Editorial: El desastre de todos los años
De los 2,600 bachilleres que se sometieron esta semana al examen de admisión para estudiar en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), la cual puso a disposición 1,500 nuevos cupos, solo 203 fueron aprobados, o sea el 7.5 por ciento y apenas cuatro estudiantes obtuvieron la nota óptima de 100.
Esta cifra habla muy claro de la deplorable situación en que se encuentra el sistema de educación de Nicaragua. Sin embargo las autoridades educativas la consideran como un avance, porque el porcentaje de admisión en la UNI mejoró este año 1.64 por ciento, en relación con el 2013 cuando únicamente 136 bachilleres, de un total de 2,400 que se sometieron al examen de admisión lograron pasar la prueba. Un mejoramiento pírrico en realidad que no debería enorgullecer a nadie sino preocupar a todos.
Como hemos dicho, estas cifras son solo de la UNI. Falta ver qué pasa con las pruebas de admisión en las otras universidades, sobre todo en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN). Sin embargo los resultados que se deben esperar son más o menos iguales, pues los bachilleres que se presenten a los exámenes proceden del mismo sistema de educación nacional.
Después que se instaló el actual gobierno de Daniel Ortega, en enero de 2007, se aseguró que a partir de allí se pondría fin a los graves problemas de la educación nacional. Se acusó entonces a los gobiernos democráticos (despectivamente llamados “neoliberales”), de haber causado un desastre educativo nacional con el sistema de autonomía escolar, que fue calificado como “privatización de la educación”. Inclusive, al día siguiente de su toma de posesión, o sea el 11 de enero de 2007, Ortega derogó mediante decreto ejecutivo el modelo de autonomía escolar y restableció el sistema centralizado y burocrático que es el ideal y el modelo de la izquierda autoritaria.
Pero desde entonces la calidad de la educación pública de Nicaragua no mejoró, de hecho está peor que durante los satanizados gobiernos del ciclo democrático de 1990 a 2006. Y si ha cambiado es para mal, pues las escuelas e institutos de enseñanza pública volvieron a ser utilizados como centros de adoctrinamiento ideológico sectario y de activismo político oficialista.
Está claro que el sistema educativo de un país no es malo o bueno porque sea gestionado por un gobierno de izquierda o de derecha. Eso depende del manejo —correcto o desviado— que se dé a la educación nacional. En Uruguay, por ejemplo, donde gobierna una coalición política de izquierda y el presidente de la República es un antiguo guerrillero marxista, el director de Educación Secundaria acaba de ser destituido porque los estudiantes uruguayos no salieron tan bien como se esperaba en la última prueba Pisa, un prestigioso programa internacional de evaluación educativa. Eso significa que en ese país suramericano la educación pública y la responsabilidad de los funcionarios estatales, están por encima de la conveniencia política y la definición ideológica.
Los buenos gobernantes, de derecha o de izquierda, tienen de la educación, una visión de nación. Entienden que no hay un buen futuro para el país sin una educación de calidad y por tanto la manejan como una prioridad nacional, no como un asunto ideológico y partidista.
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