Sergio Ramírez Mercado
En estos cuadros de Rosario Ortiz, donde las frutas se alternan con las flores, la realidad está en su irrealidad, o al revés, si queremos, la irrealidad está en su realidad, porque hay una manera aventurada de contemplar la naturaleza, y cuando la pintora parece que copia estas frutas y estas flores las hace entrar en una dimensión diferente, creando con ellas un universo paralelo.
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Las peras tienen un rojo subyugante que se desvanece en el fondo azul cobalto, pero ese rojo es una mentira congelada y el azul cobalto también, un milagro concentrado en el rojo imposible que de pronto se abre porque el cuchillo ha entrado en la carne de la pera descubriendo su pálida luminosidad, y las tres semillas como gotas oscuras en la base están allí para afirmar el delicado equilibrio de la composición. Y las manzanas. Cuando uno ve esas manzanas de un verde tan terso las busca no solo con la mirada, sino también con el tacto.
Y naranjas encendidas de oro, volúmenes puros, y otra vez el azul cobalto que abajo se descompone en verde musgo para que el ojo persiga el contraste del color y se abandone a su atractivo; ya luego nos encontraremos con otro grupo de naranjas donde hay una en primer plano, partida por la mitad, que deja ver su entraña como una corola geométrica, pétalos que se abren sugiriendo el dulzor, carne desnuda otra vez.
Pero está también ese rojo increíble de la carne del zapote abierto, al lado de la fruta de piel morena la tajada que ha dejado paso al ojo para entrar en el misterio del universo revelado, en el que la lustrosa semilla de un marrón oscuro se ilumina al centro como un crisol. Dónde está el color, ¿en la vista o en la memoria? No hay naturaleza muerta cuando se recuerda, sino que esas frutas vienen desde la percepción aprendida en la infancia, cuando nos sorprendió por primera vez su textura, su color irreal, y su perfume embriagante.
“Y yo tuve en mis manos, como la más Margarita de las Margaritas, tu corazón”, dice Rubén en su Poemita de verano. “Él trascendía a fruta del trópico y al mismo tiempo a flor tropical; de modo que se dijera una flor viva y con olor al níspero moreno, a la piña rubia, al jocote de sangre, al melón de miel y la pulpa de sandía ”
Frutas y flores hay en esta muestra y aún manzanas y peras pasan a ser encendidas por la luminosidad del trópico. Flores tropicales otra vez rojas, en movimiento porque en el lienzo no reposan, se estremecen o abren sus bocas doradas, corolas hambrientas dispuestas a tragar, rojos y verdes que se animan entre sí porque al contrastar el color, otra vez como en las frutas, Rosario hace que la tela cobre vida y la naturaleza se vuelva apasionada.
Ver en la versión impresa las páginas: 6 B




