Mi pelo se bate entre el mecimiento melodioso de las campanas
y el de los pretéritos castaños.
También me meso entre la inconcreción de mis ideas
y la curvatura de mi mente en un manojo de aire
que me ata a memorizadas calles.
Presurosa me sujeto a los sueños de mis mocedades
en el pequeño atrio donde quedaron esparcidas
mis huellas y los pezones nacientes.
El frontispicio del templo mira mi vacío adulto
llenándome de ilusiones que se enroscan
en el altar de los cuencos de mis heladas manos.
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