Aquel ser, que en aquellos días pronunció palabras extrañas y un poco irreverentes, solo por unos pocos era comprendido. Caminó entre doctos y simples. Mas entre simples. La esencia de la simpleza es extraña, tiene un poco de libertad, desapego y cierta paz. También en aquellos días, la esencia vestía de rostro de mujer prostituta, cobrador de impuestos o de niño inocente.
El ser tenía un propósito muy claro, sincronizado con las verdades de los tiempos, pero solo él lo sabía. Trataba de explicarlo con palabras e historias sencillas, pero solo unos pocos se aproximaban a la verdad cifrada en sus mensajes. Conversaba sobre rocas, semillas, muertes, y, especialmente, sobre una vida perfecta y superior. Una vida capaz de ser vivida, que bien vale la pena.
Una prostituta compartió su llanto y vergüenza con ese ser, los doctos y el vulgo ya la habían enjuiciado. Tocó su rostro y sus cabellos, y le regresó la vida a aquella mujer. Los anónimos se le acercaban, no los suyos, sino los extraños, y bebían un poco de agua fresca que traía consigo su mensaje simple y breve. Agua de un río de agua viva.
Hoy, hay muchos como ese ser, son sus embajadores en nuestro tiempo: Son los muchos muertos con respiración, apartados y olvidados por los correctamente sabios. Esos seres se observan en los lugares ausentes de las universidades, de los complejos habitacionales hermosos, de los aviones y de los sitios codiciados. Esos seres se encuentran dispersos entre aquellos sitios olvidados y abandonados.
Cuando pronto estaban a capturarlo, aquel ser advirtió a la autoridad: “No soy un revolucionario revoltoso”, lo que quiso decir, es que era un impulsor del cambio, pero no un ortodoxo subversivo lleno de teorías improbables con la práctica.
Aquel ser, en sus últimos momentos exclamó: “Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?” Nunca lo abandonó, siempre estuvo con él, aun en el momento del dolor, vergüenza y humillación.
Aquel ser, enseñó que: “La gente no vive solo de pan”. Y el pan, bien puede ser lo banal, usualmente caro, pero vacuo. Sentarse, en silencio, a observar el jardín, el arte de las flores de expresarse con sencillez y belleza. Punto, pausa, para continuar viendo el jardín, y entrar en conexión con aquel ser, quien una vez dijo: “No tengas miedo, solo ten fe”.
Ver en la versión impresa las páginas: 7 B