Durante el homenaje póstumo internacional que se rindió a Nelson Mandela en la ciudad sudafricana de Johannesburgo, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, estrechó la mano del dictador comunista de Cuba, Raúl Castro, e intercambió con él unas breves palabras que al parecer fueron afectuosas, a juzgar por las imágenes del hecho que transmitió la televisión.
Este gesto de Obama ha sido considerado histórico y significativo por los medios de comunicación internacionales, mientras que los exiliados cubanos y disidentes en el interior de Cuba lo criticaron acerbamente. Por su parte voceros del gobierno de Estados Unidos lo justificaron como un hecho normal entre “personas civilizadas”, pero no planeado, y de este mismo modo lo explicó también Raúl Castro.
Después de saludar personalmente a Raúl Castro, el presidente Obama lo aludió indirectamente, de manera crítica, al decir en su discurso que algunos gobernantes allí presentes “alegan solidaridad con la lucha por la libertad que llevó a cabo Madiba, pero no toleran el disentimiento entre sus propios pueblos”. Y tan cierto es lo dicho por Obama, que en el mismo momento en que, en el estadio de Johannesburgo, Obama saludaba “civilizadamente” a Raúl Castro, en La Habana las Damas de Blanco eran reprimidas violentamente por turbas y policías castristas, cuando trataban de realizar un pequeño desfile callejero en conmemoración del 65 aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos.
Ese mismo día, la policía encarceló en distintos lugares de Cuba a más de 150 disidentes cubanos que celebraban un congreso de derechos humanos y realizaban otras actividades conmemorativas del aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Numerosos disidentes fueron golpeados y heridos por las turbas y los policías, que también les robaron cámaras fotográficas y filmadoras, teléfonos celulares y dinero en efectivo que se les sacó de los bolsillos a las personas reprimidas. Fue algo muy parecido a lo que ocurrió en Nicaragua en la madrugada del sábado 22 de junio pasado, cuando un grupo de jóvenes solidarios con los adultos mayores que reclamaban el pago de sus pensiones reducidas, fueron atacados brutalmente y robados por turbas orteguistas, ante la indiferencia cómplice de la Policía.
La formalidad política y diplomática no justifica que gobernantes de países donde se cometen esas brutales violaciones a los derechos humanos, sean consideradas como personas civilizadas. Si Obama hubiese querido evitar el saludo al dictador cubano, simplemente lo hubiese ignorado. Se recuerda que en 1995, durante la celebración mundial del cincuenta aniversario de las Naciones Unidas, el presidente democrático de la República Checa, Vaclav Havel (q.e.p.d.), se encontró con Fidel Castro en circunstancias que parecían hacer inevitable el saludo entre ambos. Pero el gobernante checo ignoró al déspota cubano con la dignidad que debe tener en estos casos un líder íntegramente democrático.
Lo que hizo Havel es lo que debió hacer Obama, en su carácter de líder de un gran país que se precia de ser adalid en la defensa de los derechos humanos y los valores de la libertad y la democracia, como es Estados Unidos. Mejor aún, Obama debió plantar cara al dictador comunista y demandarle: “Señor Castro, deje en libertad a su pueblo, respete sus derechos”. Como dijo el senador estadounidense Marco Rubio: “Si el Presidente iba a estrecharle la mano, debía haberle preguntado sobre esas libertades elementales con las que se asocia a Mandela y que son denegadas en Cuba”.
Realmente, como dice el refrán: “Lo cortés no quita lo valiente”, del mismo modo que también se puede decir que lo valiente no quita lo cortés.
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