Max L. Lacayo
En el doble discurso de los tiranos arden, por un lado, las glorias de grandiosos pasados que estimulan sus propias fantasías y, por otra parte, las prédicas públicas con las que estos alimentan —engañosamente— las esperanzas de sus súbditos. Dos ejemplos (entre los que nos conciernen) son Vladimir Putin, presidente de la Federación de Rusia y Daniel Ortega, presidente inconstitucional de Nicaragua. Ambos representan un peligro claro y presente para esta empobrecida nación.
Si bien Vladimir Putin se transporta al siglo XVIII a revivir la gloria rusa imperial de la zarina Catalina II, llamada la Grande al arrebatar Crimea del imperio otomano y hacer surgir a Rusia como gran poder, el esfuerzo y pretensión del actual mandatario ruso de controlar el mar Negro es comparable a las aún más antiguas aspiraciones de Pedro I de Rusia o Pedro el Grande como lo recuerda la historia.
Aunque Crimea fue transferida en 1954 a la República Soviética Socialista de Ucrania y esta se independizó de la antigua Unión Soviética en 1991, Putin siempre ha visto a estas repúblicas adyacentes como el patio trasero de Rusia. Es por esa razón que este se aventuró —el mes de marzo pasado— a arrebatar Crimea de la república ucraniana. Y se le hizo fácil, pues Rusia ha mantenido una base naval y un gran personal militar en esa península.
Putin está jugando una partida anacrónica geopolítica, mientras su régimen se vuelca incrementalmente autoritario y su economía más ajena al desarrollo. Las inspiraciones más modernas de Putin parece encontrarlas en Leonid Brézhnev, quien gobernó hasta su muerte, como lo aspira Putin. Este ha demostrado el gusto de Brézhnev de promover, por un lado, una aparente distensión entre el mundo oriental y occidental y, por el otro, de aumentar fanática y engañosamente su área de influencia a través del orbe, sin considerar su insostenibilidad y los efectos negativos a la economía soviética.
Por su parte, Daniel Ortega, presidente inconstitucional de Nicaragua, pretende montarse en el antiguo, ya derribado caballo de bronce del general Anastasio Somoza García. El Ortega revolucionario de ayer encontró una nueva libertad para odiar, acosar, timar, torturar, asesinar y traicionar sin pena o atrición. Lo irónico es que Ortega jamás odió a la dictadura que combatía, más bien envidiaba sus riquezas, su movilidad, su destreza y su poder. Esa corriente oculta de admiración a los generales Somoza se hace manifiesta en la forma que hoy Ortega emula a esa vieja autocracia. “La verdad es hija del tiempo”, decía Bacon.
Hoy Ortega, igual que Putin, tiene su visión en el pasado, con nuevos antagonismos, con mayores intolerancias, insuperable crueldad e inagotables ofensas. Y es que, en lo más amplio de las generalidades, pareciera que estos dictadores desean ganarse el odio y la enemistad de sus pueblos, pues ellos, al sentirse odiados se sienten superiores; igual que ayer odiaban al mundo, por sentirse inferiores.
Si lo anterior nos hace considerar lo peligroso del interés ruso de instalar una base militar en Nicaragua, estamos pensando de manera racional. Qué sería de Nicaragua si se permite la instalación de dicha base rusa en nuestro territorio. Eso es, precisamente lo que facilitó la toma sorpresiva de Crimea, hoy incorporada a Rusia como sujeto federal.
Es por eso que de ninguna manera los nicaragüenses debemos aceptar base militar alguna, ni tampoco —por supuesto— “cuentos chinos”. No podemos permitir que Ortega nos arrastre, en su prisa, al pasado. El autor es economista y escritor.