En el León de principios de Siglo XX, en el barrio de San Felipe, existió una niña vieja, con una pequeña escuelita, su nombre: Carmen Cajina.
Su devoción principal era celebrar la Purísima, pero resulta que en ese tiempo tener una imagen de la Virgen no era tan fácil y la niña Carmen no tenía una propia. Para celebrar el novenario le prestaba la imagen a una vecina. Siendo noviembre y estando en medio de la celebración, la niña Carmen se pelea con la persona que le presta la imagen y viene la tragedia. No puede terminar el novenario.
Cuenta la historia que la niña Carmen lloraba de tristeza. ¿Qué hacer? ¿Cómo conseguir una imagen de la Virgen para terminar el novenario? Pensando estaba la buena señorita, cuando por su casa pasó en horas de la mañana una mujer y le pidió un favor: Que le tuviera por unos momentos un paquete en un envoltorio de pañuelo de seda. “Ya vengo”— le dijo la mujer —“me lo tiene por favor”. La niña Carmen lo guardó, pero el tiempo fue transcurriendo y la tarde se vino encima y la mujer no aparecía. Serían ya como las cinco y media de la tarde cuando la niña Carmen, después de esperar por varias horas a la mujer, entre nerviosa y curiosa, decidió abrir el paquete que le habían dejado encargado. Y, ¡Oh Maravilla! Cuál no sería su sorpresa que lo que encontró fue una bella imagen de la Purísima de origen Sudamericano (posiblemente peruano o ecuatoriano) de la Virgen María. La niña Carmen cayó de hinojos y colocó la imagen en el altar y empezó a cantar con una profunda alegría los alabados de la Purísima.
Al morir la niña Carmen, no teniendo descendientes, le encargó dicha devoción a su vecino, Francisco Pereira Baldizón, obligándole a que se comprometiera a que todos los años se celebraría la Purísima con el mismo esplendor y devoción que ella lo hacía. La niña Carmen le dejó una casa para que con los usufructos de ese inmueble se celebrara. Ese es el origen de la imagen que mis abuelos festejaban. Cuenta Luis Pereira Pacheco que él, siendo niño, oyó estos dos relatos.
El primero sobre una aparición de la niña Carmen a mi tía Trinidad. Sería, dice Luis “a finales de los años treinta o principios de los cuarenta del siglo pasado que, por una razón muy poderosa, mi papá (Francisco Pereira) decidió no celebrar ese año la Purísima, por lo que mi tía Trinidad lo trató de persuadir, recordándole sus obligaciones y la promesa adquirida a la niña Carmen. Una mañana de noviembre, a eso de las cuatro y media, mientras la tía Trinidad se dispone a ir a misa a San Felipe, cuál no sería su susto que, al abrir la puerta, ve a la niña Carmen acurrucada llorando junto al dintel de la puerta. La buena señorita que era mi tía Trinidad de inmediato la reconoció, prometiéndole en ese momento que convencería a su hermano Francisco para que se cumpliese con lo pactado. Ese año la celebración fue grandiosa.
Hay un fenómeno que Luis relata y dice que: “Cuando eran las doce de la noche y el repique de campanas y la quema de cohetes y pólvora se esparcía por todo León, en ese momento, los tres Pereira, Simón, Francisco y Trinidad, veían al lado de la virgen la sombra de la niña Carmen. ¡Ahí está Francisco!, decía mi abuelo Simón. Y los tres corrían hacia el altar y juraban que veían la sombra de la Cajina”. A mí se me ponía, dice Luís, la carne como de gallina, pero ellos juraban que la veían.
Hoy la Virgen de la Cajina, después de haber salido al exilio como muchos nicaragüenses, ha regresado a la patria y está en poder de los Pereira Reyes, descendientes directos del tío Francisco que fue el que contrajo la obligación, y ellos, con gran devoción, siguen celebrando la Purísima. El autor es abogado.
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