El corazón ganadero

En la finca Esparta, de Carmen Sequeira, a 25 kilómetros de Acoyapa sobre la vía a San Carlos, la jornada de ordeño comienza en tinieblas. Todavía es de noche cuando Sequeira, mejor conocido como “don Carmito” en el pueblo, su esposa Elda Bravo y su nieto Silvio llegan a la propiedad en una camioneta de tina. Hace media hora que salieron del pueblo. Faltando un cuarto para las 5:00 de la mañana. A esa hora ya coincidían en las calles vacías unos cuantos hombres con ropa de ordeño: pantalones gastados, camisas ralas mangas largas, botas de hule —negras por lo general—, lámparas colgadas en el cinto, gorras o sombrero. Todos cargan algo: un mecate enrollado en el hombro, un balde, y arrastran aperos de ganadería.

 

 

 

Amalia Morales

 

En la finca Esparta, de Carmen Sequeira, a 25 kilómetros de Acoyapa sobre la vía a San Carlos, la jornada de ordeño comienza en tinieblas. Todavía es de noche cuando Sequeira, mejor conocido como “don Carmito” en el pueblo, su esposa Elda Bravo y su nieto Silvio llegan a la propiedad en una camioneta de tina. Hace media hora que salieron del pueblo. Faltando un cuarto para las 5:00 de la mañana. A esa hora ya coincidían en las calles vacías unos cuantos hombres con ropa de ordeño: pantalones gastados, camisas ralas mangas largas, botas de hule —negras por lo general—, lámparas colgadas en el cinto, gorras o sombrero. Todos cargan algo: un mecate enrollado en el hombro, un balde, y arrastran aperos de ganadería.

 

Casi a la misma hora, un par de cuadras más abajo, en el camino que lleva hasta el río Tapetate, los hermanos Noel y Denis Marenco se han ido “al prado” montados a yegua y a caballo, al filo de las 4:00. El ordeño es de madrugada.

 

Los focos del vehículo de Sequeira bañan de luz el camino que sube unos trescientos metros y acaba en una casa donde ladran las sombras de tres perros. Cuando el carro se estaciona los ladridos se encaminan hasta el par de vehículos que acaban de llegar. Como si llevaran miles de años solos los canes se abandonan a saludar y hacer gracias a sus dueños. Saltan, lamen y alzan las patas delanteras. Seguramente, también bailan las colas como péndulos locos de un reloj volteado. Doña Elda y su nieto Silvio los llaman por sus nombres mientras entran a la casa.

 

A esa hora, no se mira ni se oye mucho más. Parece que no hay más almas aquí, que Esparta es una finca solitaria, pero no. Hay por lo menos media docena de hombres dispersos por el establo, agachados, exprimiendo las ubres de decenas de vacas. El ordeño es una actividad táctil que no precisa de luz.

 

Corre un viento hosco. Da la impresión que cuando el Sol salga se verá un potrero, una llanura inmensa, una montaña más depilada por el hambre brutal del ganado.

 

CHONTALEÑIZACIÓN

 

Después de todo, este es territorio chontaleño, la región más deforestada del país, una de las zonas donde se ha practicado por siglos la ganadería extensiva.

 

La ganadería la empezaron los criollos y españoles que vivían al otro lado del lago Cocibolca, en Granada. Buscaban tierras para plantar sus fincas. Así dieron con lo que ahora es Boaco y Chontales.

 

“Los españoles nos enseñaron a criar ganado de una manera muy primitiva”, dice cada vez que se le toca el tema Salvador Montenegro, experto en agua y director del Centro para la Investigación de los Recursos Acuáticos (CIRA) de la UNAN.

 

No en balde en otras partes la palabra “chontaleñización” ha empezado a ser sinónimo de desertización o depredación de la montaña.

 

En municipios como Bluefields y aún en la zona del Triángulo Minero —Siuna, Rosita y Bonanza—, regiones del Caribe Norte y Sur se habla también del fenómeno de la “chontaleñización” como el proceso que ha implicado cortar el bosque, hacer potreros y poner vacas a tragar hierba.

 

Sin embargo, la ganadería sigue siendo uno de los pilares económicos del país. En muchos departamentos y municipios se vive de la ganadería. De acuerdo con el IV censo agropecuario de 2011 en el país existen 4,1 cabezas de ganado. Y las regiones autónomas del Caribe, RAAS y RAAN, encabezan la ganadería nacional. Chontales figura en tercer lugar. Economías pequeñas como la de Acoyapa, que cuenta con 25 mil habitantes en el casco urbano y rural, su principal sostén es la ganadería.

 

“Es el único eje económico que tenemos”, dice el alcalde Armando Chavarría quien no ha podido resolver el problema de agua potable que agobia a gran parte del poblado. En esa ciudad, que está 170 kilómetros de la capital, el agua llega una vez a la semana y a veces solo un par de horas. Chavarría recuerda que en la comuna tienen registro de unos 2,500 fierros, eso equivale a igual cantidad de propietarios de animales, no necesariamente a igual número de fincas, según explica Chavarría.

