Operadores políticos del régimen orteguista elogiaron las elecciones que se realizaron el domingo pasado en Costa Rica y El Salvador, destacando entre otras cosas su ejemplar limpieza y transparencia.
Es sin duda un caso extremo o típico de cinismo político, que quienes han impuesto en Nicaragua el sistema electoral más ventajista, fraudulento y corrupto que ha habido en la historia nacional —peor que el somocista—, alaben el impecable sistema electoral de los dos países centroamericanos antes mencionados, los cuales van ahora a una segunda vuelta, el 9 de marzo próximo en El Salvador y el 6 de abril en Costa Rica.
Precisamente lo único que los orteguistas dicen objetar de los sistemas electorales de Costa Rica y El Salvador, es el balotaje, o sea la necesaria segunda ronda entre los candidatos del primero y segundo lugar, cuando en la primera vuelta nadie alcanza la mayoría calificada, que en El Salvador es la mitad más uno y en Costa Rica más del cuarenta por ciento de los sufragios válidos.
El balotaje se originó en Francia, a mediados del siglo XIX, durante el régimen de Napoleón III y fue reactivado a mediados del siglo XX, bajo el gobierno del general Charles de Gaulle. La razón y propósito de este sistema electoral, es que quien sea elegido presidente tenga el respaldo de más de la mitad de los ciudadanos electores, pues de esta manera, al representar siempre y de manera comprobada a la mayoría de la población votante, el gobierno tendrá más fortaleza y mayor legitimidad.
En las Américas y el Caribe, hasta la contrarreforma constitucional orteguista aprobada en enero recién pasado (la cual borró de la Constitución el requisito básico de la mayoría calificada para la elección presidencial), 14 países tenían el sistema de balotaje. Ahora son 13. Inclusive en la Cuba comunista, donde no hay elecciones libres y competitivas sino simulacros electorales, cada cinco años, para “elegir” a los diputados de la denominada Asamblea del Poder Popular, la que a su vez “elige” a las máximas autoridades del país, los candidatos en cada circunscripción deben obtener más del cincuenta por ciento de los votos. Y si nadie consigue esa mayoría absoluta, los que quedan en el primero y segundo lugar se tienen que medir en una segunda ronda de votación.
El pretexto del orteguismo para abolir el balotaje en Nicaragua es que las elecciones presidenciales en dos vueltas resultan muy caras para el país. Pero este es un argumento falaz y mezquino, viniendo de quienes despilfarran los recursos del Estado en usos superfluos, incluyendo una costosa y embrutecedora propaganda masiva para tratar de endiosar a un caudillo mesiánico.
Otras cosa es que el sistema electoral de dos vueltas pueda ser objetado por razones políticas válidas, dignas de ser consideradas. Además, la elección presidencial por mayoría simple, en una sola votación, existe en la mayor parte de los países americanos y en principio es tan democrática como la que requiere mayoría calificada y segunda vuelta. Lo esencial en todo caso es que las elecciones sean competitivas, justas y limpias, como las que se realizan en Costa Rica y El Salvador pero en Nicaragua fueron abolidas por la dictadura orteguista.
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