Julio Icaza Gallard
La democracia es, en palabras de Bobbio, “el gobierno del poder público en público”. Y esta característica de la democracia deriva no solo del principio de igualdad en la palabra, lo que los griegos llamaban isegoría, que también presupone igualdad de acceso a la información: la democracia es el gobierno bajo y a través de la ley, a la que es inherente la publicidad.
El secretismo revela no solo una concepción del Estado como patrimonio privado y un desprecio por la legalidad. Presupone, además, actos que, de ser sacados a luz pública, merecerían el rechazo de la sociedad, la condena moral o la cárcel. El secreto, en política, está en función de la impunidad. ¿A qué esconder un acto si no está reñido con ninguna norma y no es merecedor de ninguna de sus sanciones? Lo oculto presupone lo prohibido.
A veces el secreto se esconde en la misma norma jurídica, generalmente en forma de conceptos vagos, imprecisos y ambiguos, como el de “intereses supremos nacionales” y “objetivos estratégicos nacionales”, utilizados en las Leyes de Defensa y Seguridad; o en afirmaciones como la de “valores superiores al ordenamiento jurídico”, presente en la actual propuesta de reformas constitucionales. La definición última de estas nociones queda en manos de un poder arcano.
La otra cara del secretismo es la ostentación de poder: la gran tarima enflorada y distante, donde el caudillo intocable habla a la masa y recibe el eco de sus palabras, envuelto en vítores y aplausos; la larga caravana de vehículos y el triple anillo de escoltas, el despliegue de fuerzas policiales a lo largo de la ruta que habrá de transitar, en su lujoso y raudo vehículo; los perros que olfatean explosivos ocultos y las patrullas que escarban en huecos y alcantarillas, la agitación que precede a la llegada del “hombre”. El poder se despliega hacia fuera, imponente, atemorizante; rodeado por un círculo impenetrable de agentes y dispositivos, misterioso, inaccesible, intocable. Ostentación y ocultación, dos mecanismos aparentemente contrarios, con un mismo fin: infundir y manipular el miedo.
El Gobierno secreto es el gobierno del miedo y no el gobierno de la libertad, la razón y el diálogo, que representa la democracia; es el gobierno de las personas y los intereses particulares del gobernante y sus allegados, no el gobierno de las leyes e instituciones y los intereses de la nación. Es el “criptogobierno”, la conducción del Estado por una mafia sin ideología ni partido. El secreto es una de las formas de la mentira. Se miente por deformación o por ocultación de la verdad. La mentira sistemática y las mentiras colosales, —aquellas gigantescas mentiras de que hablaba Hitler, en su Mein Kampf— son la otra cara del secreto que alimenta a los gobiernos tiránicos.
El secreto como política de Estado violenta la palabra y las instituciones, a las que desnaturaliza y corrompe. El daño derivado de la destrucción de estas últimas es incalculable: afecta a todos, y no solo a las generaciones presentes sino también a las futuras.
El poder secreto, por último, genera de manera casi natural el antipoder secreto: la sedición, la conjura, la conspiración, el golpe de Estado. El miedo que se esparce entre los ciudadanos penetra igualmente las entrañas del poder y lo corroe. El delirio persecutorio puebla los pasillos del palacio y, en la oscuridad de sus sótanos se organiza el espionaje, la policía secreta, la inteligencia y contrainteligencia; el Sistema Nacional de Seguridad o Panopticón creado por las leyes de 2010, y que hoy las reformas constitucionales vienen a perfeccionar, a través de la administración y control del espectro radioeléctrico, el internet y las comunicaciones satelitales. El autor es jurista y catedrático universitario.