 

Cuando el verano da los primeras señales de sequía el pasto marchito se amarilla, los ganaderos acoyapinos, por necesidad, mueven el ganado a una zona más verde, donde todavía hay un poco de pasto.

 

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Noel Marenco recuerda que en su infancia cuando no había suficiente pasto para darle de comer a las vacas se echaba mano de las frutos del árbol de jícaro. “Eso es un buen alimento para el ganado pero hasta eso se ha acabado”, comenta Marenco, quien sobrevive de ordeñar y cuidar las vacas que heredó, él y sus hermanos, de su papá recién fallecido. Algunos productores como Carmen Sequeira están dispuestos a implementar prácticas más acordes con la naturaleza. En la finca de Sequeira se ha construido una pila donde funcionará un biodigestor en el que se producirá biogás aprovechando el estiércol del ganado vacuno y porcino. En ese mismo proyecto, que cuenta con el apoyo del Servicio Holandés de Cooperación (SNV), participarán 750 productores en todo el país. Sequeira, quien se ha estado capacitando espera obtener otros beneficios, además del biogás obtendrá abono orgánico.

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“En esta época, el ganado se mueve a la montaña”, dice Sequeira, quien anda vestido de botas y sombrero como si fuera para una hípica. Y la “montaña” en ese llano de piedras es San Miguelito y Morritos, municipios vecinos que pertenecen a Río San Juan. La montaña puede ser cerro rematado por un riachuelo o una planicie quebrada por un ojo de agua hasta donde son arreadas miles de silenciosas vacas con sus terneros.

 

Sequeira, hijo de Inocente Sequeira, un patriarca que procreó siete parejas mujeres y hombres —14 hijos—, y que dedicó su vida entera a la ganadería, dice que él mantiene a su ganado en Esparta, una propiedad con más de 500 manzanas de tierra que la vista no alcanza a abarcar y que está en la frontera del municipio, es una especie de frontera entre lo verde y lo seco. No las mueve de allí ni en los peores días del verano.

 

Ha aprendido a proveerlas de sal, pasto, minerales y vitaminas. Así logra mantenerlas a salvo y mantiene su nivel de producción lechera. “Porque uno tiene ganado con dos propósitos: el de leche y de carne”, aclara Sequeira, quien a los 7 u 8 años ya porteaba (abrir portones a los animales) y echaba terneros en el corral.

 

El verano pasado se recuerda como uno de los peores para esta actividad económica. “El ganado se puso delgado. Mucha gente perdió animales. Yo no. Fui bastante cuidadoso”, dice Sequeira mientras enseña a una vaca parda. “Es una suiza”, anota y luego explica que algunos de estos animales pesan fácil 500 y 600 kilos.

 

“No había agua. Se secó el pasto. Las vacas se echaban y no volvían a moverse hasta que se morían. Los finqueros no tenían más remedio que dejar morir a la cría también, porque con qué le iba a dar de comer. Fue un año horroroso. Hubo gente que perdió más de veinte animales. Y no hubo ninguna ayuda del Gobierno”, dice otro finquero de Acoyapa.

 

LA TRADICIÓN

 

Antes que caiga el resol, cuando los primeros rayos tratan como seda la piel, los hermanos Noel y Denis Marenco, volvieron del “prado” con el fruto del ordeño. Entre 12 y 16 galones de leche de una docena de vacas paridas. Estos hermanos son la cuarta generación de ganaderos de su familia. Primero fue el bisabuelo Óscar Marenco, un hombre alto y blanco, oriundo de Estelí. Pero fue el abuelo Abel, el que alternó oficio de maderero y ganadero y lo cultivó a punta de tajona, en cuatro de sus siete hijos varones.

 

“Tenía como 7 años me acuerdo, cuando me sentaba a esperar a que mi abuelo pasara en la madrugada. Él se paraba y me decía: si te subís a la bestia te vas conmigo, y yo como podía me subía y me iba con él. Me iba en short, una camisita vieja y botas de hule que me quedaban grandes”, cuenta Noel, un hombre de casi 38 años, quien no pasó de tercer grado. Noel estuvo 16 años en Costa Rica. Allá trabajó en fincas del vecino país y halló muchas diferencias respecto a las nacionales. “Hay grandes y pequeñas como aquí, pero hay más tecnificación allá. Aquí estamos atrasados”, comenta risueño este hombre que se trajo el acento tico.

 

ARCA DE NOÉ

 

“Charanga charanga charanga. Echame al ternero de la ‘Charanga’”, grita un ordeñador al adolescente que está porteando, y permite que entre uno por uno los terneros a libar la ubre de la vaca que lo parió.

