La elección presidencial de mañana en Chile, pondrá en una encrucijada a ese país suramericano que es un modelo democrático para toda América Latina.
Según Joaquín Lavín, quien fuera candidato presidencial en 1999 y en la actualidad es el jefe de campaña de Evelyn Matthei, candidata democrática de centroderecha, la expresidenta socialista Michelle Bachelet “quiere llevar a Chile más hacia Venezuela, mientras que Matthei quiere llevar a Chile más hacia Alemania, por ponerlo crudamente”.
Se refiere Lavín a que la señora Bachelet —quien fuera una moderada presidenta de izquierda democrática en el periodo 2006-2010 y es la gran favorita para ganar la contienda presidencial de mañana— se ha radicalizado hacia la izquierda, quizá porque ahora es apoyada por el Partido Comunista que representa al sector más extremista de la izquierda chilena, o porque se ha convencido a sí misma de que en un segundo periodo podría ejecutar las medidas radicales que no podía poner en práctica durante su primer mandato. Pero la radicalización de Bachelet en su segundo gobierno podría frenar el avance de Chile hacia el primer mundo e incluso aproximar el país a la izquierda radical que gobierna los países del Alba. En cambio, la propuesta de la candidata presidencial de la derecha democrática, Evelyn Matthei, consiste básicamente en impulsar a Chile por el mismo camino exitoso que ha recorrido en los últimos años el gobierno del presidente Sebastián Piñera, también de centro derecha, dándole un sesgo social orientado a incorporar a más chilenos al disfrute del crecimiento económico y a reducir la brecha social.
Piñera ha sido un presidente exitoso. Al término de su mandato, Chile tiene un PIB per cápita de 22,362 dólares, el mayor de América Latina; el crecimiento económico del país es de más del cinco por ciento; la inflación apenas es de tres por ciento anual; bajo su administración se han creado al menos 800,000 nuevos empleos formales y el desempleo se redujo a solo el 6.4 por ciento, el más bajo de los últimos 30 años. Además, con Piñera se incrementaron los salarios reales, fueron construidas o reconstruidas hasta el 98.5 por ciento de las viviendas devastadas por el terremoto ocurrido al final del gobierno anterior, y se ha establecido un impecable sistema de rendición de cuentas públicas.
Pero en América Latina la gente no siempre escoge lo mejor, cuando puede elegir de manera libre y limpia. Así lo confirma Chile, que está a punto de elegir por segunda vez a Michelle Bachelet a pesar de su amenaza de que su nuevo gobierno será más izquierdista y radical que el moderado que ella misma lideró hace algunos años. Al parecer Bachelet se ha contagiado con el virus populista y podría frenar el desarrollo económico progresivo que de manera admirable y ejemplar ha logrado Chile en las últimas tres décadas y media.
De manera que, como lo dijera figurativamente Joaquín Lavín, mañana los votantes chilenos estarán ante la encrucijada de seguir por el camino de la derecha, que conduce al primer mundo, o el de la izquierda radical, que lleva a situaciones desastrosas como las de Cuba y Venezuela. Pero esa será la decisión voluntaria de la mayoría de los electores chilenos, decisión que será respetada pero posiblemente se tendrá que lamentar.
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