La expresidenta socialista de Chile, Michelle Bachelet, ganó la elección del domingo pasado con más del sesenta por ciento de los votos, imponiéndose a la candidata de la derecha, Evelyn Matthei, quien solo tuvo la confianza de un tercio del electorado. Cabe mencionar que en esta elección hubo una abstención récord de alrededor del sesenta por ciento, pero eso no le resta mérito a la victoria de la señora Bachelet.
Chile es el mejor ejemplo, en América Latina, no solo de un exitoso desarrollo económico impulsado por las políticas de libre mercado que lo han colocado en el umbral del primer mundo. También ofrece un admirable ejemplo de democracia y fortaleza institucional, que permite a Chile —o más bien dicho, a los chilenos— cambiar un gobierno de izquierda por otro derecha, y a la inversa, sin sufrir traumas políticos y con plena confianza en que el país seguirá por el mismo rumbo por el que ha venido transitando desde el año 1990, cuando el gobierno de extrema derecha del general Augusto Pinochet cedió el poder, como resultado de unas elecciones libres y limpias, al político demócrata cristiano y representante de una coalición de centro izquierda, Patricio Aylwin.
Casi al mismo tiempo que en Chile, en Nicaragua la extrema izquierda encarnada en el FSLN y Daniel Ortega, entregó el gobierno después de permitir unas elecciones excepcionalmente libres, las cuales fueron forzadas por la presión internacional, por la bancarrota económica de la revolución, por la guerra de la Contra respaldada por Estados Unidos y por la habilidad de la oposición cívica que se alió en una gran coalición electoral.
Pero en Chile el general Pinochet entregó el poder y se retiró a ocupar un asiento honorario en el Senado. Incluso, algún tiempo después fue encarcelado y condenado por los numerosos crímenes que se cometieron durante el sangriento golpe de Estado que lideró para tomar el poder y a lo largo de su férrea dictadura de 17 años. En Nicaragua, en cambio, Daniel Ortega no ocupó la curul legislativa que otorga la Constitución como premio de consolación al excandidato presidencial que queda en el segundo lugar, mucho menos que fuera enjuiciado por las violaciones masivas contra los derechos humanos que se cometieron durante la dictadura sandinista de los años ochenta. Ortega y el FSLN se fueron a “gobernar desde abajo”, como llamaron a la estrategia de sabotear a los gobiernos democráticos mediante asonadas callejeras, secuestros, asaltos armados e incluso asesinatos políticos, como los que se cometieron contra el excomandante de la Contra, Enrique Bermúdez, y el líder empresarial Arges Sequeira, para solo mencionar dos casos emblemáticos.
La frágil democracia nicaragüense solo pudo sobrevivir 16 años, hasta que por razones que son muy conocidas Daniel Ortega ganó dudosamente la elección de noviembre de 2006 y recuperó el poder sin problemas de ninguna clase. Allí se terminó la breve historia democrática de Nicaragua, mientras Chile continúa perfeccionado su ejemplar democracia. Y a pesar de que el gobierno de Bachelet tendrá ahora en su seno el agresivo componente del partido comunista, no cabe duda de que si la derecha vuelve a ganar las elecciones, la izquierda gobernante le entregará tranquilamente el poder.
Ver en la versión impresa las páginas: 10 A