Adolfo Acevedo Vogl (*)
En Corea del Sur la población en edades productivas se incrementó del 52 por ciento de la población en 1963 al 68 por ciento en 1995, principalmente a causa de la incorporación anual de grandes contingentes de jóvenes. Este periodo corresponde al pleno despliegue del “bono demográfico”.
Al inicio de esta fase Corea del Sur era bastante más pobre que Nicaragua y emergía de la guerra de las Corea con gran parte de su aparato productivo devastado. En ese entonces un 64 por ciento de la fuerza de trabajo estaba ocupada en una agricultura de muy baja productividad.
Tres décadas después, cuando el bono demográfico había madurado, el ingreso real por habitante de Corea del Sur era ya 11 veces superior al de 1963 y nueve veces superior al de Nicaragua.
Este logro fue posible porque la economía creció a una tasa promedio anual del 8.6 por ciento. Estos ritmos de crecimiento se explican por la combinación de altas tasas de crecimiento de la fuerza de trabajo ocupada (tres por ciento anual) y de la productividad de dicha fuerza de trabajo (5.6 por ciento anual).
Este fue un periodo de rápida industrialización y transformación estructural de la economía a través de la implantación de nuevas actividades de mayor complejidad tecnológica, rendimientos crecientes y elevada densidad de encadenamientos.
Como resultado, la participación de la agricultura en el empleo se redujo desde un 64 por ciento en 1963 hasta el 12.7 por ciento en 1995, mientras el porcentaje de trabajadores ocupados en la industria y los servicios modernos se incrementó desde un 13 por ciento en 1963 hasta casi el 40 por ciento en 1995.
En términos absolutos el empleo agrícola se redujo en 2.3 millones de personas —aunque la productividad del trabajo agrícola se multiplicó por cinco— mientras el empleo en la industria y los servicios modernos aumentó en ocho millones, con la productividad del trabajo en la industria multiplicándose por siete.
El secreto detrás del rápido incremento en la productividad lo constituyó el acelerado cambio en la estructura de la economía mediante la constante diversificación hacia actividades que generaban gran cantidad de empleos de una productividad cada vez más elevada —y de cada vez mayor remuneración—, particularmente en la industria y los servicios modernos, para la población que alcanzaba las edades productivas.
Otra clave fundamental estuvo representada por la continua mejora de los conocimientos y destrezas de la fuerza de trabajo, que la habilitaron para poder responder a las exigencias que conllevaban estos empleos.
La ampliación de la base de conocimientos alcanzada a través de la educación formal ha sido la más rápida en el mundo. Se logró la educación primaria universal en 1960 la enseñanza secundaria universal en 1985 y la superior a mediados de los 90. Como resultado la participación de la población con educación secundaria superior en el grupo de 25 a 34 años de edad es el más alto del mundo.
El gobierno coreano también priorizó la educación técnica y profesional: casi 40 por ciento de los graduados de secundaria proviene de una escuela vocacional o técnica.
También se incrementó el número de trabajadores formados por las empresas desde 100 mil en 1970 a más de dos millones a mediados de 2000, mediante un sistema de formación profesional que establece la obligación para las grandes empresas de formar y entrenar a su fuerza de trabajo.
Coordinar la transformación de la estructura productiva con el desarrollo de los conocimientos, capacidades y destrezas de los recursos humanos no es una tarea sencilla; pero ignorar este desafío implica permanecer en una trampa de baja productividad e ingresos, sin superar jamás la “ventaja comparativa” basada en mano de obra barata.
(*) Economista
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