José Velázquez Escobar
Con la reciente vitoria del FMLN en El Salvador, dándole una minúscula ventaja a Salvador Sánchez Cerén de menos del medio por ciento, son cuatro los países en América Latina con gobiernos encabezados por líderes con pasado guerrillero o revolucionario. Lo llamativo de este panorama político no es tanto su pasado revolucionario, sino el haber conquistado el poder por la vía del voto y no por las armas.
Surge entonces la pregunta de si ese logro electoral fue resultado del reconocimiento de nombre y creación de una sólida base electoral durante sus actividades revolucionarias (siempre un poderoso seductor) o si simplemente confirma que para conquistar objetivos políticos o ideológicos el mejor camino sigue siendo el electoral.
A pesar del historial revolucionario de estos líderes, una vez alcanzado el poder suelen alterar su concepción de gobierno y eventualmente terminan aceptando mucho de los programas económicos y sociales contra los cuales lucharon al iniciar su lucha revolucionaria. Quizás en parte, como consecuencia de su formación profesional, surgen aquellos ex revolucionarios cuya visión de gobierno es honestamente orientada hacia un modelo de desarrollo económico y justicia social (no el perverso populismo). También florecen aquellos que bajo el mismo pretexto usan el poder como vehículo de enriquecimiento propio y el de sus más cercanos colaboradores.
En Uruguay, José (Pepe) Mujica, abogado, con un pasado de lucha revolucionaria —sin duda la más intensa y sufrida del grupo— baleado y torturado múltiples veces cuando era miembro del movimiento revolucionario Tupamaro, se ha convertido en el faro intelectual del auténtico y honesto revolucionario, cuyo interés por el poder es utilizarlo como facilitador hacia una sociedad más justa, con absoluto respeto al orden institucional y sin el menor deseo de enriquecimiento personal o permanencia en el poder, al punto de haber cedido el 90 por ciento de su sueldo para programas sociales.
En Brasil, Dilma Rousseff, economista, trabajó en el movimiento guerrillero conocido como Colina, fue presa, torturada y según algunas versiones, participó en la ejecución física de adversarios, llegó a la presidencia como resultado del incondicional apoyo de su predecesor Lula da Silva, enormemente popular en el momento de la elección presidencial del 2010. Con una errática política exterior (rechazó a legítimos cambios constitucionales en Honduras y Paraguay y ciega solidaridad con gobiernos claramente inconstitucionales y dictatoriales como el cubano y corruptos e ineptos como el venezolano), ha actuado sin embargo, con claro respeto a la institucionalidad y continuado el esquema económico iniciado por Fernando Henrique Cardozo. No se vislumbra la menor indicación de querer permanecer en el poder más allá de un posible segundo mandato.
En Nicaragua, Daniel Ortega, con precaria educación superior, pero de innegable e innata astucia política, logró por la vía electoral recuperar el poder en el 2006 en gran parte debido a la torpe división de la oposición. También con fuerte currículo revolucionario y guerrillero, es el único del grupo que ha alcanzado el poder por ambas vías, la armada y la electoral.
En la primera ocasión, encabezando un gobierno caótico de inspiración Castro comunista llevó a Nicaragua a un colapso económico de dañinas y perdurables consecuencias. En la segunda oportunidad logra el triunfo por la vía electoral y, aprendida la lección, adopta un modelo de gobierno sui generis, con discurso populista, pero de claro entendimiento con la empresa privada y de estricto cumplimento con los organismos internacionales de financiamiento. A diferencia de los anteriores, usa el poder como vehículo de enriquecimiento personal y de sus allegados, desintegra el orden institucional dominando todos los poderes y junto con su esposa, pretende mantenerse en el poder por tiempo indefinido. Queda por verse que camino o modelo Salvador Sánchez Cerén adoptará. Confiemos que por el bien de El Salvador, el modelo Mujica, como prometido, sea el adoptado. El autor fue cónsul de Nicaragua en Miami.