Corrupción y las dos Latinoaméricas

El premio Nobel del Literatura 2010, Mario Vargas Llosa, dijo este fin de semana en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara, México, que “la corrupción es una gangrena” que puede echar abajo el progreso alcanzado en América Latina.

El laureado escritor sin duda tiene razón en su advertencia, la cual matizó aclarando que el progreso al que hace referencia para la región no es general. En América Latina hay países que están alcanzando logros extraordinarios no solo en crecimiento económico sino en el desarrollo social de sus habitantes, pero hay otros que siguen estancados en el caudillismo político, el atraso económico de sus clases empresariales y en una situación social paupérrima para sus ciudadanos.

Chile está a la cabeza de la Latinoamérica que progresa, ese país está golpeando las puertas del primer mundo. Brasil le sigue muy de cerca, y hay ejemplos tal vez no tan espectaculares, pero que muestran un avance firme como Perú, Colombia, Panamá y Costa Rica. México empieza a ser considerado parte del grupo a pesar de estar amenazado por los poderosos cárteles de la droga.

Esa es una Latinoamérica que muestra progreso no solo económico y social sino político-institucional donde finalmente se está consolidando el concepto de la democracia liberal republicana que se resume en lo siguiente: Estado de Derecho, respeto a las libertades civiles y políticas, igualdad ante la ley, control civil sobre los militares, participación ciudadana en los asuntos políticos, pluralismo político, elecciones libres, responsabilidad de los gobernantes ante los ciudadanos, respuesta de los gobernantes a los ciudadanos y control dentro del mismo Estado contra la corrupción.

Sin embargo, aunque este progreso es muy positivo, esa Latinoamérica debe escuchar con atención la advertencia de Vargas Llosa ya que la corrupción bien puede destruir rápidamente lo que ha tomado años alcanzar.

Pero hay otra Latinoamérica, y su diferencia con la primera no radica en estar exenta de corrupción sino todo lo contrario. Esa es la Latinoamérica de la cola en el desarrollo económico, político y social donde los niveles de corrupción no se conocen porque los gobiernos autoritarios que se han apoderado de esos países han cerrado los espacios que permitirían si quiera conocerlos.

En esa otra Latinoamérica se encuentra Nicaragua, en la triste compañía de países como Venezuela, al borde del colapso económico; Cuba que es una sociedad estancada en el tiempo y las ideas; y Argentina, país al que ninguna institución internacional seria le cree ya sus cifras oficiales.

En esta segunda Latinoamérica la corrupción no es una gangrena sino que ya infectó todo el cuerpo del Estado e incluso a la sociedad. En esta segunda Latinoamérica la corrupción ya es una septicemia. Es una política de Estado y, como es en el caso de Nicaragua, los organismos como la Contraloría General de la República, encargados de contrarrestarla se han convertido en Elefantes Blancos que solo consumen recursos del Presupuesto sin presentar resultados en lo mínimo.

Como bien dijo Vargas Llosa, con estos países “sí hay motivos para sentirse profundamente desmoralizados”.

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