Por más de un mes, las calles de Venezuela se han convertido en campos de batalla en donde personas inconformes con el infierno socioeconómico que atraviesa el país se enfrentan al gobierno. El número de muertos en estos choques se acerca a 30 y los heridos a 300.
Algunos atribuyen estas protestas al asesinato de Mónica Spear, una ex Miss Venezuela, o a un intento de violar a una universitaria en San Cristóbal en febrero.
Estos pueden ser los detonantes de las manifestaciones. Pero considero que su causa fundamental es el socialismo del siglo XXI, un concepto que el desaparecido presidente Hugo Chávez mencionó por primera vez en un discurso en 2005 y que se convirtió en uno de los pilares de su programa de gobierno y el de su sucesor, Nicolás Maduro.
¿Qué es el socialismo del siglo XXI? ¿Es tan solo una consigna populista, o es una política pública con alguna carne?
En términos culinarios, es como un sancocho cuya receta incluye el socialismo tradicional con un rol protagónico del estado en la economía; un mal manejo de activos estatales; populismo que ha engendrado costosas distorsiones; un nacionalismo mal entendido que ha desestimulado la inversión extranjera; y el fomento de la lucha de clase salpicado con irresponsabilidad.
El socialismo remonta al siglo XIX y pretende mejorar el bienestar del máximo número de los miembros de una sociedad compartiendo los medios de producción y distribuyendo la producción equitativamente. Bajo el esquema socialista, el énfasis está en distribuir y no en producir. El socialismo desincentiva a los empresarios y al sector privado y teóricamente beneficia a los más pobres.
Suena bonito. Pero en el laboratorio de la experiencia humana ha fracasado. Fracasó en Alemania Oriental y Corea del Norte mientras prosperaban sus gemelos idénticos —Alemania Occidental y Corea del Sur— con sus economías de mercado. Y fracasó en la China Continental mientras practicaba el marxismo de Mao mientras se convirtió en una potencia económica China (Taiwán) con su modelo capitalista.
Ahora podemos sumar Venezuela a la larga lista de países en donde el socialismo ha sido destructivo no solo para la economía sino que para el tejido social. La gran paradoja es que en el caso de Venezuela, ha logrado llevar a la ruina a un país rico, nadando en las más extensas reservas del petróleo del mundo.
En cuanto al rol protagónico del Estado y el mal manejo de la economía, la experiencia de Venezuela desde 1999 — cuando el presidente Chávez asumió el poder— ha sido triste. Gracias a las “bondades” del socialismo del siglo XXI, Venezuela tiene una inflación de 60 por ciento, superada solo por la de Sudán del Sur, el país más nuevo del mundo.
Su población sufre escasez de todo, desde papel higiénico hasta alimentos básicos. Lo único que abunda son los apagones. Muchas de estas carencias se deben a la pésima administración de entidades del Estado, como las que han permitido que bienes perecederos se pudriesen en contenedores en los puertos. Las divisas también son escasas. La tasa oficial del mal denominado Bolívar Fuerte es 6.3 por dólar, pero la tasa de cambio en el mercado negro es 80 veces más alta.
El sector petrolero venezolano, la gallina que pone el “huevo de oro”, también ha sido golpeado fuertemente. La producción del oro negro ha caído de 3.2 millones de barriles por día (bpd) en 1998, el último año a.C. (antes de Chávez), a 2.3 millones de bpd en 2013. Esto representa un desplome de casi 30 por ciento. Entre los factores que han contribuido a este colapso están la expulsión de varias transnacionales, como EXXON Mobil, que cuentan con el “know how” para explotar las reservas petroleras en la cuenca del Orinoco, que son inmensas pero cuyo petróleo requiere de técnicas de extracción sofisticadas que PDVSA, la compañía estatal petrolera del país, no tiene.
A propósito de PDVSA, muchos de sus valiosos cuadros profesionales han abandonado al país mientras que PDVSA ha sufrido una reducción en su nivel de inversiones. Ambos factores contribuyeron a la trágica explosión en 2012 que dañó a la refinería de Amuay, la quinta más grande del mundo.
En cuanto a distorsiones populistas, una de las más dañinas es el irrisorio precio de cuatro centavos de dólar por galón que PDVSA cobra por la gasolina localmente. Como Venezuela no tiene la capacidad de refinar toda su demanda interna para derivados de petróleo, exporta crudo e importa gasolina, diésel y búnker. El precio de estos derivados es el internacional, y el subsidio estatal por ellos arroja una pérdida para el gobierno de aproximadamente US$$6.6 mil millones al año.
Como resultado de estos mal manejos e insostenibles subsidios, la deuda externa de Venezuela se ha disparado. A tan solo China Popular, Caracas le debe US$$40 mil millones. Venezolana también les debe a sus vecinos, como Brasil y Colombia, y US$$3.5 mil millones a las líneas aéreas que vuelan al país y US$$2 mil millones a las empresas de las zonas francas de Colón.
Podría continuar con el rosario de daños que el socialismo del siglo XXI ha causado, pero este ensayo se extendería demasiado. Cierro con dos últimos comentarios.
El primero es que durante la última década Venezuela ha sufrido un lamentable deterioro en su seguridad ciudadana, producto del colapso económico. El año pasado, 25,000 personas fueron asesinadas en el país y en lo que va de este año la violencia continúa. ¡Un venezolano es asesinado cada 21 minutos!
El segundo es que el Gobierno es irresponsable, en el sentido que no reconoce que las protestas callejeras son consecuencia de los errores que él ha cometido. Más bien, pretende atribuir las protestas a enemigos externos como “el Imperio” y Panamá, por un lado, e internamente a fascistas, oligarcas y la derecha. ¡No olvidemos que el fomentar la lucha de clase es parte de la receta del socialismo del siglo XXI! El autor fue embajador de Nicaragua en Estados Unidos y diputado. Como Canciller, firmó la Carta Democrática Interamericana en 2001.
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A