Álvaro Taboada
Entre los triunfos mediáticos del marxismo-leninismo hay uno que causa intriga: Haber logrado que muchos demócratas califiquen los peores crímenes del comunismo con el nombre de otra ideología autoritaria, rival, y (afortunadamente) sin oportunidades reales de resurgir en grande: El Fascismo. Tal uso del lenguaje maquilla un poco los horrores y el fracaso histórico leninista, evidenciado hoy (para abundar), por la adopción de la economía de mercado en China “comunista”, y por los resultados de dinastías estalinistas como las de Norcorea y Cuba.
Ambas ideologías (comunismo y fascismo) encarnaron lo peor del siglo XX: las revoluciones radicales y las revoluciones conservadoras extremistas. Las dos compartieron (no obstante su mutua aversión), similitudes en el terreno operativo para aplastar con terror al individuo, la libertad y el derecho. Además ambos sistemas construyeron abyectos cultos a la personalidad de déspotas. Lenin y Stalin, y pocos años después Mussolini y Hitler, (cuyo régimen fue expresión extrema y racista del fascismo), subordinaron el Estado al partido, aunque para el fascismo el Estado era la creación suprema del hombre. Aquí conviene reiterar algo bien sabido. Hitler utilizó un método empleado hoy por los caciques neosocialistas del siglo XXI iberoamericano: La corrupción y manipulación “democrática” de las instituciones.
Decía el más completo biógrafo de Hitler, Allan Bullock: “La insistencia (de Hitler) en preservar las formas de legalidad en la batalla por el poder reveló una brillante comprensión del camino para desarmar a la oposición. Igualmente, su conocimiento de las debilidades del alto mando le permitió socavar la independencia del Ejército alemán”. Hasta allí la similitud en ese terreno: los neosocialistas veneran a Lenin, sueñan con el estalinismo castrista, no con la dictadura fascista, no obstante algunas maniobras superficialmente corporativistas.
Evidentemente, la citada labor de socavamiento institucional-militar es más fácil para “nuestros” neoestalinistas: Sus ejércitos carecen del largo y brillante historial de los ejércitos europeos en la defensa (espuria o legítima) de sus países. Por el contrario, con raíces torcidas, productos de guerras civiles, varios ejércitos tropicales nacieron para servir a partidos y caudillos, no a la soberanía patria que “defendieron” y “defienden”.
La instrumentalización del Ejército por el fascismo ocurrió tras la del Ejército rojo. La virtual eliminación de las SA en una pugna intranazista (“la noche de los cuchillos largos”, ordenada por Hitler y Himmler), empequeñece ante la precedente purga del Ejército soviético por orden de Stalin, quien asesinó a muchos jefes militares, entre ellos al famoso general Tukachevsky. A la Gestapo la precedieron la Cheka y la NKVD soviéticas y a Heidrich lo antecedió Lunacharsky. Con cien millones de muertos, el comunismo obtuvo las palmas en aquella competencia por el máximo horror entre instituciones sembradoras del terror, controladas por el partido. (Como lo fue en Nicaragua el Ministerio del Interior sandinista, 1979-1990, de don Tomás Borge).
Si el socialismo del siglo XXI, destructor de Venezuela, entronizó el degradante culto a la personalidad, propio de Stalin, Mao, los Kim, o los Castro; si destruyen la libertad de expresión con estratagemas “legales”; si el partido subordinó al Estado y al Ejército; si se identifican (especialmente en Venezuela) con el desastroso socialismo castrista: ¿Por qué llamar “fascistas” a los Maduros y compañía, asesinos de estudiantes y apaleadores de manifestantes pacíficos, cuando el fascismo murió, mientras el estalinismo es un zombie amenazante con sus caudillos “social-veinteiunistas”? Su nombre es estalinismo. Es el término que define la naturaleza del sistema que amenaza a varios países iberoamericanos. El autor es Dr. (PhD) En Relaciones Internacionales.