La universidad es un espacio privilegiado para el desarrollo de la reflexión crítica, la formación de ciudadanos y profesionales conscientes de sus responsabilidades cívicas y comprometidos con el desarrollo de su nación. Para ello, el oficio universitario debe inspirarse en los valores democráticos, la inclusión, la equidad, la interculturalidad, y contribuir al análisis de su contexto, a fin de proponer soluciones a los problemas que aquejan a la sociedad. La comunidad académica debe difundir la cultura democrática, actuando como ejemplo de su praxis.
Es, entonces, importante que las universidades desempeñen un papel aún mayor en el fomento de los valores éticos y morales y dediquen especial atención a inculcar, entre los futuros graduados, un espíritu cívico de participación activa en la construcción de sociedades más justas y democráticas.
Sin embargo, cabe señalar que ni los de afuera ni los de adentro tienen derecho a perturbar la vida universitaria con actividades políticas de índole partidista. La autonomía universitaria se conquistó para desterrar la política de partidos de los claustros universitarios. Luchamos por la autonomía en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado para sustituir “los humores de la política militante”, como decía el rector Mariano Fiallos Gil, “por la ciencia y el estudio”.
Esto no significa que la universidad no participe en la vida política de la República, entendida esta como búsqueda del bien común. Los problemas que aquejan a nuestro pueblo, deben ser objeto de la reflexión universitaria. Como lo ha señalado José Medina Echavarría, entre las concepciones antagónicas de “universidad enclaustrada”, es decir, de universidad aislada de los problemas de su entorno y de “universidad politizada”, es decir, de universidad invadida por los gritos y consignas de la calle, surge el concepto de “universidad partícipe”, o sea, de universidad que participa, sin perder su carácter de centro autónomo más alto del saber, en la vida cívica del pueblo y en el planteamiento y solución de los problemas que le afligen.
En cuanto a la libertad de cátedra, la autonomía representa la mejor garantía para su existencia. Esto implica que la universidad, como institución, no sustenta ni enseña siguiendo una determinada ideología. En ella caben todas las ideologías. Si una universidad enseña según una determinada faceta ideológica, contradice su esencia y quebranta la libertad de cátedra. La universidad, por su condición de tal, debe preservar en su ámbito la convivencia de las pluralidades ideológicas o renunciar a su alta jerarquía como centro libre e independiente del saber.
Todos estos conceptos cobran hoy día una gran actualidad y siguen siempre vigentes, especialmente cuando nuestras universidades, por cálculo o temor, pareciera que han renunciado a ejercer la función crítica, que por su propia naturaleza les corresponde. Más bien se observa un proceso de manipulación partidaria de las comunidades académicas, en abierta violación no solo de los principios fundamentales sobre los que descansa la idea misma de universidad y su autonomía, sino también de las disposiciones legales que norman su correcto quehacer.
En Nicaragua se han dado recientemente una serie de acontecimientos que comprometen seriamente el futuro de nuestra nación, tales como la concesión canalera y las contrarreformas constitucionales, ante los cuales no se ha escuchado la opinión orientadora de las que se supone son la sede por excelencia de la inteligencia y la conciencia crítica de la sociedad. Autonomía y silencio son incompatibles. Si la universidad goza de autonomía es para ejercerla y aprovechar su disfrute de libertad para opinar responsablemente. La universidad que guarda silencio ante la problemática nacional, menosprecia su autonomía. Sin el ejercicio proactivo de la autonomía se frustran buena parte de los fines más nobles de la universidad. Ya está superado el concepto de autonomía de defensa, como escudo protector, para dar paso al concepto de autonomía de presencia en la vida de la comunidad.
Y en cuanto a los sectores estudiantiles, salvo honrosas excepciones, en nada se parecen a las vibrantes generaciones de los años sesenta y setenta del siglo pasado. Pareciera que la indiferencia, la mediatización y el escepticismo se han apoderado de ellos. El autor es catedrático y jurista
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