Apartir del 1 de octubre, el Gobierno estadounidense cerró parcialmente por un pleito entre los republicanos y los demócratas con relación a Obamacare. Esta es una ley que pretende brindarles seguros médicos a todos los ciudadanos norteamericanos. Para los republicanos, Obamacare representa la introducción de un programa nacional de medicina socialista que degradará la calidad de medicina que su país ofrece y aumentará el tamaño y costo del gobierno hasta al punto de poner en peligro el futuro económico del país. Para los demócratas es una conquista social para el pueblo, un sueño que han anhelado por décadas.
El vehículo que ambos partidos han escogido para librar esta batalla es una resolución, con fuerza de ley, para continuar a financiar al gobierno. Esta resolución es importante porque el desorden gubernamental en Estados Unidos es tan grande que el país no ha aprobado un presupuesto desde 2009.
Objetivamente, la lucha sobre Obamacare es extemporánea porque la ley ya cumplió con todos los requisitos estipulados por la constitución estadounidense. Fue debidamente aprobada por ambas cámaras del congreso, firmada por el presidente y declarada constitucional por la Corte Suprema de Justicia. Por cierto, el presidente de la corte —uno de los que votó a favor de Obamacare— ¡es un republicano!
Ahora bien, los republicanos —sobre todo los miembros más conservadores del partido— alegan que el pueblo estadounidense está en contra de Obamacare. Según las encuestas, tienen razón. Argumentan, también, que el Congreso la aprobó cuando los demócratas eran mayoritarios en ambas cámaras. Esto es cierto pero jurídicamente irrelevante. Además, políticamente carece de lógica porque la aprobación de la ley era un punto clave en el programa de gobierno de Obama y sus compatriotas lo eligieron presidente dos veces sabiendo que haría de Obamacare una nave insignia de su administración. Nada menos que el senador McCain, su contrincante republicano en las elecciones de 2008, reconoce esto y afirma que los republicanos deben de asimilar esta realidad y desistir en sus intentos de revertir o demorar la ley. McCain está en lo correcto.
El Wall Street Journal, el diario de mayor circulación y prestigio de la derecha estadounidense, también se opone a que se cierre el gobierno por Obamacare. Para el Journal, esto producirá un rechazo a los republicanos y perjudicará lo que podría ser un buen panorama electoral para ellos en las elecciones de medio período de 2014 en donde los republicanos pudieran mantener su control de la Cámara Baja y retomar el Senado. Juzgando por las encuestas, el Journal tiene razón, también, ya que los encuestados están en contra del cierre del gobierno y culpan a los republicanos de querer cerrarlo.
A mi criterio, la jugada de los republicanos es torpe. Hubiera sido más provechoso políticamente para ellos dejar que la ley “descansara en paz”. Si tuviese las consecuencias nefastas que ellos pronostican, se convertiría en un pasivo para los demócratas en las elecciones del año entrante y la posición republicana se fortalecería de cara a las elecciones generales de 2016.
En toda democracia hay conflictos. Pero estos se resuelven cívicamente, capitalizando lo mucho que el pueblo tiene en común y a través de negociaciones en que ambos lados ceden. Desgraciadamente, está tan polarizada la política estadounidense, son tan fuertes las pasiones, la intolerancia y la miopía que existe en la arena política estadounidense, que las condiciones no se han prestado a una salida negociada hasta el momento. Y temo que la batalla por el Obamacare ocasionará daños colaterales peligrosísimos para Estados Unidos y su economía y, por ende, para el mundo entero.
El cierre del gobierno en sí no es grave. A pesar de lo retórica exagerada partidista, es solo parcial. Afecta a solo el 15 por ciento de los gastos federales. En el peor de los casos, esto significa que el cierre implicaría pérdidas de solo US$$40 mil millones si fuera a durar un mes, lo cual es improbable. Esta cifra es aproximadamente 0.2 por ciento del producto interno bruto estadounidense.
Lo preocupante son los daños colaterales. Uno de estos ya se dio. Me refiero a la aprobación este año de una reforma migratoria que resolviese el status de más de once millones de ilegales en Estados Unidos, la vasta mayoría de ellos hispanos. A comienzos de este año, se veía como una probabilidad. Ahora está muerta. Y esta reforma es tan controversial que difícilmente se podría aprobar antes de 2015 en el mejor de los casos ya que 2014 es un año electoral.
Aún más grave es que la pugna por Obamacare fuese a envenenar tanto al ambiente político que no pudiesen ponerse de acuerdo los dos partidos sobre una alza en el techo de endeudamiento público del Estado antes del 17 de octubre, fecha límite para este aumento. Esto sí sería grave. Solo la perspectiva de esto sacudiría a las bolsas mundialmente, probablemente provocaría una reducción en el rating crediticio de Estados Unidos y podría descarrilar a la anémica recuperación de la economía más grande del planeta. Es probable que también tuviese repercusiones globalmente. Probablemente revertiría la tímida recuperación que se ve en algunos países europeos, por ejemplo.
Ojalá Norteamérica no llegue hasta ese punto. Ojalá que los líderes de ambos partidos, incluyendo el presidente Obama, se percaten de lo peligroso que serían estos daños colaterales y que actúen de una manera madura y responsable. Ojalá que le brinden a la nación, aunque sea tarde, el liderazgo, la supervisión adulta, que Washington necesita. Y ojalá que recuerden que para que una democracia funcione, tiene que haber tolerancia, pragmatismo y la disposición de negociar. El autor fue embajador de Nicaragua en Washington y es un economista.
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