Son muy pocas las personas que salen a la calle a protestar contra las muchas anormalidades que ocurren en la vida pública de Nicaragua.
Algunas veces, los piquetes de ciudadanos de ambos sexos son para repudiar la contrarreforma constitucional de Daniel Ortega; otras para rechazar la reforma del Código Militar que hace retroceder al Ejército a los tiempos de su alineamiento partidista; o para conmemorar un acontecimiento histórico; o en solidaridad con grupos sociales excluidos, como los ancianos que reclaman una pensión del seguro social; o por arbitrariedades como las tarjetas electrónicas para el pago del transporte urbano colectivo.
Son personas valientes y admirables, sin duda, pero aún así hay quienes se burlan de ellas porque son muy pocas. Y de ellas se burlan no solo partidarios del régimen orteguista, lo cual es comprensible, sino que también lo hacen personas que se dicen opositoras o son opinantes críticos en los medios de comunicación independientes.
Algunos creen y dicen que solo negociando y entendiéndose con el Gobierno se puede obtener concesiones y defender los propios intereses. Alegan que con la lucha callejera nada se consigue, como no sea empeorar la situación. Sostienen que el régimen se cierra cuando se le reta en la calle, se vuelve intransigente e incluso puede reaccionar con violencia, como de hecho ya ha ocurrido en algunos casos incluso con resultados mortales, como sucedió en El Carrizo, Ciudad Darío y Chichigalpa.
Otros ciudadanos, opositores declarados, rechazan las débiles manifestaciones de lucha cívica en la calle, porque dicen que eso es perder el tiempo y lo único que vale es la confrontación armada. Creen que la dictadura de Ortega ha cerrado todas las posibilidades de lucha pacífica para reconquistar la democracia y que solo queda el recurso de la lucha armada, como lo hiciera el Frente Sandinista contra la dictadura somocista de derecha y como lo hizo también la Resistencia Nicaragüense contra la dictadura sandinista de izquierda, en los años ochenta.
Pero quienes piensan de esa manera cometen un grave error. No solo porque en las actuales circunstancias internacionales no hay nadie que pudiera respaldar una nueva lucha armada en Nicaragua, como fueron apoyados con dinero y armas el FSLN en su rebelión contra el somocismo y la Resistencia en la guerra que libró contra los sandinistas. Es que la guerra y la violencia en cualquiera de sus formas, causan mucho sufrimiento humano, destrucción material y retroceso económico y social. Las luchas armadas producen heridas que nunca se cierran y secuelas que tardan muchísimo tiempo en desaparecer. Y además casi nunca conducen a sustituir la dictadura con la democracia, sino que la reemplazan con otra dictadura muchas veces peor que la derrocada.
La verdad es que las posibilidades de la lucha cívica y la resistencia pacífica nunca se extinguen, siempre existen o se pueden y se deben crear mediante el esfuerzo paciente y sistemático, incluso en las peores dictaduras como lo demuestra la experiencia histórica. Desde esta perspectiva, a los por ahora pocos pero admirables ciudadanos que se manifiestan en la calle contra la dictadura orteguista, hay que verlos como el germen de las grandes multitudes que en su momento se movilizarán para reconquistar la democracia en Nicaragua.
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