 

El muchacho empuja la puerta de “golpe”, como les dicen a estos portones de tabla que se cierran con su propio peso. Un ternero que ha estado mugiendo al otro lado del portón metiendo la cabeza entre las tablas, corre desesperado y se pega a la teta de la “Charanga”. Da empellones a la ubre con sus labios vasculares. Antes de que trague mucha leche, el ordeñador lo agarra por el pescuezo y lo amarra al pecho de la vaca. Le queda poco margen de acción, pero el ternero lucha contra la presión del mecate. Con el cuello retorcido, clava sus ojos en el ordeñador que está sentado en un taburete de una sola pata. Sus dedos índice y pulgar trabajan como tenazas sobre los pezones del animal. Los jalas una y otra vez. La “Charanga” es generosa. De inmediato espraya leche sobre un balde que está puesto en las piernas del ordeñador.

 

“No, no se le saca sangre”, contesta Diego Bravo, otro ordeñador que repite el mismo procedimiento con otras vacas del establo. Hay un desfile de nombres en este potrero: Mariposa, Espejito y Espuma, Abeja. “Si lo dejás pegado, se bebe toda la leche”, dice Bravo sobre el ternero que se retuerce al pie de la vaca. Para ordeñar, explica Diego Bravo y Rolando Granados, hay que tener destreza con los dedos para no maltratar al animal, y fuerza para que la leche salga como un chorro. También aconsejan llevar las uñas cortas para no lastimar a la vaca.

 

Cuando amanece por completo, Esparta se revela como un arca de Noé. En la finca, además de vacas y costosos toros sementales en los que don Carmito ha invertido hasta seis mil dólares en ferias ganaderas, en la propiedad hay cerdos, venados, gallinas indias y guineas, gansos, caballos y una pareja de conejos que parecen peluches y son el encanto de Maritza, la nieta mimada de Carmito, de solo 9 años, quien llega con su papá, el yerno de don Carmen, a traer la leche del día.

 

PALMERA LLEGA AL FINAL

 

El ordeño se prolonga pasada las 6:00 de la mañana. “Palmera, Palmera, Palmera”, grita Diego, el ordeñador. “¡Muuu!” ha gritado un ternero blanco que ha estado desesperado, yendo de un lado a otro oyendo la palabra. La vaca Palmera está en otro sector de la propiedad.

 

Don Carmito dice que la producción lechera de ese municipio es de 35 mil litros. “Y en la época de invierno sube hasta 40 mil”, dice Carmito, quien después de supervisar el ordeño inspecciona la filtración de la leche que se cuela en unas telas. “Se trata de que la leche llegue al acopio lo más limpia posible”, aclara. Frente a él, un muchacho vuelve a repasar la leche por las telas. Poco a poco las pichingas metálicas se llenan y acomodan en el camión que maneja el yerno de don Carmen.

 

La leche no puede esperar mucho. En el establo quedan las vacas con sus terneros. El ternero de Palmera aprovecha y mama con intensidad. En el día que empieza tendrán chance para estar juntos. Después del ordeño, el ganado se saca a pastorear y a beber agua. Lentamente, cuando se alejen esa manada de vacas se verán como una mancha en ese potrero finito de Esparta.

 

35,000 litros de leche a diario produce un municipio como Acoyapa, Chontales, a 170 kilómetros de Managua. Esa producción de leche tiende a bajar en los meses de marzo, abril y hasta mediados de mayo. La mayor parte de la leche se vende a las plantas de Centrolac, Prolacsa y Eskimo. Pequeños productores venden la leche en el pueblo.

 

Después del ordeño, el ganado es arreado al potrero, allí pasará gran parte del día alimentándose. En esta época, el pasto se va secando, entonces los ganaderos alistan zacate especial.

 

 

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COMENTARIOS

  1. carlos
    Hace 12 años

    Respuesta a UN LECTOR … Y porque no haces una mejor vos ?

  2. Nica
    Hace 12 años

    Pero si eso es lo que se hace durante el ordeño descrito con las propias palabras de un nica o es q crees q con sacos y corbata van a ordeñar??…. Buena narrativa es como q estuviera en el sitio

  3. Un lector
    Hace 12 años

    Esto da verguenza, una ganaderia como en la edad de la piedra , sin carreteras ni higiene. La suciedad, la heces fecales, terneros atados a las patas de la vaca….que verguenza……..

  4. Respuesta a Carlos
    Hace 12 años

    Ese es el reto, Carlos, que en el futuro no muy lejano alguien (probablemente una gran empresa) con tecnología moderna va a acabar con todos estos pequeños agricultores. Eso es lo que está sucediendo en otras partes porque los pequeños agricultores no pueden competir. Más bien, sería mucho mejor encontrar alguna manera para ayudar a estos pequeños agricultores a modernizarse, de lo contrario, posiblemente, no van a sobrevivir.

  5. SINESPERANZADESALVARELPLANETA
    Hace 13 años

    Chontalización, deforestación, desertificación, despale y contaminacion de Bosawas, es lo que esta ocurriendo actualmente, con dueños de vacas no ganaderos sandinistas o liberales. La manada de depredadores del bosque que no pueden ver una montaña porque piensan en potrero de Retana o en 1 manzana de de maíz y fijoles, en otras palabra destruir la Biodiversidad Biologica es una obsecion por un monocultivo sea pasto, cafe o maiz.
    La ignorancia Destrucción del Medio Ambiente es Atrevida!

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