Adolfo Acevedo Vogl (*)
Un alto grado de cohesión social ha permitido a países que lograran transitar desde el ingreso medio hacia niveles superiores de desarrollo. Un modo indirecto de medir la cohesión social es a través del Coeficiente de Gini, que mide el grado de concentración de los ingresos en una economía. Un valor más bajo en el índice de Gini refleja una menor concentración y, por lo tanto, una distribución más equitativa de ingresos y oportunidades.
Ello normalmente tiene como consecuencia mayor cohesión social, que a su vez induce mayor sentido de inclusión y confianza y menor conflictividad social, y ha estado asociado con mayor calidad institucional, condiciones necesarias para obtener el consenso que permita emprender un esfuerzo de desarrollo de largo aliento.
Para los países de América Latina la conclusión es obvia: la desigualdad de ingresos en América Latina es sustancialmente mayor que la del resto de regiones del planeta.
Más allá del patrón histórico de desigualdad que ha sido característico de América Latina, existen algunos factores fundamentales que reproducen y perpetúan esta mala distribución.
Un factor clave es el desigual ingreso que obtienen las personas a través de su trabajo, lo que a su vez guarda una estrecha relación con las desigualdades en la calidad de la educación y en la calidad del empleo a que tienen acceso los individuos provenientes de hogares de menores ingresos.
Las personas que se incorporan al mercado de trabajo en los hogares de menores ingresos encuentran ocupación principalmente en empleos precarios de baja productividad y de muy baja remuneración, equivalentes en muchos casos al subempleo.
Esto obedece en gran medida a las dificultades en acceder a empleos de mayor productividad, debido al escaso capital educativo que logran acumular las personas de los hogares pobres, y a que la imperiosa necesidad de obtener o complementar ingresos los lleva a crear sus propios empleos o aceptar todo tipo de empleos precarios.
Por lo demás, para las personas jóvenes y las mujeres que trabajan en estos hogares la tasa de desempleo y subempleo tiende a ser comparativamente mayor que el promedio.
De esta manera los empleos precarios, el subempleo y los bajos ingresos laborales, en conjunto con todavía altas tasas de dependencia y menores tasas de participación laboral de las mujeres, implican ingresos per cápita del hogar extremadamente reducidos.
Otro factor fundamental es el rol de la política pública, la que puede afectar directamente la distribución de ingresos mediante el sistema tributario, y de forma indirecta mediante la inversión pública en capital humano y en otros ámbitos que afectan la formación de capacidades y destrezas de las personas y que pueden asegurar una mayor igualdad de oportunidades.
Estos factores se refuerzan para hacer entendible el magro resultado en la reducción de la desigualdad de ingresos en América Latina. La lección a extraer debería consistir en desarrollar una agenda que incorpore de manera integrada estos ejes y que comprenda sus complementariedades.
Ese enfoque integrado es el que puede tener un efecto poderoso en una mayor estabilidad política, cohesión social y en la sostenibilidad de las tasas de crecimiento económico.
En efecto, la baja desigualdad en las economías avanzadas no se debe estrictamente a que esos países muestren un bajo Gini en la distribución primaria de los ingresos de mercado; responde más bien, en una gran medida, a una política de provisión universal de educación, salud y protección social de alta calidad que se complementan con un sistema tributario progresivo.
El resultado final es un Gini muy bajo en comparación a los países de América Latina.
(*) Economista
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