Recientes casos judiciales, me recuerda una historia en versión nica, sobre un muchacho a quien llamaban el tonto del pueblo, no era estudiado, tímido, y torpe para hablar y como una forma de burlarse de él los habitantes le hacían escoger entre dos monedas, una de cinco córdobas y una de un córdoba.
Él seleccionaba la de un córdoba y eso provocaba la risa y la burla de los demás; esto se repetía constantemente, originando incluso, espectáculos colectivos llegando a veces a aplaudirle.
Alguien le preguntó porqué actuaba así, a sabiendas que la moneda de cinco valía más que la de uno y la respuesta fue: si escojo la de cinco, se me termina el juego y nadie me creerá tonto. En cambio, de córdoba en córdoba tengo muchas ahorradas.
Hay historias parecidas de personas que están haciendo el papel del tonto y otros de espectadores.
Un caso insólito es el de más de una docena de personajes entre abogados, sacerdotes, agricultores y gente sencilla que fueron estafadas supuestamente por un reo quien desde la prisión y por la vía telefónica logró obtener durante casi un año un botín de varios millones haciéndose pasar por un magistrado de la Corte Suprema y con él estarían coludidos abogados y personal de apoyo quienes desde fuera se encargaban de retirar las coimas.
No deberíamos preguntarnos, ¿por qué las personas estafadas creyeron que por una llamada telefónica o por influencia podrían resolver un caso judicial? ¿Es normal que esto pudiera ocurrir entre personas inteligentes?
Otro caso, el del hermano de un boxeador quien por arte de magia o más bien de un laboratorio de criminalística calificado como uno de los mejores del área, convirtió una supuesta cocaína en talco común, dejando en ridículo a la Policía, la fiscalía, y el poder judicial. ¿De quién realmente se burlaron?
Recordemos el caso de una docena de mejicanos encabezados por una supuesta funcionaria de Televisa, quien durante varios años entró y salió del país de norte a sur y de sur a norte, atendida generosamente por las autoridades de migración y compartiendo opíparas comidas, hasta que descubrieron que de periodistas solo las cámaras y que traficaban droga y dinero.
¿El resultado? todos se fueron y caso cerrado aunque quedaron muchas dudas de la impunidad con que actuaron.
Aún está pendiente también conocer la suerte de más de una docena de personas, incluyendo unas monjitas, que decidieron realizar inversiones en otro país atraídas por jugosos intereses ofrecidos por empresarios locales en vez de confiar en el Sistema Financiero Nacional e instituciones afines.
Y si la ingenuidad la trasladamos al campo político, ¿qué papel jugarán los opositores que van a reelegir en combo a funcionarios del poder electoral a sabiendas que han sido cómplices de tres fraudes electorales, argumentando que lo hacen para no perder los espacios políticos, ¡porque esa es la democracia!?
Recordando la historia inicial, se le preguntó al personaje del cuento que si no le molestaba que le llamaran el tonto del pueblo, a lo que contestó: ¡No, porque los tontos son ellos!
En este país, nos reímos, nos burlamos, de todo hacemos chafa y cuento, y somos según un reciente reporte mundial, uno de los países más felices y contentos del mundo, tal vez disfrutando como el tonto se queda con la moneda más pequeña sin pensar realmente quiénes son los verdaderos tontos. El autor es periodista y abogado.
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