Sergio Ramírez (Masatepe-Nicaragua, 1942) despunta en el discurso novelesco hacia el año 1970, cuando publica Tiempo de fulgor, una novela basada en el esplendor y el sufrimiento de una familia de León (Occidente) la cual está acogida bajo la sombra de las costumbres pueblerinas y la misma arquitectura de esta ciudad.
Conocida su trayectoria como estudiante de Derecho en la Universidad de León, y líder de un movimiento literario junto a Fernando Gordillo, allá a inicios de 1960, no es de extrañarse que Ramírez depositara su interés de escritor y recurriera a León como uno de sus principales personajes en su discurso novelesco.
TIEMPO DE FULGOR
Los acontecimientos históricos y sociales que se cuentan en las obras de Ramírez han dado un vuelco impresionante por la manera en que el escritor los aborda.
Ya la ciudad de León entra en el referente de la literatura, despojando con ello el espacio acostumbrado que utilizaban los escritores del boom de la literatura hispanoamericana para situar a los suyos.
Ramírez recurre a León con mucho conocimiento de él y nos lo proyecta con sus vicios y virtudes, cargándolo de tanto realismo que solo quien ha vivido en la ciudad sabe que es así. Y a quien lee y se traslada a ese León de sus novelas le encantaría estar allí.
En este libro, Sergio Ramírez nos relata dos historias en dos épocas diferentes. La primera cuando retorna a su tierra el poeta Rubén Darío, 15 años después, y es recibido por sus coterráneos con todo tipo de discursos porque ha dado a conocer al mundo que en el punto casi invisible en el centro de América hay una tierra pequeña pero soberbia: Nicaragua.
Y la segunda, casi cincuenta años después, la muerte de Anastasio Somoza por Rigoberto López Pérez.
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Ese León sufre los acontecimientos y las más duras pruebas que pasan sus personajes, sin ser colocados, en ningún instante, como marionetas encima de una tarima.
LEÓN NUNCA PERMUTA
León se emociona, divaga, ríe y colapsa por erupciones volcánicas, le “llueven sapos y culebras”, es invadida de mosquitos anofeles, y por ella deambulan perros cholencos, sarnosos que son envenenados; pero León nunca permuta, es el mismo León de siempre.
Es ahí donde esta ciudad entra al plano de la ficción y se estremece con la muerte de un tirano, se solaza y desborda con el arribo glorioso (quince años después) del mejor de sus hijos, y también se impacienta y convulsiona entre el tiroteo y la revoluta de la Guardia Nacional con la muerte de Somoza a manos de Rigoberto López Pérez.
CASTIGO DIVINO
Gracias a Sergio Ramírez tenemos a un León real y a la vez mítico, inmortalizado en Castigo divino (1988). Con esta novela se da una ruptura y un nuevo giro en la forma de presentar el escenario. Ya lo había hecho en 1970 en Tiempo de fulgor, pero en esta Ramírez describe a la ciudad no como un remedo de la que existe, sino que la retrata; irrumpiendo de esta manera en la narrativa realista y contemporánea de nuestras letras.
El espacio novelístico nos lleva a los albores del siglo XX con sus coyunturas políticas y su incipiente modernismo tecnológico, pero a la vez con un cargado y ridículo conservadurismo provinciano.
Castigo divino muestra, por lo tanto a un León más terreno que etéreo, y lo ubica en un tiempo y en un espacio caótico para la historia de Nicaragua.
La dinastía de los Somoza empezaba a tomar fuerza en los años 1928/1933, que es el tiempo donde suceden los hechos del envenenador Oliverio Castañeda relatados en esta novela, ingeniosa por la forma en que es tratada, por su misma estructura, demostrando a la vez su autor un dominio de técnicas narrativas, donde la polifonía misma resulta interesante para caracterizar a dicho escenario, pues León paga como Cristo pagó por los pecados de la humanidad, el pecado de sus personajes. León siente y se resiente.
LEÓN VIEJO SEPULTADO
La peor parte la sobrevive León cuando al parecer un apocalíptico acontecimiento amenaza con sepultarla entre las cenizas de un furioso volcán. Hacia finales del siglo XVI, León Viejo, ubicado a pocos kilómetros de la actual ciudad, estaba siendo sepultado por las constantes erupciones volcánicas del Momotombo.
El traslado de sus habitantes a un nuevo territorio, con mejores condiciones y teniendo de vecina a la comunidad indígena Sutiaba, hacia el año 1610, y la segunda, la escatológica. Relacionada en la creencia que Dios enviaba un castigo a los ciudadanos por haber dado muerte a su siervo el obispo fray Antonio Valdivieso, extinto por la codicia de los hermanos Contreras, nietos de Pedrarias Dávila.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B


