Jorge J. Cuadra V.
En los años ochenta, cuando la Revolución Popular Sandinista reprimía y arremetía contra todo lo que se pareciera a democracia, a libertad y a justicia y su Dirección Nacional con sus nueve comandantes irrespetaba al clero nicaragüense escarneciendo a sus sacerdotes, persiguiéndolos en sus parroquias y expulsándolos de Nicaragua, algunos de ellos a la cabeza de su grey amenazada, se le ocurrió a su santidad Juan Pablo II visitar Centroamérica y naturalmente Nicaragua en aquel marzo de 1983.
Fui testigo del recibimiento de estado que el gobierno colegiado le brindó a su santidad y vi cómo en solo su llegada, en el mismo aeropuerto, arremetía contra el sacerdote-político Ernesto Cardenal Martínez, ministro de Cultura. Los que no estábamos cerca para escuchar pudimos ver por televisión una amonestación fuerte a un arrodillado y contrito sacerdote-poeta, miembro del gabinete del gobierno sandinista.
Mientras tanto, Nicaragua entera hervía de entusiasmo y de ilusión por el luchador apostólico por la paz y la libertad. Los nicaragüenses sentían que el protector había llegado a nuestra tierra a enfrentarse con la maquinaria marxista-leninista que estaba destruyendo la fe católica y atentando contra la religión del 90 por ciento de los nicaragüenses.
El periplo de Karol Wojtyla era un éxito total que opacaba el esplendor irreverente de los nueve comandantes que disponían de la vida de todos los nicaragüenses: de los que los apoyábamos y de los que los adversaban, convirtiendo la nación en un feudo particular dividido en tres partes, las mismas en que se dividía la Dirección Nacional.
La santa misa oficiada por el papa Juan Pablo II en la Plaza de la Revolución comenzó con la solemnidad esperada, pero cuando llegó el momento de darse la paz entre los hermanos nicaragüenses, las turbas divinas convenientemente situadas empezaron a corear en nombre de unas madres de mártires y héroes que ni siquiera estaban presentes, “queremos la paz, queremos la paz, queremos la paz”, estribillo que perturbaba la solemnidad del momento y retaba la paciencia del santo padre, hasta que se le salió el polaco a Juan Pablo II y se escuchó el grito con el que expresaba su descontento y quizás iniciaba lo que se concretaría dos años después: “La primera que quiere la paz es la Iglesia”, y como por arte de magia la plaza enmudeció y los comandantes se pusieron serios. Habían despertado al león vencedor de la lucha entre moros y cristianos.
Después, el 25 de mayo de 1985 Juan Pablo II sorprendía a los nicaragüenses nombrando cardenal al arzobispo de Managua, monseñor Miguel Obando y Bravo, como el símbolo de la resistencia espiritual para preservar los valores católicos en esta patria mariana.
Pasaron los comandantes y triunfó la democracia en las elecciones más cruciales de la historia republicana de Nicaragua. Los valores morales propios de la enseñanza que imparte la Iglesia católica volvieron a brillar en la Nicaragua despedazada que nunca volvería a ser la misma de antes del marxismo leninismo, sin embargo, las cosas cambiaron en gran medida y parecía que el país había encontrado la senda correcta para su desarrollo, la senda de la democracia que impone la justicia y la libertad. Pero el enemigo disfrazado de demócrata, acechaba en un recoveco del camino y gracias a la traición de ese mal liberal y peor nicaragüense, Daniel Ortega llega de nuevo al poder, esta vez con una estrategia diferente y marcado por la ambición del dinero.
Siete años después de la asunción al poder de Ortega, la Iglesia vuelve a estar sitiada por el mismo enemigo de antaño, pero reforzado por el disfraz de cristiano y acompañado por el emérito desprestigiado que con su presencia confunde al pueblo sencillo y creyente. La fe católica está en peligro y, ni corto ni perezoso, el papa Francisco sorprende a Nicaragua y al mismo arzobispo Leopoldo Brenes, nombrándolo cardenal efectivo el domingo 12 de enero de 2014, con el objeto de que sus palabras tengan todo el peso del poder del Vaticano y de esa manera contrarrestar el poder divisionista dentro de la Iglesia católica.
Una vez más Ortega es factor decisivo en el nombramiento del segundo cardenal nicaragüense, que al igual que el primero, simboliza la lucha por los verdaderos valores católicos del pueblo que cree en la Virgen María, como la madre de Dios. El autor es periodista