Adolfo Acevedo Vogl (*)
Cuando un país no logra acumular al menos cierto umbral de capacidades y destrezas tecnológicas y difundirlas a través de su aparato productivo, solo tendrá capacidad de producir un número limitado de bienes, en condiciones de una productividad comparativa reducida.
Debido a ello la mayor parte de la fuerza de trabajo permanecerá atrapada en actividades de baja productividad. Precisamente por esta razón la estructura del empleo en nuestro país está dominada por los sectores de menor productividad: el sector agropecuario y los servicios informales.
La agricultura, que individualmente es el sector que genera más empleo, es la de menor productividad de nuestra economía. A pesar de que en los últimos años algunos cultivos se han intensificado (caña, arroz, maní, tabaco), la mayor parte del suelo y la fuerza de trabajo continúan sometidos a patrones de explotación extensivos y con escasa aplicación de tecnología.
En las últimas décadas el sector servicio ha visto crecer fuertemente su participación en el empleo, sobre todo en el comercio, con amplio predominio del empleo informal, convirtiéndose en el gran receptáculo de la fuerza de trabajo excedente. Como resultado, la productividad en este sector ha venido declinando hasta equipararse con la de la agricultura.
La industria manufacturera no ha visto aumentar su participación en el empleo —apenas 11.5 por ciento del total— y está dominada por el procesamiento de recursos naturales (carne, lácteos, azúcar) y por operaciones de ensamblaje de baja complejidad en la maquila.
La inversión extranjera se ha concentrado en sectores intensivos en capital con muy poca generación de empleo, frecuentemente bajo la forma de enclaves con limitados enlaces con el resto de la economía, y por consiguiente no ha impactado de manera apreciable en el empleo total ni en la productividad agregada; tampoco ha generado efectos de “derrame tecnológico”.
Las exportaciones del país son poco diversificadas — como reflejo de la escasa diversificación de la estructura productiva— y están dominadas por productos de bajo valor agregado, con un creciente peso de los bienes ensamblados en zonas francas (sobre todo textiles y arneses).
Este tipo de productos pueden competir en el mercado externo fundamentalmente con base en la explotación intensiva de los factores más abundantes y baratos, particularmente la fuerza de trabajo y los recursos naturales.
Pero la magnitud del rezago tecnológico no solo compromete la posibilidad de aumentar la participación de la producción nicaragüense en los mercados internacionales, sino también su capacidad de competir en el propio mercado interno con bienes importados.
Esto explica la creciente participación en las importaciones del país de bienes de consumo no duraderos relativamente sencillos, cuya producción no requiere de un gran aprendizaje porque se trata de tecnologías que hace tiempo alcanzaron la madurez y que utilizan procesos altamente estandarizados y repetitivos.
Dada la pobre capacidad tecnológica del país y la escasa diversificación y articulación de su estructura productiva, no solo deben importarse gran parte de productos de consumo no duradero de baja complejidad, incluyendo algunos alimentos, y los productos de media y alta tecnología, sino también la mayor parte de bienes intermedios y bienes de capital.
Esta conformación estructural de la economía es la que condiciona las posibilidades de aprovechar o no el bono o dividendo demográfico.
El fuerte crecimiento de la población en edades productivas que conlleva el bono demográfico no está encontrando acogida en empleos de elevada remuneración y demanda de conocimientos. Por el contrario, en su gran mayoría está encontrando refugio en empleos de muy baja productividad, equivalentes al subempleo, principalmente en la agricultura, el comercio y los servicios informales.
Se trata de una economía que funciona con limitadas exigencias tecnológicas y de conocimientos, y que por consiguiente no demanda demasiada calificación.
Por ello puede absorber, sin grandes sobresaltos, a una fuerza de trabajo como la nuestra —que se caracteriza por sus bajísimos niveles de calificación— en empleos precarios e informales que no demandan grandes conocimientos y destrezas para ser desempeñados.
Esta economía no tiene el impulso dinámico necesario para hacer frente a los desafíos del proceso de envejecimiento de la población, que ya ha iniciado.
El problema es que pronto el proceso de envejecimiento comenzará a adquirir un ritmo tal que, en las próximas décadas, el número de personas en edades productivas se estará reduciendo de manera acelerada, en relación con el número de adultos mayores.
Para poder sostenerse en condiciones dignas, y al mismo tiempo atender a las necesidades del número de adultos mayores en rápida expansión, este menor número de trabajadores deberá exhibir unos niveles de productividad que debería ser, en mi estimación, al menos diez veces superior a la actual.
Pero ello solo será posible si desde ahora el aparato productivo se expande, diversificándose de manera permanente mediante la implantación de nuevas actividades de mayor complejidad tecnológica, y se incrementa la productividad de las actividades existentes, y estas actividades más productivas son capaces de absorber a la gran masa de trabajadores que permanecen ocupados en actividades de baja productividad.
Esto a su vez requerirá un esfuerzo verdaderamente extraordinario para remontar el enorme rezago tecnológico del país y para elevar el nivel de formación de sus recursos humanos.
(*) Economista