinos de exportación (Argentina y Venezuela) atravesando tremendas crisis políticas y económicas, el desafío para revertir esas proyecciones parece formidable.
Como miembro fundador y sujeto a las restricciones del obsoleto y políticamente prostituido tratado de integración regional conocido como Mercosur, el gigante latinoamericano ve sus posibilidades de expansión y exportación a nuevos mercados seriamente restringidas. Los estatutos del tratado le impiden concluir acuerdos de libre comercio con otros países o regiones si no es conjuntamente con sus cuatro socios. Tal es el caso con la Unión Europea, en el que los cinco socios no logran consensuar posiciones que permitan su pronta culminación.
El caso de Venezuela, recientemente integrada al Mercosur, no solo por el potencial exportador que significaba para el Brasil sino por una dosis considerable de enturbiada solidaridad política para con el difunto presidente Chávez, ha resultado con mucho menor potencial y más problemático de lo esperado. Tarde o temprano los monumentales disparates económicos del caudillo y de su heredero Maduro —entre los que destacan la política cambiaria, la reducción de exportación petrolera a Estados Unidos y Europa, el control de precios, la expropiación de empresas— tenían inevitablemente que desembocar en el caos social y catástrofe económica actual.
Es más, ahora resulta que Venezuela tiene una deuda morosa en el mercado internacional estimada en cerca de diez billones de dólares, de los cuales un billón y medio le corresponden a empresas brasileñas. A pesar de los insistentes esfuerzos del Gobierno y empresarios brasileños en ponerla al día, estos han sido infructuosos.
Por el lado sur, Argentina —después de China y Estados Unidos, el principal destino de las exportaciones brasileñas— atraviesa una descomposición social, política y económica que inclusive pone en duda la viabilidad de Cristina Kirchner concluir su mandato presidencial en el 2015.
Las arbitrarias y contraproducentes medidas proteccionistas que la presidenta ha impuesto para detener la reducción a niveles alarmantes de las reservas internacionales (mermadas un sesenta por ciento desde el 2011) y desacelerar una aguda inflación estimada en más del treinta por ciento (a pesar del Gobierno hasta hace poco insistir que es menos del diez por ciento) han tenido efectos económicos devastadores.
Por si fuera poco, el aislamiento internacional argentino, resultado de obligaciones incumplidas con el Club de Paris, con inversionistas norteamericanos (Fondos Buitres) y con profundas diferencias con el Fondo Monetario en cuanto al manejo de las estadísticas económicas, hacen aún más difícil vislumbrar un cambio en la terca actitud de la presidenta.
Inexplicable e innecesariamente en medio de tan difícil escenario, Dilma Rousseff parece haber decidido convertirse en el nuevo mecenas de los hermanos Castro, desviando enormes recursos económicos hacia un país en ruinas, que mejor podrían ser invertidos en impostergables proyectos locales tales como la ampliación de la deficiente infraestructura logística (puertos, ferrovías, carreteras, etc.) principal cuello de botella de sus exportaciones.
Proyectos como la ampliación del puerto Mariel, la primera gran obra de Rousseff (infelizmente fuera del Brasil, ironizan los brasileños) un gran escándalo cuyo costo de casi novecientos millones de dólares fue financiado mayoritariamente (75 por ciento) por el gobierno brasileño. Pese a rebuscados argumentos (creación de empleos, aumento del comercio internacional en el Caribe, América Central e inclusive Estados Unidos, convenientemente olvidándose del embargo) no logra explicar ni justificar el beneficio para el Brasil, mucho menos como Cuba, cuya capacidad y credibilidad como deudor es nula en la comunidad internacional, honrara esa deuda.
En la era de la globalización y comercio sin fronteras, en donde está hartamente comprobado que crecimiento y desarrollo están íntimamente ligados a la capacidad de exportación, el Brasil, de no encontrar un mecanismo para librarse de ese pesado lastre que Mercosur le impone, arriesga nuevamente en convertirse en el ” gigante adormecido” de antaño. El autor fue cónsul de Nicaragua en Miami.
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