Jeniffer Castillo Bermúdez
Antes de empezar las clases, los estudiantes se quitan los zapatos para entrar a las aulas de pisos pulcros, sin paredes y sin pupitres en fila. Esas aulas tampoco están pintadas de azul y blanco como en las escuelas convencionales y los maestros no utilizan las pizarras, ni dictan lecciones, sino que pasan toda la mañana o tarde jugando con sus alumnos.
“La Montañita”, como le llaman los vecinos de Nueva Guinea a la Escuela Montessori Jan Amos Comenius, está llena de árboles y el frescor invade las particulares aulas de clases durante toda la mañana.
Ahí los 313 alumnos de preescolar, primaria y secundaria aprenden jugando, descubriendo y tomando en cuenta el enfoque agroforestal de la zona, dice la directora Elba Rivera.
Antes de iniciar la jornada escolar, la profesora Ligia Elena Díaz, de quinto grado, sienta a sus alumnos en círculo y empieza la “exploración de conocimientos”.
Ya son las 7:30 de la mañana y sus estudiantes comienzan a pasar rápidamente la cajita con preguntas sobre los temas abordados la semana anterior, la profesora suena su lápiz en la silla simulando el sonido del reloj cuando marca los segundos, pero ya se detuvo y a Marifer Sevilla le toca responder cuánto es 330 menos 206.
Mientras ella hace las cuentas para responder la pregunta que sacó de la cajita, los 25 alumnos de tercer grado están atentos al experimento que hace su profesora, Damaris Torres, para explicar la unidad acerca del método científico.
“Nosotros somos científicos, somos observadores y luego tenemos que experimentar”, les dice mientras elabora plastilina con harina, aceite y vinagre blanco.
Sus alumnos están inquietos. Quieren empezar el experimento, pero ella les dice que antes se reunirán en grupo y responderán qué observaron. Inmediatamente los alumnos se enrrollan en el piso, otros se quedan en las sillas y otros se acomodan al borde del pequeño muro que delimita el espacio de su aula de clases y empiezan a cumplir con la asignación hecha por la docente.
APRENDEN MÁS ALLÁ DE LAS AULAS
“Aquí las aulas son abiertas para que el alumno se sienta en casa. Los zapatos se los quitan para que al sentarse en el piso no se ensucien el uniforme. Ellos pueden trabajar donde sea porque nuestras clases no siempre son dentro del salón. Salen al patio para reunirse en grupos debajo de los árboles. Para aprender de algunos temas los llevamos a instituciones o al campo y aquí en la escuela ellos cuidan su huerto escolar”, asegura Eduardo Suazo, docente de quinto grado.
Aquí los docentes “somos facilitadores que ayudamos a que los niños aprendan, creen sus propios conocimientos y sean curiosos. Ellos preguntan mucho y lo que hacemos es que antes de impartir la clase le dejamos un adelanto para que el niño lea en su casa sobre los temas y cuando llegue al salón, la clase sea un debate”, explica la profesora Lilliam Picado Amador, de sexto grado.
Hoy sus alumnos recibirán Matemática y Geografía. Ahí las clases no duran 45 minutos, como manda el currículo del Ministerio de Educación, sino que “es por bloque”. “Los alumnos reciben dos clases distintas cada día y ellos deciden por cuál quieren empezar. Nosotros cumplimos con los programas del Ministerio, pero lo que cambiamos es la metodología tradicional por una más flexible, dinámica y con la que el estudiante pueda aprender creando sus propios conocimientos”, explica Danny Rivera, profesor de primer año.
La metodología desarrollada en “La Montañita” se basa en tres modelos pedagógicos: el de María Montessori, Paulo Freile y la Pedagogía Freinet, que juntos consisten en garantizar una “educación con el trabajo” o “aprender haciendo y fuera del aula”.
“Nosotros hemos tratado de hacer una combinación de la metodología de estos tres pedagogos y la situación de nuestra zona. Lo importante es que sea lo más práctico y adaptable al entorno del estudiante, pero pensando en que todo el aprendizaje sea formativo y de calidad. Para nosotros, el protagonista es el estudiante y el docente es un facilitador”, dice la directora Rivera.
EVALÚAN SUS CONOCIMIENTOS
Esta escuela, que recibió a sus primeros alumnos en el 2002, ya graduó su primera generación de bachilleres en 2009.
Aquí a los alumnos les enseñan a planchar, cocinar y, entre otras cosas, a producir la tierra, sin diferencia de género. Incluso, dice el estudiante Darwin Blandón, les enseñan a “arar la tierra, a elaborar abonos orgánicos y a ordeñar vacas”.
Ellos son evaluados de forma cualitativa, es decir que “nosotros tratamos de evaluarlos individualmente, y por cada conocimiento que el estudiante va adquiriendo hacemos pruebas, pero no las calificamos, sino que lo hacemos para monitorear cómo va el estudiante. No queremos castigar al estudiante por medio de notas porque uno es un ser completo y nuestra metodología busca que el niño se forme integralmente, que desarrolle competencias y habilidades para la vida y eso no se puede evaluar con puntos”, dice Rivera.
EL COMPROMISO DE LOS PADRES
A esta escuela va Lorena Oporta Obando, estudiante de segundo grado. Ella, por las mañanas, va a clases y por las tardes enseña a leer y escribir a su mamá Socorro Cadrana Obando.
Cadrana no sabe escribir su nombre. Nunca fue a la escuela porque, dice, su papá “nos decía que la escuela no servía para nada”. Por eso, ella se levantaba todos los días a las 4:00 de mañana, se alistaba, afilaba su machete y se iba a las fincas de El Coral para rozar los montes. Así se ganaba el dinero que luego entregaba a sus papá.
Pese a que Cadrana creció con esta idea, ella hace el esfuerzo para llevar a su hija y asista a la escuela. Trabaja como doméstica y gana dos mil córdobas al mes. Con eso mantiene a dos de cuatro hijos que tiene a cargo.
“Mi niña ha aprendido mucho, ella estudia bastante, le gusta venir a la escuela porque le enseñan manualidades y otras cosas que son útiles para ella como querer a los árboles, cuidarlos, sembrar, cocinar y ella por eso casi no falta a clases”, dice Cadrana.
Los padres de familia se reúnen en la escuela una vez al mes. Sin embargo, cuando el docente considera conveniente citar a los padres para resolver algún problema escolar, los convoca hasta dos veces al mes.
Al salir de clases, a eso de las 5:00 de la tarde, en “La Montañita” solo se escuchan los pájaros que tienen sus nidos en los árboles del colegio, y el frío invade las aulas limpias y ordenadas que a la mañana siguiente recibirán a todos los estudiantes, porque ahí —dice la profesora Ligia Díaz— “casi no hay inasistencia”.
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