Inés Izquierdo Miller
Cómo una hermosa palabra como tradición se relaciona con otra más despreciable como traición. Son esas inquietantes transformaciones que sufre la lengua y que relaciona términos como cadera y cátedra.
Debemos recorrer un camino que cruza lo legal, lo militar y el arte para ver cómo nuestra lengua fue evolucionando hasta derivar en dos polos opuestos.
Traición viene del latín vulgar traditionem que significa “entrega, rendición”, como ven comparte el mismo origen que la palabra “tradición”, ambas nacen del verbo “tradere” que es entregar, y está formada por el prefijo trans que significa “más allá, de un lado a otro” y “dare” que es “dar”.
Y claro en la misma traditio donde se cocinó la traición, nació también la tradición, que llegó íntegra a nuestros días para definir la entrega a un nuevo propietario, sean tradiciones culturales, regalos, legado familiar, etc. Tradición viajó por el tiempo sin sufrir muchos cambios.
La traditio, la abominable traición, era en su origen un término neutro que hacía referencia al simple acto de entregar algo a alguien, en el ámbito comercial y jurídico, para los antiguos latinos, traicionar no era atentar contra esa legalidad, sino cambiar de dueño, el traidor, era el encargado de realizar dicha entrega o transmisión a otra persona, hasta que las pésimas connotaciones de ese verbo lo sustituyen por “transmitir”: vender, ceder o legar a otro.
Hubo que esperar muchos siglos hasta llegar al XIX para que naciera el neologismo traicionar, que perdió la d en este largo camino y claro está fue criticado y rechazado por los eruditos, pero al final todos comenzaron a usarlo y enterró cualquier otra forma de llamar a los traidores, en este caso el término traicionó la tradición.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B