El 26 de diciembre el Gobierno de China celebró discretamente el 120 aniversario del nacimiento de Mao Zedong, a quien formalmente se sigue considerando como el “gran timonel” de ese enorme país asiático que es capitalista en su sistema económico, pero comunista en su régimen político.
Supuestamente, fue por austeridad económica la modesta celebración del cumpleaños de Mao, quien en su juventud cambió su oscuro nombre de pila, Runzhi, que significa húmedo o lubricado, por el luminoso Zedong o Tse Tung, cuyo significado es “brillo del oriente”.
El pretexto de la austeridad en un país que tiene el crecimiento económico más espectacular del mundo y avanza velozmente a convertirse en la primera economía mundial, no es nada convincente. La verdad es que las autoridades chinas habían anunciado una fastuosa celebración del natalicio de Mao, incluyendo un acto solemne en el edificio de la Gran Asamblea del Pueblo, el cual fue suspendido. También se programó una serie de televisión de cien episodios, sobre la vida de Mao, la cual comenzó a transmitirse pero fue abruptamente reemplazada con otra serie de la misma duración, dedicada a las Fuerzas Armadas de China. Además, durante la opaca conmemoración el nuevo líder comunista de China, Xi Jinping, refiriéndose a Mao sentenció que “Los dirigentes revolucionarios no son dioses, sino seres humanos. No se puede venerarlos como dioses, no se puede impedir que la gente señale sus errores solamente porque son grandes personajes.” Sin embargo, para suavizar el mensaje de desmitificación de Mao, Xi Jingping precisó: “Tampoco podemos borrar sus logros históricos solamente porque han cometido errores».
La verdad es que Mao Zedong seguirá siendo un icono oficial de China, mientras perdure el régimen político comunista, por su significado simbólico y para mantener cautiva la mente colectiva de los chinos. Pero la exaltación del legado ideológico de Mao es cada vez más cautelosa y disminuye poco a poco. China se aleja paulatinamente de su herencia maoísta, en la misma medida que se desarrolla el nuevo sistema económico, que es una variedad de capitalismo salvaje controlado por el Estado.
La nueva China no tiene nada que ver con la profecía que Mao proclamó en 1940, de que el capitalismo era “como un moribundo que se extingue como el sol en la colina”; y que el comunismo reemplazaría inevitablemente al capitalismo, en China y en todo el mundo. “Esta es una ley objetiva, independiente de la voluntad del hombre”, sentenció el extinto líder y teórico comunista. Pero la historia del mundo, y ante todo la de la propia China, ha demostrado la falacia de aquel pronóstico. El capitalismo que tanto odiaba Mao es el que ha podido sacar a centenares de millones de chinos de la pobreza extrema heredada del antiguo régimen, lo mismo que de la miseria creada por el comunismo maoísta, y ha convertido a China en una potencia líder a nivel mundial.
Significativamente, una nueva estatua de Mao Zedong que fue desvelizada en una ciudad de provincia, lejos de Beijing, a pesar de ser lujosa ya no es su figura tradicional, de pie, enérgico, con el brazo extendido conduciendo a las masas populares hacia el comunismo, sino sentado, con las piernas cruzadas, como descansando y lamentando que su pretendido paraíso comunista no se pudiera construir y que su ideología sea ahora un objeto de museo, como él pronosticó falsamente que sería el capitalismo.
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