Javier Álvarez A.
Las reformas constitucionales son un buen contexto para reflexionar con aquellos nicaragüenses que por una u otra razón justifican las políticas gubernamentales. Me refiero a miembros del FSLN, del Cosep, algunos políticos y religiosos, pero sobre todo al ciudadano común, hombres y mujeres del pueblo que sienten de corazón que Daniel es lo mejor que puede pasarle a Nicaragua.
Reconozco que más allá de gustos personales, la política social del gobierno resumida en “Yo vivo bonito” es colorida, atractiva y estimulante para amplios sectores sociales, tradicionalmente olvidados por gobiernos y partidos políticos. Aunque la mayoría no disfrute de los parques infantiles, de las iluminadas y frondosas “avenidas principales” o las costosas y bien organizadas actividades musicales, deportivas, etc., estoy seguro que las avalan e interpretan como una buena intención del Gobierno para llevar el “vivir bonito” al pueblo. Personalmente considero que estas campañas tienen valor emocional y humano.
Anticipando la reacción de una mente danielista, también reconozco que la política social no solo se sustenta en arreglos decorativos, existen además claros mensajes de preocupación por el bienestar del pueblo. Plan Techo, mejoras al Seguro Social y cualquier otra medida que el gobierno alegue en su beneficio la puedo reconocer al menos bien intencionada, independiente de su efecto cortoplacista. En fin, acepto que el FSLN tiene más sensibilidad social y es más consecuente que la mayoría de gobiernos de otros partidos mostraron en el ejercicio del poder.
¿Es suficiente para otorgar cheque en blanco a Daniel? Claro que no y veamos por qué. La actual política social del gobierno tiene sus raíces en la ideología revolucionaria de Ortega en su juventud. Se sustentaba en luchar contra la pobreza y democratizar la sociedad con oportunidad para todos. Con este objetivo se luchaba, se sufría y sacrificaron vidas heroicas. Para lograr este ideal, primero debía conquistarse el poder político, entendiendo este como un medio para conseguir luego el fin último: llevar bienestar y desarrollo al pueblo en general.
Cuando Daniel perdió las elecciones frente a doña Violeta, sufrió un proceso en el que poco a poco invirtió el orden de sus ideales y valores democráticos. Continuó valorando la importancia del beneficio social, sin embargo, esto ya no era lo más importante ni el fin último, este cimero lugar lo ocuparía el deseo de retomar el poder. Incendió, destruyó, obstaculizó en perjuicio directo de los pobres y pactó con el mismo diablo hasta conseguirlo, para luego concluir que lo más importante era sostenerse en el poder, claramente expuesto por su vocero Tomás Borge (q.e.p.d.) “cualquier costo es menos importante que el costo de perder el poder”.
De lo anterior se deriva una ecuación sociopolítica fundamental para nuestro futuro como nación: ¿cuál es el fin último? 1.-El poder político es un medio para alcanzar el objetivo que es el bienestar social o 2.-El bienestar social es un instrumento para retener el poder político a cualquier costo. A mis amigos, familiares y compañeros danielistas de antemano les advierto que no existe un término medio, pues tarde o temprano una de ellas prevalecerá en detrimento de la otra.
Un sistema social basado en la ecuación que el fin último es la retención permanente del poder político, inculca inevitablemente en el corazón del pueblo el sentimiento de pertenecer a uno de dos grupos: dominados y dominantes. La sociedad será una caldera de presión sin las válvulas de escape que un sistema democrático facilita a las necesidades sociales de oportunidad política para todos. Más allá de beneficios sociales, tarde o temprano un grupo se sentirá humillado, subyugado y deseará rebelarse, mientras el otro deseará imponer, oprimir y necesitará agredir para perdurar. Así, hermanos nicaragüenses, se puede vivir bonito por fuera, pero jamás por dentro. Gracias Daniel… pero no. El autor es Catedrático Universitario, administrador de Empresas.