No ha pasado ningún barco por el mentado “Gran Canal”, ni siquiera tenemos uno a la vista, ni siquiera la certeza de que habrá un “Gran Canal”, porque aún no están listos los estudios de factibilidad técnica, financiera, ambiental y de mercado y ya tenemos al mayor general Oscar Balladares “descarrilado” de su carrera profesional en el Ejército de Nicaragua, so pretexto de que va “en comisión de servicio” a trabajar en el mentado Gran Canal, o mejor dicho Gran Sueño.
Según el escalafón militar y la tradición institucional del Ejército de Nicaragua el mayor general que ocupa el cargo de jefe del Estado Mayor es quien históricamente, en la corta vida institucional del Ejército, asciende al rango superior que es el jefe del Ejército y cinco años después pasa a retiro y es relevado en su cargo por el siguiente jefe del Estado Mayor.
En teoría, es el presidente de la República el que escoge al jefe del Ejército de una terna que le entrega el Estado Mayor, en la práctica, desde el general Joaquín Cuadra, pasando por el General Javier Carrión, el general Omar Halleslevens y el mismo general Julio César Avilés, quien ha sido nombrado jefe del Ejército el 21 de febrero por todos los presidentes, es el jefe del Estado Mayor y desde el traumático anuncio del pase a retiro del General Humberto Ortega, todos se han retirado tranquilamente a sus casas a los cinco años y han pasado a la vida civil.
Como ministro de Defensa, de septiembre de 1998 a septiembre de 1999, me tocó estar al frente de la institución civil del Poder Ejecutivo que controla y supervisa la institución castrense y me correspondió tratar de mejorar las relaciones cívico militares para ir induciendo una necesaria confianza y respeto entre civiles y militares.
Desde el inicio, instalamos una reunión mensual de trabajo, cada mes el Estado Mayor se reunía conmigo y con el viceministro José Adán Guerra, la que alternábamos entre el Ministerio de Defensa y la Jefatura del Ejército constituida en ese entonces, por el general de Ejército Joaquín Cuadra, el mayor general Javier Carrión y el mayor general Oswaldo Lacayo.
En dicha reunión almuerzo se abordaban los principales problemas y retos del Ejército, desde el presupuesto anual, hasta los requerimientos de nuevos medios y operaciones, particularmente de atención a los civiles, en los meses que sucedieron al devastador huracán Mitch. Por todo eso tuve el honor de ser condecorado, en septiembre de 1999, con la “Orden Ejército de Nicaragua”
Desde entonces, y más recientemente en los últimos años, durante los gobiernos de Ortega, la interacción entre el organismo civil, Ministerio de Defensa, y el Ejército de Nicaragua ha ido menguando poco a poco, hasta desaparecer por completo, porque ahora Ortega maneja las cosas secretivamente y sin intermediarios y ha comenzado a cambiar las reglas del juego con el único objetivo de partidizar la institución militar y ponerla al servicio de sus intereses, que como todos sabemos, gravitan alrededor del principal, que es permanecer en el poder indefinidamente.
Una de las estrategias para lograrlo ha sido promover una reforma a la Constitución y más recientemente el Código Militar elimina el párrafo de que la elección del jefe del Ejército es por un período de cinco años y no hay reelección, con lo que se permite el necesario y recambio de mando conforme el escalafón militar y la reforma a la Constitución, una vez aprobada en segunda legislatura, permitirá a los militares ocupar cargos en áreas civiles del ejecutivo, en “comisión de servicio” que no es otra cosa que una especie de retiro anticipado, sin el trauma del retiro.
Esa medicina es lo que aparentemente le quieren aplicar al mayor general Oscar Balladares, sin que aún estén aprobadas las reformas en segunda legislatura, pero ya el Ejército anunció, complacientemente, que Balladares está “entregando el mando”, pero que “aún no se sabe si va a retiro al Gran Canal en comisión de servicio”, que en realidad es lo mismo y hasta anunció su remplazo.
Antes los generales que llegaban a la cúspide, es decir, a ocupar la jefatura del Ejército, sabían que no le debían mayor lealtad y obediencia al presidente que la establecida en la Constitución y las leyes, pero ahora, si se establece la reelección a discreción del presidente, podemos decir que la lealtad del jefe del Ejército hacia el Presidente tiene otra connotación más personal.
Ha como otros analistas y exmilitares de carrera como el general Hugo Torres, lo han señalado, al no haber remplazo del alto mando militar, se atasca o se le pone un tapón al escalafón militar que no es nada saludable para un ejército profesional y apolítico como debería ser el Ejército de Nicaragua.
Ha costado mucho que el Ejército de Nicaragua se desprendiera gradualmente de su estigma partidario y se profesionalizara, adoptando entre otras cosas, el nombre “de Nicaragua” en lugar del apellido “sandinista”. De igual manera ha costado mucho de que todos, o al menos la inmensa mayoría de los nicaragüenses, lo viéramos así y lo sintiéramos como propio.
Civiles y militares no debemos permitir una regresión en la institucionalidad del Ejército de Nicaragua porque las consecuencias a largo plazo serán las mismas que ya vivimos en el pasado y ha quedado demostrado, que los pueblos que no aprenden de las lecciones de la historia, están condenados a repetirla. El autor es diputado de la Alianza PLI y fue ministro de defensa de nicaragua.
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