Adolfo Acevedo Vogl *
Después del impacto de la crisis global de 2009 la economía nicaragüense se recuperó y hasta 2012 creció a una tasa promedio anual del 4.8 por ciento. Este crecimiento ha sido favorecido por la mejoría de los términos del intercambio que experimentaron las “commodities”.
El efecto favorable de los términos de intercambio permitió que el ingreso real disponible creciera a una tasa promedio anual del 6.3 por ciento. En conjunto con las transferencias y el endeudamiento neto con el exterior, ello también hizo posible que la demanda interna se expandiese a una tasa media del 6.6 por ciento.
Por su parte, la demanda externa por exportaciones nicaragüenses se expandió a una tasa promedio anual del 12.1 por ciento.
Lo que explica que la economía haya crecido por debajo del crecimiento de la demanda interna y externa, que sumadas se expandieron a una tasa promedio del 7.9 por ciento, es el hecho de que poco más de la mitad de la demanda interna se orientó hacia las importaciones, en lugar de orientarse hacia la producción interna.
Sin embargo, detrás de dicha recuperación encontramos la presencia de factores que en gran medida son cíclicos, y no durarán para siempre. Según datos del Banco Central a partir de 2013 se observó una reversión en los términos del intercambio, debido a la caída en los precios de una serie de importantes productos de exportación.
Por su parte, los factores estructurales que impiden la reducción de la enorme brecha de desarrollo que padece Nicaragua, en lo fundamental permanecen intactos.
El país permanece especializado en la producción de bienes de bajo valor agregado y pobre contenido tecnológico, de escaso dinamismo de la demanda a largo plazo, caracterizados por sus limitados encadenamientos intersectoriales.
La estructura productiva detrás de dicha especialización es una que refleja el ínfimo desarrollo de la capacidad tecnológica del país.
Cuando un país no logra acumular al menos cierto umbral de capacidades y destrezas tecnológicas y difundirlas a través de su aparato productivo, solo tendrá capacidad de producir un número limitado de bienes, aquellos de menor exigencia tecnológica, principalmente basados en recursos primarios u operaciones de ensamblaje, en condiciones de una productividad comparativa baja.
Este predominio de las actividades de baja productividad a su vez constituye un elocuente indicador de que el proceso de transformación estructural que históricamente ha estado asociado al desarrollo se encuentra bloqueado.
Los rasgos estilizados del proceso de transformación estructural son conocidos. Al inicio la mayor parte de la fuerza de trabajo se encuentra ocupada en la agricultura y en las actividades primarias.
El primer cambio notorio en el proceso de cambio estructural es la disminución de la participación de la agricultura en el empleo total, y el aumento en la participación del sector secundario, en particular de la industria manufacturera.
Al incrementarse rápidamente la productividad en la agricultura, la fuerza de trabajo anteriormente ocupada en ella puede trasladarse hacia actividades de mayor productividad, principalmente la industria manufacturera.
El proceso de industrialización gradualmente cambia la estructura de la economía, haciéndola más diversificada y compleja, e incrementando las complementariedades y sinergias intersectoriales y la difusión del progreso tecnológico.
Este traslado de fuerza de trabajo hacia actividades de creciente productividad, posibilitado por la creciente diversificación y complejización del aparato productivo, permite un incremento sistemático de la productividad a lo largo de las décadas que dura este proceso.
Finalmente, el peso de la industria comienza a reducirse, y el empleo comienza a crecer fundamentalmente en los servicios modernos, de mayor elasticidad en ingreso.
Al arribar a este punto, normalmente el proceso de cambio estructural ha desembocado en niveles de ingreso per cápita que permiten catalogar al país como desarrollado.
En el caso de Nicaragua, en efecto el peso de la agricultura en el empleo ha disminuido, pasando del 67.7 por ciento en 1963 al 34 por ciento en 2005. Pero esta reducción no se ha traducido en el aumento de la participación en el empleo de la industria manufacturera y los servicios modernos, de mayor productividad.
Por el contrario, se ha reflejado en una fortísima expansión del empleo en el comercio y los servicios informales, de muy baja productividad, particularmente bajo la forma de trabajadores por cuenta propia.
Como resultado, el comercio y los servicios informales pasaron de representar el 15 por ciento del empleo total en 1963 al 42 por ciento en 2005, mientras el peso del empleo por cuenta propia se incrementaba hasta alcanzar un 38 por ciento del total.
El fuerte crecimiento del empleo en el comercio y servicios informales ha ido presionando a la baja la productividad media en estos sectores, hasta casi igualarla a la de la agricultura, lo cual, debido al elevado peso que tienen tanto la agricultura como el comercio y los servicios en el empleo, a su vez mantiene deprimida la productividad agregada de la economía.
(*) Economista
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