Orlando J. Icaza Gallard
En la ventana del bus, a través de su vidrio miraba las notas de Tchaikovski y en las interminables praderas con falta de verdor, oía los ecos de sus melodías. Atrás muy atrás casi dormidos por el calor, se miraban unos cuatro árboles cubiertos por la grama descuidada de cada parcela que cruzábamos. Mis ojos se encontraban con ríos casi secos y contaminados y de vez en cuando uno de los múltiples monumentos a héroes y mártires, causados por los nazis, pero nunca por el estalinismo.
Una que otra mujer de cara triste con su morralito en mano y su cabeza cubierta dejaba pasar al bus que brincaba y brincaba en una de las carreteras más deficientes que he visto después de las de Nicaragua. Y cuando alcanzábamos una villa, que se miraba aburrida, semiabandonada y por sobre todo triste, la vista se me nublaba de tanta pared sin pintar y de las múltiples ventanas cubiertas con tablas rayadas con garabatos rojos, negros e ininteligibles.
Y aunque oía a Tchaikovsky, quizás por la cercanía del pueblo donde había nacido, se me hacía difícil sentir a Tolstoi, a Pasternak o Dostoyevski; quienes se me alejaban como fantasmas que flotaban alrededor de tanta desolación.
Este es un país muerto —me dije a mí mismo—.
¿Quién habrá cometido semejante asesinato?
Es que las sociedades como los seres vivos pueden ser asesinados y esta para mí era una sociedad asesinada.
La describo como la vi y la sentí hace cinco años durante los ochocientos y pico de kilómetros entre sus dos más grandes ciudades St. Petersburgo, en proceso de resucitación y Moscú tratando de volver a ser lo que quizás fue.
En ambas ciudades busqué en vano una sonrisa y fuera de la jerga de jóvenes borrachos con botellas de vodka en sus manos ofreciéndome un trago, especialmente en el metro de Moscú, solo caras serias y sufridas, caminares pausados, medio agachados y miradas vagas al vacío como si estuviéramos en la tercera dimensión de seres no existentes que caminan por calles, sin olores, ni colores sin una nada. Pedro Páramo, Comala, me repetí varias veces.
Fueron esas odiadas iglesias ortodoxas que convierten ahora en centros de atracción turística más que religiosa, después de haberlas dejado caer o tenerlas de establos y caballerizas, las que pudieron darme un toque de que algo fue, de que algo existió en ese lugar. Uno que otro museo en castillos que fueron repudiados donde el arte saqueado por turbas bolcheviques ha ido regresando poco a poco como apenado de haber salido en nombre de los (pero no para) los pobres y que ha tenido que regresar para los ricos por muy equivocados que estos hayan parecido estar en 75 años de desastre revolucionario.
Es que Rusia estaba muerta y la caída del muro de Berlín fue como una inyección que ha intentado revivirla.
Pasar de Finlandia a Rusia es como apagar una luz y de Rusia a Lituania es como volverla a encender.
Cinco veces fuimos bajados del bus entre la frontera de Finlandia y St. Petersburgo y escrutados por caras de mujeres grotescas, olidos por perros conducidos por soldados gigantescos y groseros, cinco veces sin poder ir a un sanitario sin que los malos olores y la suciedad no te provocaran náuseas.
Fue como haber vivido una noche oscura que me hizo revivir los recuerdos de mi Nicaragua en los años ochenta.
No basta leer a Charles Dickens en su Historia de dos Ciudades o a Boris Pasternak en el Doctor Zhivago para realizar que despertar el odio de las masas para hacerse rico o famoso es uno de los crímenes de lesa humanidad más repugnantes del siglo pasado.
Hay que palparlo para creerlo. Así como Tomás, metí mis dedos en las llagas y vi que era el mismo Cristo resucitado. Antes hubiera quedado en el recuerdo de mis libros leídos o en el recuerdo de una revolución perdida en la América Central.
Pero, no me lo crean por favor. Vayan ustedes mismos a meter su dedo y sentirán las llagas, la sangre y el dolor de un muerto que no puede quejarse porque hasta eso le quitó la revolución, la palabra para decir me duele y cuando la palabra se pierde, todo deja de existir.
Que no se repita por favor esa demencia porque no hay otra forma de llamarla. No creo que en Nicaragua existan seres viles para crearla de nuevo. Cuidado pues cuidado dícense revolucionarios del siglo XXI.
El autor es médico y cirujano.